Una odisea sin contar
Cuentan que el exilio es un tajo en el alma de quien debe una mañana temprano, sin más, emprender el viaje. Al menos, eso fue lo que me contaron desde pequeño, cuando percibía ya las primeras ausencias y apenas llegaba a imaginarme los kilómetros que habían recorrido quienes se reunían en torno a la mesa. Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que las propias aventuras personales, las idas y venidas a otros lugares del mundo me dejaran ver las aristas exactas de aquella epopeya que había transitado la biografía familiar.
Mis abuelos fueron emigrantes. Y uno de mis últimos teletipos en EFE recuerda la odisea de aquellos tres millones de emigrantes españoles, olvidada en un país de inmigrantes porque a menudo resulta incómodo reconocer en la mirada y las historias de otros las coordenadas de nuestro propio viaje.
“¿Qué memoria tenemos de aquel éxodo?”, se pregunta el periodista Rafael Torres, autor de “Adiós mi España querida”, un libro publicado en La Esfera de los Libros que reúne veinte testimonios de personas que sufrieron el “exilio económico”.
A su juicio, la memoria que quedó fue la del NO-DO con la imagen de las visitas de la sección de coros y danzas de la sección femenina a las casas españolas de Bruselas o Lucerna, pese a que “no hay familia que no tenga a un emigrante en su seno”.
El acento francés de Pilar delata los años vividos en el país galo, aquellos de la infancia y, más tarde, “los tiempos bonitos” de la escuela de Formación Profesional y el primer empleo. Al cumplir su padre los cincuenta años, la familia decidió regresar a España e instalarse en un pueblo de La Mancha.
Allí, le sorprendió el sabor del aceite de oliva -tan distinto a la mantequilla- y encontró la indiferencia y el rechazo cuando a los 24 años se quedó embarazada y el novio puso tierra de por medio.
“Es demasiado tarde para hacerles el mejor homenaje a nuestros emigrantes”, reconoce Torres, quien lamenta que se perdiera la oportunidad de, a su regreso, “haber utilizado todo lo que habían aprendido”.
“La mayoría se fue sin cualificar y en Francia, Suiza o Alemania aprendieron oficios muy especializados que no se les convalidó a su vuelta”, añade el periodista.
Desechado el tiempo de los honores, el homenaje a esa “epopeya trágica, y divertida a veces, sería comportarnos con humanidad” con los inmigrantes que han llegado a España en la última década “y no limitarnos a explotarlos de la manera más atroz”, opina Torres.
“Si no se recuerda y se olvida el testimonio de nuestros emigrantes, no se vive y se carece de inteligencia”, apunta.
Los emigrantes de los sesenta y setenta llegaron a sus destinos europeos con pasaporte de turista y “en lugar de pateras, usaban guías de montaña para cruzar los pirineos”.
Se trata de “personas a las que nunca nadie les preguntó nada”, sostiene Torres, quien recuerda el testimonio de sus entrevistados, el de quienes contactaron con los representantes del exilio político y aprovecharon para conocer a “la otra España” y educarse en libertad.
A Félix, de 57 años, la historia de Pablo, un joven inmigrante rumano, le recuerda a la suya. Él mismo le arregló la documentación para su regularización y le ha dado las llaves de casa.
El hilo común de los veinte testimonios, explica Torres, es que sus protagonistas se vieron forzados a abandonar su país, “que era el conjunto de sus afectos, su familia, la tierra conocida o los sabores en los que crecieron”.
Su historia apenas ha ocupado el recuerdo y “fue hasta cierto punto inconveniente” porque no significó solo “la conquista del pan” sino también de la libertad negada por la dictadura franquista, según su autor.
A pesar de “la indiferencia y la desmemoria”, la emigración es tan actual que solo a partir de 2004 las remesas de los emigrantes españoles fueron superadas por las que los inmigrantes extranjeros en España envían a sus países.
El regreso de Alemania, Francia, Bélgica o Suiza fue “difícil”, sostiene Torres, porque habían conocido el respeto y creían que solo esfuerzo les haría progresar, pero “se encontraron con un país en el que primaba el amiguismo o la mediocridad” y que “sepultó” su testimonio “en el vendaval de la transición democrática”.


