La guerra del fútbol
La ventana registra la euforia de los egipcios. Esta noche una multitud ha tomado El Cairo. Las bocinas de los coches, tan normales durante el día, suenan a la una de la madrugada. La selección nacional de fútbol ha derrotado por cuatro goles a Argelia en las semifinales de la Copa de África de Naciones. O lo que es lo mismo, los “Faraones” han consumado su venganza contra los “Zorros del Desierto”.
En “La guerra del fútbol”, Ryszard Kapuscinski cuenta la guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras. La llama que incendió aquel fugaz fuego cruzado fue un partido de fútbol. El periodista polaco lo relataba a menudo para mostrar la fragilidad absurda con la que se fabrican las guerras o la violencia.
A unos metros de donde escribo está la embajada de Argelia. Esta mañana, medio centenar de policías acordonaban la zona para evitar que se repitieran los enfrentamientos de noviembre pasado, cuando Argelia dejó fuera del Mundial de Fútbol a los egipcios. Centenares de cairotas indignados se reunieron a las puertas de la embajada y forcejearon con la policía. 35 personas resultaron heridas y el incidente dió lugar a una crisis diplomática entre ambos países que aún no se ha solucionado del todo.
El fútbol como detonante o como excusa. Pocos días después de aquel encuentro, el embajador egipcio se retiró de Argel y, desde entonces, los argelinos son la cabeza de turco. “Argelinos mierda” me gritaba hace unos días un taxista emocionado con la idea de que su selección se volviera a ver la cara con Argelia. En la recién inaugurada Feria Internacional del Libro de El Cairo, en la que participan 31 países de todo el mundo, la literatura argelina será la gran ausente.
El fútbol es capaz de poner cierto orden en el caos o de agitar los fantasmas. Nada une a los egipcios como el balón. “Ven dentro de una hora y media” me dijo hace una semana un agente inmobiliario cuando le pedí que me enseñara más pisos. “¿Por qué?” le insistí. “Ahora tengo que ver el fúbol”, me explicó. “Si quieres pásate por el bar. Estaré allí viendo el partido con mis amigos”, añadió.
El anterior partido me pilló en unos grandes almacenes. A cada gol de los egipcios seguía el estruendo en la sección de televisores. Durante los últimos minutos, los carros de la compra cruzaban a gran velocidad los pasillos de estantes en busca de una pantalla panorámica donde poner imagen a la emoción. Las cajeras celebraban cada gol en la puerta del contrario levantando las manos llenas de artículos.
Son casi las dos. En la calle continúa la música, mezclada con los gritos de alegría de los hinchas y los claxones de cientos de coches. Los egipcios no dormirán esta noche celebrando que, finalmente y al menos de momento, han logrado sacudir sus complejos y derrotar al enemigo, al otro. Las hogueras se han encendido hoy sobre el césped de un estadio de fútbol. Y mañana, ¿dónde?
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El fútbol, que todo lo cura, dicen algunos. Pero da la sensación de que hay heridas que supuran mucho más con un balón de por medio, así de absurdos somos.
En fin, que me encanta leerte.
el Iñaki Gabilondo del futuro!!
que plumillas!!
un abrazooo!!!
sigue contando, Ulises…
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