El Nuevo Mundo
El miércoles 9 de octubre se aguardaba, para las once de la mañana, en Suez, el paquebote “Mongolia” de la Compañía Peninsular y Oriental, vapor de hierro, de hélice y entrepuente, que desplazaba dos mil ochocientas toneladas y poseía una fuerza nominal de quinientos caballos.
La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne
Gracias a “La vuelta al mundo en ochenta días” supe de niño que el milagro que hizo al señor Phileas Fogg ir desde Brindisi (Italia) hasta Bombay (India) sin bordear el continente africano por el cabo de Buena Esperanza se llamaba Canal de Suez. El milagro, según se encargó de explicar luego un libro del colegio, no era más que una enorme hendidura de 163 kilómetros que conduce el mar del Mediterráneo tierra adentro, hasta confundirse con el mar Rojo.
Los relatos infantiles habían dibujado el Canal de Suez como una obra sobrenatural y desconcertante, una línea imaginaria trazada por el trabajo de miles de hombres en un mapa demasiado inmenso para darle forma. Eso era hasta ayer. Hasta que en un autobús de periodistas llegué hasta Ismailía, una ciudad al norte de El Cairo y uno de los puertos que el Canal de Suez tiene en su recorrido.
Los navíos, uno cada diez minutos, siguen atravesando el Canal como cuenta el pasaje de Verne. Y de cerca, el milagro lo es más. Bajo del autobús y me siento en tierra firme, lejos aún de Alejandría y del “mare nostrum”… pero, al mismo tiempo, una mole de acero se desliza detrás del horizonte, tras las palmeras y los edificios… Un rascascielos que va ocupando la mirada. Y así cada diez minutos.
Faltan las palabras. La visión me sacude y me froto los ojos. No es posible haber llegado a Suez, pero sí. Me acerco hasta la orilla y contemplo el corredor de agua y como despuntan a lo lejos los barcos, repletas sus bodegas de petróleo, coches o toneladas de alimentos… Y alguna lágrima cae… del niño y del hombre que creció con el Canal de Suez incierto de los mapas.
Es una mañana de trabajo y éste no da tregua. La autoridad del Canal de Suez ha citado a los periodistas para ofrecer una conferencia de prensa en la que anunciará, entre otras cosas, una caída importante del tráfico de embarcaciones y la decisión de congelar sus tarifas. Me recompongo y me dejo llevar por la alfombra roja hasta las dependencias de la sede del Canal.
En la entrada, un mesa alargada me recibe con pastas, refrescos y tartas de merengue decoradas con navíos que atraviesan el Canal. Los periodistas locales, previsores o hambrientos, devoran la comida. Los extranjeros nos llevamos algo a la boca mientras observamos curiosos la ansiedad de nuestros colegas.
La sala de la conferencia es decimonónica y una docena de cámaras iluminan una mesa con silla en el centro y sitiada por decenas de micrófonos. El inicio se demora una hora y media sobre el programa previsto y, sentado, supero las pruebas de sonido o la limpieza de la mesa con papel de periódico. Las puertas se abren, las autoridades se levantan. Ha llegado el momento de recibir al presidente del Canal.
El máximo responsable ofrece los datos, pone al mal tiempo buena cara y sortea las preguntas comprometidas de los periodistas -que sí Al Qaeda; que sí Yemen; que sí los piratas somalíes- con la rectitud y frialdad que se esperan en un militar.
Almuerzo algo -todo frío- en el Beach Club, un restaurante al borde del Canal mientras veo como pasan los barcos. La noche va cayendo en el camino de regreso a El Cairo. El autobús enfila una carretera de aslfalto rodeada de una superfice llana y árida. Un paisaje demediado por el Nilo aparece ante mis ojos. Hacia un lado, el desierto y la nada en el horizonte. Hacia otro, la tierra fértil regada por el río.
Desde la ventanilla, veo puestos de fruta que colorean a lo lejos una estampa de naranjas y verdes. Y veo a mujeres vestidas de negro que cruzan la carretera con abultados equipajes y toman desvíos hacia lugares que no veo o que no existen. O que habitan entre las dunas imprecisas del desierto, muy lejos del Nuevo Mundo que sueñan las moles de acero e hierro que transitan por Ismailía.

Muy interesante, Fran, me habría encantado ir. Un abrazo desde El Boalo….(PS. Como no puedo dejar de ser latinista, permíteme que te señale que es MARE NOSTRUM…una pequeña errata en tu trabajo…).
Gracias, Emilio. Corregida la errata para que ningún latinista más se queje. Un abrazo desde El Cairo.
Todo ese evento en qué idioma?
Isa, todo en árabe con traducción al inglés. Por?