Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

Archive for enero, 2010

29 enero
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La guerra del fútbol

La ventana registra la euforia de los egipcios. Esta noche una multitud ha tomado El Cairo. Las bocinas de los coches, tan normales durante el día, suenan a la una de la madrugada. La selección nacional de fútbol ha derrotado por cuatro goles a Argelia en las semifinales de la Copa de África de Naciones. O lo que es lo mismo, los “Faraones” han consumado su venganza contra los “Zorros del Desierto”.

En “La guerra del fútbol”, Ryszard Kapuscinski cuenta la guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras. La llama que incendió aquel fugaz fuego cruzado fue un partido de fútbol. El periodista polaco lo relataba a menudo para mostrar la fragilidad absurda con la que se fabrican las guerras o la violencia.

A unos metros de donde escribo está la embajada de Argelia. Esta mañana, medio centenar de policías acordonaban la zona para evitar que se repitieran los enfrentamientos de noviembre pasado, cuando Argelia dejó fuera del Mundial de Fútbol a los egipcios. Centenares de cairotas indignados se reunieron a las puertas de la embajada y forcejearon con la policía. 35 personas resultaron heridas y el incidente dió lugar a una crisis diplomática entre ambos países que aún no se ha solucionado del todo.

El fútbol como detonante o como excusa. Pocos días después de aquel encuentro, el embajador egipcio se retiró de Argel y, desde entonces, los argelinos son la cabeza de turco. “Argelinos mierda” me gritaba hace unos días un taxista emocionado con la idea de que su selección se volviera a ver la cara con Argelia. En la recién inaugurada Feria Internacional del Libro de El Cairo, en la que participan 31 países de todo el mundo, la literatura argelina será la gran ausente.

El fútbol es capaz de poner cierto orden en el caos o de agitar los fantasmas. Nada une a los egipcios como el balón. “Ven dentro de una hora y media” me dijo hace una semana un agente inmobiliario cuando le pedí que me enseñara más pisos. “¿Por qué?” le insistí. “Ahora tengo que ver el fúbol”, me explicó. “Si quieres pásate por el bar. Estaré allí viendo el partido con mis amigos”, añadió.

El anterior partido me pilló en unos grandes almacenes. A cada gol de los egipcios seguía el estruendo en la sección de televisores. Durante los últimos minutos, los carros de la compra cruzaban a gran velocidad los pasillos de estantes en busca de una pantalla panorámica donde poner imagen a la emoción. Las cajeras celebraban cada gol en la puerta del contrario levantando las manos llenas de artículos.

Son casi las dos. En la calle continúa la música, mezclada con los gritos de alegría de los hinchas y los claxones de cientos de coches.  Los egipcios no dormirán esta noche celebrando que, finalmente y al menos de momento, han logrado sacudir sus complejos y derrotar al enemigo, al otro. Las hogueras se han encendido hoy sobre el césped de un estadio de fútbol. Y mañana, ¿dónde?

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25 enero
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Artistas del alambre

Siente pánico a las alturas. Por eso hoy, cuando hemos tenido que pasar por la pasarela de la azotea de mi nuevo hogar, a 17 plantas del suelo,  mi sinsar ha tenido que cerrar los ojos, cogerme del brazo y  susurrar el nombre de los profetas.

Cuando alcanza la otra orilla, la escucho como se repone del trance y dice “Alhamdulila” (Gracias a Alá). La azotea tiene aspecto de haber sufrido en las últimas horas un bombardeo o un huracán, porque montañas de escombros y parabólicas aparecen mientras caminamos sobre ella.

Ya tengo piso. Las últimas dos semanas, mis primeras aquí, las pasé buscándolo. Pero no me quejo. Han sido días de recorrer la ciudad, de encontrarme con Amal, Sanaa, Mohamed, Sami… los agentes o “sinsar” que me han ido mostrando los pisos, que me han enseñado que el primer precio de un apartamento es el de salida y que a partir de ahí todo es negociable. El arte del regateo requiere del extranjero paciencia, espera, hacerse querer, saber que las otras ofertas de las que hablan los dueños no existen o no son tantas como dicen.

Amal es poco habladora  y le gusta el trabajo rápido. Vemos un piso y me pregunta ¿Halas?, que viene a ser algo así como ¿se acabó? o ¿todo bien?. Las primeras veces respondo afirmativamente y entonces, enseguida, me vuelve a interrogar: ¿Cuándo firmamos el contrato mister Fran?. Yo le aplaco ese ánimo por firmarlo todo y le digo que necesito tomarme mi tiempo. Ella pone fecha y hora exactas a mi tiempo y me avisa de que me llamará mañana a las 11 y media. Y me llama. Y, una y otra vez, le digo que necesito más tiempo. Y así pasa una semana y otra. El precio baja propocionalmente al tiempo que se espera. Un día amanece a 5500 libras y a la mañana siguiente ya son 5000. Y Amal me envía mensajes al móvil con las nuevas cotizaciones.

En el parqué de pisos de El Cairo, el precio es tan relativo y volátil como el del barril de brent en la bolsa londinense. Todo lo es. A Sanaa ya la conocéis. Me llamó unas horas después de aterrizar aquí y me ha enseñado durante este tiempo algunos pisos. Se gana la vida haciendo de todo: es traductora, agente inmobiliario, agente de comercio… Pero le tiene pánico a las alturas. Y se agarra a mi brazo con fuerza, mientras cruzamos el cielo de esta ciudad una mañana fría de enero.

Para ella, la pasarela que conecta las torres de pisos es un alambre y nosotros unos funámbulos torpes que rozan el abismo.  Todo eso se agolpa en mi cabeza cuando percibo su aliento en la nuca y miro hacia bajo. Cerramos los últimos flecos del contrato y Sanaa celebra que haya encontrado casa fumando seesha en un café cercano . Yo tomo café. Y, ahora que tengo hogar en proceso de reajuste de muebles y decoración, pienso que echaré de menos la búsqueda.

Hace unos días, durante una jornada de búsqueda, fue ella misma la que me invitó a una mazorca tostada en un puesto ambulante. Y el primer bocado me hizo recordar las fiestas de mi pueblo granadino, aquellos agostos cuando era niño y recorría la calle de los puestos para comprarme cada noche una mazorca.

Sanaa y Amal no pueden ni verse. Amal me enseñó un día el piso que finalmente he alquilado y que ya había visto con Sanaa. Enfadado, le comenté que si finalmente decidía alquilarlo llamaría a Sanaa, que había sido la primera en mostrármelo. Después de una larga conversación (“olvida a Sanaa”, me llegó a decir) aceptó el trato.  Sanaa conoció la historia porque la dueña del piso la llamó enseguida para contárselo. Y desde entonces,  me repite que “soy muy honesto” y que “las personas honestas suelen coincidir con personas honestas”. “Así que llegarás lejos”, augura.

El Cairo es una ciudad inmensa pero a veces parece como si todos se conocieran. Que toda la ciudad y sus millones de habitantes cupieran de sobra en la libreta de direcciones y teléfonos de Sanaa. Y todo se sabe.

Mohamed es otro sinsar, un chico de mi edad que me enseña algunos pisos, demasiado caros y poco limpios y luminosos. En uno de ellos, el hijo del dueño hace las veces de agente inmobiliario. Su piel es sorprendentemente blanco,  su pelo tiene un tono cobrizo y habla un ingles fino y fluido.  El sinsar desaparece un rato y el chico me cuenta su historia: Es hijo de un egipcio y una irlandesa. Tiene 16 años y pronto se mudará a Dublín para estudiar en la Universidad. Hablamos del piso, del contrato… y en el ascensor le pregunto si le gusta más Egipto o Irlanda. “Para vivir prefiero El Cairo, que es mi ciudad, pero me conviene estudiar en Dublín”. Dos ciudades y dos momentos… Y las maletas que nunca se deshacen del todo y la necesidad de ir a otro lugar y no quedarse quieto y el abismo de la distancia, como si ésta fuera una pasarela prendida al cielo de la ciudad y uno un artista del alambre torpe y temeroso.

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21 enero
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El Nuevo Mundo

El miércoles 9 de octubre se aguardaba, para las once de la mañana, en Suez, el paquebote “Mongolia” de la Compañía Peninsular y Oriental, vapor de hierro, de hélice y entrepuente, que desplazaba dos mil ochocientas toneladas y poseía una fuerza nominal de quinientos caballos.

La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne

Gracias a “La vuelta al mundo en ochenta días” supe de niño que el milagro que hizo al señor Phileas Fogg ir desde Brindisi (Italia) hasta Bombay (India) sin bordear el continente africano por el cabo de Buena Esperanza se llamaba Canal de Suez. El milagro, según se encargó de explicar luego un libro del colegio, no era más que una enorme hendidura de 163 kilómetros que conduce el mar del Mediterráneo tierra adentro, hasta confundirse con el mar Rojo.

Los relatos infantiles habían dibujado el Canal de Suez como una obra sobrenatural y desconcertante, una línea imaginaria trazada por el trabajo de miles de hombres en un mapa demasiado inmenso para darle forma.  Eso era hasta ayer. Hasta que en un autobús de periodistas llegué hasta Ismailía, una ciudad al norte de El Cairo y uno de los puertos que el Canal de Suez tiene en su recorrido.

Los navíos, uno cada diez minutos, siguen atravesando el Canal como cuenta el pasaje de Verne. Y de cerca, el milagro lo es más. Bajo del autobús y me siento en tierra firme, lejos aún de Alejandría y del “mare nostrum”… pero, al mismo tiempo, una mole de acero se desliza detrás del horizonte, tras las palmeras y los edificios… Un rascascielos que va ocupando la mirada. Y así cada diez minutos.

Faltan las palabras. La visión me sacude y me froto los ojos. No es posible haber llegado a Suez, pero sí. Me acerco hasta la orilla y contemplo el corredor de agua y como despuntan a lo lejos los barcos, repletas sus bodegas de petróleo, coches o toneladas de alimentos… Y alguna lágrima cae… del niño y del hombre que creció con el Canal de Suez incierto de los mapas.

Es una mañana de trabajo y éste no da tregua. La autoridad del Canal de Suez ha citado a los periodistas para ofrecer una conferencia de prensa en la que anunciará, entre otras cosas, una caída importante del tráfico de embarcaciones y la decisión de congelar sus tarifas. Me recompongo y me dejo llevar por la alfombra roja hasta las dependencias de la sede del Canal.

En la entrada, un mesa alargada me recibe con pastas, refrescos y tartas de merengue decoradas con navíos que atraviesan el Canal. Los periodistas locales, previsores o hambrientos, devoran la comida. Los extranjeros nos llevamos algo a la boca mientras observamos curiosos la ansiedad de nuestros colegas.

La sala de la conferencia es decimonónica y una docena de cámaras iluminan una mesa con silla en el centro y sitiada por decenas de micrófonos. El inicio se demora una hora y media sobre el programa previsto y, sentado, supero las pruebas de sonido o la limpieza de la mesa con papel de periódico. Las puertas se abren, las autoridades se levantan. Ha llegado el momento de recibir al presidente del Canal.

El máximo responsable ofrece los datos, pone al mal tiempo buena cara y sortea las  preguntas comprometidas de los periodistas -que sí Al Qaeda; que sí Yemen; que sí los piratas somalíes- con la rectitud y frialdad que se esperan en un militar.

Almuerzo algo -todo frío- en el  Beach Club, un restaurante al borde del Canal mientras veo como pasan los barcos. La noche va cayendo en el camino de regreso a El Cairo. El autobús enfila una carretera de aslfalto rodeada de una superfice llana y árida. Un paisaje demediado por el Nilo aparece ante mis ojos. Hacia un lado, el desierto y la nada en el horizonte. Hacia otro, la tierra fértil regada por el río.

Desde la ventanilla, veo puestos de fruta que colorean a lo lejos una estampa de naranjas y verdes. Y veo a mujeres vestidas de negro que cruzan la carretera con abultados equipajes y toman desvíos hacia lugares que no veo o que no existen. O que habitan entre las dunas imprecisas del desierto, muy lejos del Nuevo Mundo que sueñan las moles de acero e hierro que transitan por Ismailía.

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18 enero
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Bitaqa sahafi

Aquí sólo somos sahafi (periodis­ta), unos occidentales locos que se empeñan en mirar la cara de los cadáveres…Javier Valenzuela, Crónica desde Beirut. El País, 1987

Ya soy sahafi, periodista en árabe. Lo dice mi bitaqa, el carné que acaban de facilitarme los funcionarios del Ministerio de Información egipcio. Sin el carné no soy periodista. Ésa es la fórmula. El proceso para conseguirlo comenzó la primera mañana que llegué a la oficina. Primero fueron las 24 fotos y el fotógrafo de la tienda que a mi solicitud de factura respondió con un “no” rotundo. Y un día más tarde, llega la visita al Ministerio, un edificio gigantesco donde también están la sede de la radio televisión pública y algunas delegaciones de emisoras privadas y extranjeras.

El control de seguridad no deja de sonar pero todos lo pasan sin problemas. Nos acercamos a un mostrador de la planta baja. Abdu explica el motivo de nuestra visita y el funcionario descuelga el teléfono. Hace una llamada rápida y después de unos segundos, nos invita a subir por las escaleras.

En el primer piso, funcionarios de piernas inquietas y trámites tranquilos llenan una sala enorme con amplios ventanales al Nilo. Las paredes están cubiertas de armarios, que se abren a menudo para extraer de ellos papeles y más papeles. Un dibujo enorme del presidente Mubarak decora una de las esquinas. Me siento y un funcionario me da la bienvenida: “Welcome to Egypt” y me suelta sobre la mesa un dossier de formularios mientras solicita varias fotocopias del pasaporte, fotografías… y un currículum. Me entrego a la tarea de rellenar la información. No recuerdo traer ningún curriculum en la carpeta e ingenuo se le comento al funcionario, que se muestra contrariado y se queja a Abdu en árabe. Peligra el carné y, rápido, le ofrezco una solución. Le explico que lo guardo en el correo electrónico y le pido que me deje descargármelo en algún ordenador. Acepta pero solo hay un ordenador en la sala, el que utiliza una mujer justo a mi derecha. Los papeles se amontonan sobre la mesa y no hay lugar para mover el ratón. Aconsejado por la funcionaria, lo deslizo sobre mi pantalón, busco el currículum y lo imprimo.  Un obstáculo menos.

Y llega la espera. Una funcionaria escribe ceremoniosamente mi nombre, los datos de la empresa, el periodo de vigencia sobre una cartulina blanca. Recorta la fotografía, la sitúa en uno de los extreños del cartón y la grapa. En la sala, el resto de funcionarios se mueven con la cadencia pausada de una nana… Se mojan las yemas de los dedos y pasan las hojas del periódico, revisan los cajones de las mesas y dejan caer sobre ellas el estruendo de dossieres antiguos, marcan lentamente un número en el aparato telefónico, se arreglan el pelo o se pasan notas.

Uno de ellos se levanta de pronto y veo como se aleja persiguiendo a un compañero con una grapadora en la mano. Mientras, la mujer que me atiende le ha transferido mi carné a otro funcionario para que lo selle y ahora se entrega a otros pormenores: revisa mi documentación y la anota en un libro con el cuerpo volcado sobre la mesa y las gafas muy cerca del papel.

El tiempo pasa pero es imperceptible, aunque haya un reloj sobre la pared y las agujas se muevan. La mujer se levanta y va a buscar al otro funcionario. Ha pasado mucho rato y no ha vuelto con el sello. “Aquí tienes. Todo arreglado”, me dice.  Levanta gradualmente la voz y me despierta del sueño. En la calle, es mediodía y Abdu y yo buscamos el coche entre el bullicio. Ya soy sahafi, periodista. Ya puedo trabajar.

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16 enero
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De peleas y deseos

Cuando éramos niños y vivíamos en el patio del colegio siempre solíamos decir que quien se peleaba se deseaba. Ignoro si será la misma ecuación pero estos primeros días en El Cairo -hoy justo hace una semana de mi llegada- la he vuelto a recordar. Esta ciudad es tan distinta a lo conocido que se necesita luchar para lograr ir a un lugar, entenderse con sus habitantes, comprar un trozo de pan o llegar a conocer un dato cierto sobre algo. Pero aun así ese esfuerzo actúa como un imán, como una atracción que atrapa cuanto mas se adentra uno en la ciudad o habla con el chofer, la agente inmobiliaria o los taxistas. Se que será difícil conocerla pero tengo ganas y fuerzas de pelear.

Y aunque ciertamente es distinta, cuando camino y observo anoto historias con las que me identifico, que me llevan a mis abuelos, al sur que solo existe en mi infancia. El coche de Adbu, el chofer, esta lleno de clavos y tornillos, atestados los huecos de cintas de casette y el aire acondicionado no funciona. “Lo arreglare yo mismo”, me dice. Tengo que mirarle varias veces porque Abdu me recuerda a mis abuelos. Ambos comparten esa necesidad aprendida de arreglar lo que se rompe, de diseccionar los aparatos y  concederle una segunda vida después de horas de fallidas tentativas. Le cuento la historia a Abdu sobre el olor a gasolina que recuerdo siempre de la casa de mi abuelo, de sus horas dedicadas a su seiscientos,  de la estufa que aun calienta los inviernos y que construyo a partir del tambor de una lavadora. Y Abdu vuelve a reír. “A tu abuelo le gustaría El Cairo” insiste.

En cierto modo, veo lo que mis abuelos vieron y soportaron en otro tiempo, lejos de la España que deje hace una semana pero que aun sobrevive en la memoria feliz de quienes estuvieron allí. Ayer los ojos despiertos de mi prima Erika cumplieron 4 años. Sueña con ser princesa… y será lo que quiera ser si no deja nunca de preguntar y preguntarse, mirar y sorprenderse. De pelear y desear.

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