Los siete cielos

Sombra. Asilah (Marruecos), 2005
Leo El Corán por sugerencia de un amigo. Desconfío de las religiones pero trato de conocerlas. Más aún cuando su presencia explica parte de las heridas de nuestro tiempo. Los versos coránicos me han hecho recordar un enero de hace seis años cuando aún era estudiante de instituto.
Los desafortunados comentarios de un profesor a propósito del islam me animaron a escribir. No puedo olvidar aquella tarde de viernes cuando escuché mis palabras leídas por Juan José Millás en La Ventana de la Cadena Ser. Espero no olvidarlas porque a partir de unas semanas me despertaré con la llamada del muecín desde el minarete de una mezquita: “Allahu Akbar…. La ilaha illa Llah” (Alá es el más grande… no hay más dios que Alá).
Es mediodía y agradables rayos de sol se cuelan por la ventana de la clase. El profesor de “Historia del Arte” lleva ya algunos minutos departiendo sobre la Alhambra de Granada. Ahora, toca hablar del salón de los embajadores, construido durante el mandato de Yusuf I. “En el techo, podemos ver una representación de los siete cielos del paraíso islámico” copiamos en el cuaderno. “Por eso los moros para llegar al séptimo cielo cogen un coche o un avión y lo estrellan contra cualquier edificio” asegura el profesor. Mis compañeros ríen. Entre tanto, yo siento indignación ante la simplicidad del juicio. Disfrutamos hablando de las sombras de otros e ignorando los fanatismos de occidente, nuestros propios fanatismos: los de una educación cristiana con la que nos adiestraron, los de unos códigos con los que nos tallaron dogmas de cruzadas inverosímiles, de odios, de absurdos prejuicios, de fábulas en las que ni ellos creían.
16 de enero de 2004
Imagino que a estas horas mientras yo -helada y solitaria- miro por la ventana cómo cae la nieve, tú estarás quemando a paso firme y algo desequilibrado – según la velocidad de las cañas por la sangre- tus últimas horas por Madrid. Ha pasado tanto desde aquel enero de instituto y cuesta pensar en que has cambiado, te has hecho más grande, pero tus valores siguen intactos, si cabe más anclados en la carne. Desde mi sótano praguense te animo a no perder detalle de los últimos días de 2009 y los primeros de 2010. Observa, escribe y no dejes de despedirte. Una obviedad, Ulises: me haces ponerme cursi, cursi.
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