Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

19 Junio
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Saramago familiar

Hay libros que tienen la magia de encerrar en ellos un tiempo de nuestra vida. Ocurre cuando la novela alcanza su última página, uno cierra el volumen para devolverlo a la estantería y siente las contusiones propinadas por la contundencia de las palabras. Y sabe que no habrá modo de desprenderse de ellas.

A mi me sucedió en la adolescencia con “Ensayo sobre la ceguera”, una novela en la que José Saramago reivindica la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Un semáforo en verde y un conductor que se queda ciego súbitamente. Y una ceguera blanca que se extiende por la ciudad con un doloroso interrogante.

Aún recuerdo la sensación de la última página. Y el entorno en el que leí la novela: un patio del sur en los tiempos libres que dejaba el instituto y en fines de semana de lectura familiar de periódicos y libros.

Y es que Saramago era un miembro más de la familia.  Sus libros, algunos de ellos firmados por el propio autor, siempre están en un lugar destacado, en aquella posición que delata que alguien los está leyendo, o se ausentan durante algunos meses para ser prestados a otros familiares o amigos.

Sus historias tenían también algo de las nuestras. Saramago recordaba el adiós de su abuelo, una de las personas más sabias que había conocido, abrazado a los árboles de su huerto. Y aquella despedida nos hacía volar hasta ese pueblo granadino con las cumbres nevadas al fondo y el sonido de tractores, acequias, lluvia, cuchicheos y las letanías de la megafonía del párroco.

Ahora que paseo por El Cairo escudriñando miradas ajenas, perdiéndome entre el sonido de conversaciones que no entiendo y rechazando amablemente las ofertas de limpiadores de zapatos recuerdo todos los nombres de los personajes de Saramago. Y especialmente a Cipriano Algor, el viejo alfarero de “La Caverna” que ve desolado como su trabajo de años agoniza por el auge de un centro comercial.

Hay personajes públicos que dejan una sensación de vacío inexplicable. Y Saramago es uno de ellos. En casa estábamos acostumbrados a leer sus artículos de opinión y escuchar la lucidez de sus apariciones. Compartíamos con él la lucha por la causa del pueblo saharaui y otras tantas batallas.

Se hace difícil pensar ahora que ese estado de serenidad, justicia y compromiso que transmitía se haya ido, pocos meses después del adiós de Francisco Ayala y Miguel Delibes. Justo ahora que la ceguera blanca de los mediocres predica el fin de los sueños y de un mundo más justo y más bueno.

Adiós maestro

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29 Mayo
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Tierra tomada

La pirámide escalonada de Zoser se lima las heridas

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Casa tomada, Julio Cortazar

Como en el relato de Cortázar, los egipcios viven en un país tomado. En el cuento del argentino dos hermanos van poco a poco perdiendo el control de las estancias de la casa familiar. Unos intrusos les van expropiando partes de la casona hasta que sus legítimos propietarios deben renunciar a ella y marcharse.

En Egipto, los egipcios hacen su vida en un país tomado por una casta gobernante que se ha llenado los bolsillos durante 30 años sostenida por un ejercito y una policía que garantizan un estado policial. La misma semana que Zapatero anunciaba un plan de recortes que adelgaza el estado del bienestar a costa de pensionistas y funcionarios sin tocar el bolsillo de los ricos, el parlamento egipcio aprobaba prorrogar por dos años una Ley de Emergencia vigente en el país desde 1981.

La ley concede amplios poderes a la policía, pues permite detenciones indefinidas sin cargos y limita derechos como el de asociación. Durante tres décadas, la policía ha usado la ley para imponer su criterio por encima de las instancias judiciales y para detener a activistas políticos, blogueros y opositores.

Y, para desgracia de los sacrificados egipcios, policía y gobierno seguirán ocupando el país. “Para grabar en la calle se necesita un permiso”, me dijo hace unos días un policía cuando tomaba unas imagenes en el centro de El Cairo. Todo necesita de un permiso que controle al egipcio o al extranjero. Y los agentes se mueven a sus anchas a golpe de decisiones arbitrarias con un aire de soberbia y analfabetismo.

Hay policías en todas las esquinas, incluso en los accesos a los centros universitarios. Hace unos meses fui a cubrir un acto en la Universidad y, como no era estudiante, me hicieron esperar quince minutos en la puerta. Decidido a llegar cuanto antes a la conferencia a la que asistía, opté por dejarle el carnet de prensa al policía e iniciar la ruta. El policía lo tomó como un insulto y, entre gritos, tuve que ir hasta el director de seguridad del recinto. “Hombre, no seas impaciente. Debes aprender a esperar”, me soltó el responsable después de fotocopiar mi carnet.

Ahora que España vive una época oscura para su democracia, con jueces vengativos y políticos mediocres, quizás no está mal el ejercicio de vivir en un lugar donde la opinión diferente no es una opción sino un insulto o un delito y las cabezas pensantes son unos policías mal pagados que buscan sobornos en los monumentos y hacen de cotillas y torquemadas en la estación de autobuses o en la calle.

Vivir en un país aficionado a la mordaza y tomado, con blogueros entre rejas por usar la palabra, es un ejercicio que permite probar la impotencia y la rabia que quedan cuando el ciudadano no vale nada y el desarrollo de su vida choca constantemente contra el muro de unos gobernantes necios y una guardia que juega a ser el ombligo del mundo.

P.D.: A propósito de deseos de libertad sin ira, recuerdo esta canción que escuche muchas veces en casa cuando era niño. Yo siempre sentí que esta melodía reunía la epopeya de los represaliados, exiliados y de los que aún permanencen en las cunetas y el milagro de una transición, que ha envejecido mal, ha dejado heridas sin cerrar y amenaza con hipotecarnos el futuro con una constitución descafeinada y una monarquía.

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22 Mayo
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Español republicano para principiantes

Luxor/Tebas

Entre los puestos de libros de El Cairo viejo encuentro un raro espécimen: un manual de español de tapas rosadas que ofrece un dominio rápido de la lengua de Cervantes. La cubierta muestra el Palacio Real de Madrid, quizás menos emblemático que los edificios elegidos para el resto de idiomas: El Big Ben para el inglés; el Coliseo para el italiano; la Plaza Roja para el ruso; La gran muralla para el chino; Notre-Dame para el francés…

Y como en el resto de ediciones, la bandera del país dispuesta en una de las esquinas identifica el idioma. La tricolor española tiene algo especial: Rojo, amarillo… y morado. ¡Republicana! ¿Una señal de que la III República está cerca? me pregunto.  Sin pensarlo dos veces me hago con un ejemplar y continúo el paseo hojeando un manual con más sorpresas en el interior:

Zapatos enviernales. Un tarro de aseitunas. Estoy acatarrodo. Enflamacion.  Quiero un dentiste. Tango la febre. Tango un colico. Siento la mausea. Estrenimiento. Doctor, siento pesadez en la cabeza. Tengo mal en el estomago. Como esta el tiempo? Barraseoso. Corretaje. Soiedad. Bancarota. Cuelgue. Duelgue. Destinatorio. Telefonada.  Cuento es el cuesto de la palabra? Quiero telefonar a. Camera de comer. Camera de camas. Cobierto. Excusado. Chienea. Refrigerio. Orno. Que preiodios hay aquí? Camarero, que tienen come bebidas? La montaña, la llanura, el Jardin pullico. Le doso un buen viaje. Quiero quardar mis bagajes en el depósito. Le invito a assistir el filme. Yo soy extrajero. Me he perdido al camino. Como se llama calle? Esta contente de su trabajo? Donda asta el comedor? Quiero remanecer una semana. An que hora se cierra el hotel? Cuando desiste el avion? Yo adiziono. Yo sostrago.

Y yo ni “adiziono” ni “sostrago”.  Solo dejo el libro (poco recomendable para los principantes en español) en una estantería del salón, en un lugar más visible que el resto de los volúmenes para ver su bandera al pasar y sonreír… o soñar con que España mañana será republicana.

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15 Mayo
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Un abuelo entre cairotas

Tebas/Luxor

En marzo hizo dos años desde que se marchara. No llego a entender el mecanismo ni el material del que están hechos los recuerdos y la memoria, pero hace unos días entre el gentío caminando por mercados de hortalizas frescas y tenderetes,  volví a ver  a mi abuelo comprando (o mercando, como el decía) algo de lechuga, carne o pescado. Y esperé a que llegara hasta mí para poder darle besos y contarle como me va, lo que me ha pasado en estos meses de ausencia. ¡No vamos a poderlos ver colocados!, le decía siempre a mi abuela refiriéndose a mis hermanos y a mi, sus únicos nietos.

Dos años después de su muerte, a veces espero su llamada y sus consejos de emigrante. Un hilo telefónico de Granada a El Cairo. Y vuelvo a oír su respiración al otro lado y el inicio de una frase que nunca termina de pronunciar porque era -como soy yo- de emociones rápidas y lágrima fácil.

P.D.: Lamento estos meses sin publicar. Necesitaba encontrarme con la ciudad. Ya estoy de vuelta

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08 Marzo
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Las mujeres no lloran

“No women no cry”. La frase está pegada en una de las ventanillas de un coche aparcado cerca de casa. Ando despistado por mitad de la calle, casi acostumbrado a no pisar las aceras y el reclamo me hace parar. Lo miro, cargado como estoy con las bolsas del supermercado. ¿No lloran las mujeres aquí? ¿No hay motivos que merezcan unas lágrimas?

¡Vete a casa a cuidar de tus hijos y tu marido!

Inas Hasan está acostumbrada a escucharlo cuando recorre la ciudad al volante de un taxi. El Cairo es territorio de hombres y los hombres marcan el territorio, aunque para ello haga falta tocar la bocina o asomarse a la ventanilla y lanzar exabruptos. Pero Inas Hasan hace carrera sin inmutarse. ¡No comprenden que esto está cambiando!, me dice mientras sus manos, en las que sobresale un anillo, hacen girar el coche para cruzar un puente sobre el Nilo. Inas Hasan tiene una casa y unos hijos y un marido que la esperan pero el taxi es una prolongación de ella misma. Su coche está limpio y huele bien, algo poco habitual en El Cairo, y ella habla ingles, menos habitual aun entre sus colegas masculinos.

Con una sonrisa Inas se defiende de los ataques o las miradas que provoca en los coches que nos pasan. Ella cambio su trabajo en la escuela por el taxi. Fue hace año y medio y desde entonces ha ganado en felicidad porque le gusta conducir y, cuando está triste o se le agolpan los problemas, toma el coche y se pierde por El Cairo.

“A los hombres se les ve como ángeles y a las mujeres como demonios”

Cuatro años se llevo Mah recorriendo los pasillos de los tribunales hasta que por fin una mañana consiguió el divorcio. Y solo entonces pudo sentirse libre. En su larga travesía del desierto, conoció a otras que, como ella, aguardaban un papel para sentirse también libres. El divorcio es aun un estigma, una realidad que se susurra o ni se dice. Las mujeres tienen dos opciones para divorciarse: probar la incompetencia del marido o renunciar a la casa y devolver la dote. El hombre se divorcia con solo pronunciar tres veces “yo te repudio”. Mah sabe dónde vive y por eso mismo decidió crear una radio (la radio de las divorciadas), que emite por internet y que tiene el micrófono abierto a las llamadas de mujeres que viven el calvario y el escarnio del divorcio.

Hablo con Mah por teléfono. Escucho el sollozo de su hijo y el timbre de su voz me recuerda a una de mis abuelas y a mi “abuela madrileña”, aquella mujer con la que conviví mi primer mes en la capital. Me abrió su casa y, durante aquellos días y mis visitas de los domingos, me contó su historia, la de quien decidió “llevar los pantalones” y luchar para salir adelante.

¿Que esta pasando?

Como quien se despierta de un sueño y no reconoce ni su país ni su vida, una mujer me confiesa: ¿Que está pasando en Egipto? Las mujeres con niqab (una prenda negra que cubre todo el cuerpo salvo los ojos) se pasean cada vez con más frecuencia por las calles de El Cairo. Son bultos negros que descansan en el parque o que te encuentras en el ascensor cogidas al brazo de su marido. El rostro, las facciones, la identidad se quedan en casa… pero solo la de ella porque el marido te saluda en el ascensor a cara descubierta.

¿Que está pasando? Mohamed tiene mi edad y me atrevo a preguntarle que le parece las mujeres que se ocultan, que no dan la cara. “Demuestran que son buenas mujeres, religiosas y leales”.

Las mujeres también lloran en El Cairo y gritan y pelean, a pesar de que haya algunas que vivan siempre instaladas bajo un velo negro, a las órdenes de sus familias y maridos.

P.D.: Felicidades a todas las que luchan y gritan y lloran, incluida por supuesto mi madre.

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