Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

Archive for diciembre, 2009

23 diciembre
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Una odisea sin contar

Cuentan que el exilio es un tajo en el alma de quien debe una mañana temprano, sin más, emprender el viaje. Al menos, eso fue lo que me contaron desde pequeño, cuando percibía ya las primeras ausencias y apenas llegaba a imaginarme los kilómetros que habían recorrido quienes se reunían en torno a la mesa. Tuvo que pasar bastante tiempo hasta que las propias aventuras personales, las idas y venidas a otros lugares del mundo me dejaran ver las aristas exactas de aquella epopeya que había transitado la biografía familiar.

Mis abuelos fueron emigrantes. Y uno de mis últimos teletipos en EFE recuerda la odisea de aquellos tres millones de emigrantes españoles, olvidada en un país de inmigrantes porque a menudo resulta incómodo reconocer en la mirada y las historias de otros las coordenadas de nuestro propio viaje.

Madrid, 20 dic (EFE).- Pilar se reunió con su padre, emigrante en Francia, cuando tenía 15 meses de vida y sólo regresó a España en contadas vacaciones. Como ella, más de tres millones de españoles emigraron entre la década de los cincuenta y setenta, una historia “silenciada” que algunos evocan en un país receptor de inmigrantes.

“¿Qué memoria tenemos de aquel éxodo?”, se pregunta el periodista Rafael Torres, autor de “Adiós mi España querida”, un libro publicado en La Esfera de los Libros que reúne veinte testimonios de personas que sufrieron el “exilio económico”.

A su juicio, la memoria que quedó fue la del NO-DO con la imagen de las visitas de la sección de coros y danzas de la sección femenina a las casas españolas de Bruselas o Lucerna, pese a que “no hay familia que no tenga a un emigrante en su seno”.

El acento francés de Pilar delata los años vividos en el país galo, aquellos de la infancia y, más tarde, “los tiempos bonitos” de la escuela de Formación Profesional y el primer empleo. Al cumplir su padre los cincuenta años, la familia decidió regresar a España e instalarse en un pueblo de La Mancha.

Allí, le sorprendió el sabor del aceite de oliva -tan distinto a la mantequilla- y encontró la indiferencia y el rechazo cuando a los 24 años se quedó embarazada y el novio puso tierra de por medio.

“Es demasiado tarde para hacerles el mejor homenaje a nuestros emigrantes”, reconoce Torres, quien lamenta que se perdiera la oportunidad de, a su regreso, “haber utilizado todo lo que habían aprendido”.

“La mayoría se fue sin cualificar y en Francia, Suiza o Alemania aprendieron oficios muy especializados que no se les convalidó a su vuelta”, añade el periodista.

Desechado el tiempo de los honores, el homenaje a esa “epopeya trágica, y divertida a veces, sería comportarnos con humanidad” con los inmigrantes que han llegado a España en la última década “y no limitarnos a explotarlos de la manera más atroz”, opina Torres.

“Si no se recuerda y se olvida el testimonio de nuestros emigrantes, no se vive y se carece de inteligencia”, apunta.

Los emigrantes de los sesenta y setenta llegaron a sus destinos europeos con pasaporte de turista y “en lugar de pateras, usaban guías de montaña para cruzar los pirineos”.

Se trata de “personas a las que nunca nadie les preguntó nada”, sostiene Torres, quien recuerda el testimonio de sus entrevistados, el de quienes contactaron con los representantes del exilio político y aprovecharon para conocer a “la otra España” y educarse en libertad.

A Félix, de 57 años, la historia de Pablo, un joven inmigrante rumano, le recuerda a la suya. Él mismo le arregló la documentación para su regularización y le ha dado las llaves de casa.

El hilo común de los veinte testimonios, explica Torres, es que sus protagonistas se vieron forzados a abandonar su país, “que era el conjunto de sus afectos, su familia, la tierra conocida o los sabores en los que crecieron”.

Su historia apenas ha ocupado el recuerdo y “fue hasta cierto punto inconveniente” porque no significó solo “la conquista del pan” sino también de la libertad negada por la dictadura franquista, según su autor.

A pesar de “la indiferencia y la desmemoria”, la emigración es tan actual que solo a partir de 2004 las remesas de los emigrantes españoles fueron superadas por las que los inmigrantes extranjeros en España envían a sus países.

El regreso de Alemania, Francia, Bélgica o Suiza fue “difícil”, sostiene Torres, porque habían conocido el respeto y creían que solo esfuerzo les haría progresar, pero “se encontraron con un país en el que primaba el amiguismo o la mediocridad” y que “sepultó” su testimonio “en el vendaval de la transición democrática”.

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19 diciembre
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Los siete cielos

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Sombra. Asilah (Marruecos), 2005

Leo El Corán por sugerencia de un amigo. Desconfío de las religiones pero trato de conocerlas. Más aún cuando su presencia explica parte de las heridas de nuestro tiempo. Los versos coránicos me han hecho recordar un enero de hace seis años cuando aún era estudiante de instituto.

Los desafortunados comentarios de un profesor a propósito del islam me animaron a escribir. No puedo olvidar aquella tarde de viernes cuando escuché mis palabras leídas por Juan José Millás en La Ventana de la Cadena Ser. Espero no olvidarlas porque a partir de unas semanas me despertaré con la llamada del muecín desde el minarete de una mezquita: “Allahu Akbar…. La ilaha illa Llah” (Alá es el más grande… no hay más dios que Alá).

Es mediodía y agradables rayos de sol se cuelan por la ventana de la clase. El profesor de “Historia del Arte” lleva ya algunos minutos departiendo sobre la Alhambra de Granada. Ahora, toca hablar del salón de los embajadores, construido durante el mandato de Yusuf I. “En el techo, podemos ver una representación de los siete cielos del paraíso islámico” copiamos en el cuaderno. “Por eso los moros para llegar al séptimo cielo cogen un coche o un avión y lo estrellan contra cualquier edificio” asegura el profesor. Mis compañeros ríen. Entre tanto, yo siento indignación ante la simplicidad del juicio. Disfrutamos hablando de las sombras de otros e ignorando los fanatismos de occidente, nuestros propios fanatismos: los de una educación cristiana con la que nos adiestraron, los de unos códigos con los que nos tallaron dogmas de cruzadas inverosímiles, de odios, de absurdos prejuicios, de fábulas en las que ni ellos creían.

16 de enero de 2004

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13 diciembre
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Pongamos que me despido de Madrid

Hombre decimos porque olvida, y corazón decimos porque cambia”.  (El Callejón de los milagros, Naguib Mahfuz)

mujerventana

Una ventana. Cuba 2007


Me voy a El Cairo. Y me voy ya. Me lo repito una vez y otra mientras recorro a modo de despedida Madrid y las calles por las que he paseado durante los últimos 15 meses. Anochece y el frío de un sábado de finales de otoño golpea la cara y deshabita los recuerdos que aguardan en cualquier rincón. Ahí está la parada de metro a la que llegué con la maleta y más arriba la ruta a pie a la redacción. Más allá el café que marca un encuentro o las salas de cines donde me emocioné o reí. Y junto a los lugares, los rostros de mis “amigos” del kebab, de la mujer de la panadería, del chino de la tienda de alimentación…

El viaje ya ha empezado. Todas las caras y los lugares conocidos anticipan las miradas y los callejones de El Cairo… ¡Qué paseos junto al Nilo! repite mi profesor de árabe. Y se le enciende la mirada para dejarse llevar por el curso de las palabras: ¡Ya verás lo que es caminar por la ribera del Nilo! !Y los bailes!… La ciudad del Nilo, la victoriosa, es -me cuenta entre recesos- su segundo hogar, aquel lugar al que uno llega cuando sale por primera vez de casa. !Qué suerte!, añade. No tendrás ningún problema, me insiste. Yo sonrío. Lo hago también ahora cuando aún siento ese frío que entra en las articulaciones y anida una temporada en ellas.

Me cuesta decir adiós a Madrid. Igual que me costó despedirme de Sevilla o Leeds y saber que debía poner tierra de por medio. En la cuenta pensan demasiado aquellos que conocí y aquello que viví. Las cosas que nunca me atreví a decir y aquellas otras que dije y que no debí siquiera haber pronunciado. El medio millar de teletipos de Efe, las visitas, las conversaciones o las noches en vela.  Todo cuenta y todo queda.

En el invierno cairota, que -según me dicen- está siendo más fresco de lo habitual, me esperan el bullicio de los mercados, el café turco para turistas,  el humo de los fumaderos de sheesha, la picaresca de los taxistas o la aventura de cruzar una calle… Y aspiro a verlo y contarlo. Quiero confundirme con el paso decidido de los madrugadores y la mirada distraida de quien no se ha cansado de mirar. Y quiero cambiar. Tanto o más como me permitió Madrid o  las ciudades de residencia que la precedieron.

Hasta aquí mi declaración de intenciones. Espero pasar y detenerme en este blog con frecuencia. Para poner palabras simplemente a lo que veo o a lo que siento.  O a lo que pienso sobre el país que me acogerá durante el año próximo o sobre lo que suceda por aquí o más al sur, donde permanecen la familia y la ilusión de un tiempo mejor para construir en él las utopías.

Esta semana me comprometo a dejar algo por escrito cuando me lo permitan las despedidas, el nudo en el estómago y los besos y abrazos.

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