Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

Archive for enero, 2010

14 enero
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Y se hizo la luz

Y llegó la luz. Antes habían alcanzado la habitación el sonido de las bocinas, del gentío llenando las calles o, mucho antes, la retahíla del muyaidin llamando desde su minarete a la oración.

Desayuno, me arreglo y salgo a la calle. Y entonces el primer dardo: todo lo que la noche oculta aparece ante mí. Los edificios viejos y sucios, las ventanas y cristales repletos de polvo, el tamaño irregular de los adoquines, las aceras intermitentes y los baches del asfalto.

Llevo mapa pero me cuesta situarme. Me duelen los ojos. Lo abro un instante y al cerrarlo me doy cuenta de algo nuevo y debo volver a abrirlo. No quiero ser extranjero pero lo soy. Tomo la decisión de bajar por la avenida y recorrer el barrio. Quiero seguir el curso del puente que lo atraviesa pero tengo dificultades para andar por la calle. Espero para cruzar y el primer intento lo doy por imposible. Me lleno de valor y salto para atravesar las tres vias que discurren en el mismo sentido. Los coches apenas reducen su velocidad y al verme -quizás mi manera de andar delata que es mi primera vez- los taxistas tocan el claxon en busca de un cliente aturdido.

Voy poco a poco. Mitad mapa en mano, mitad intuición. A veces creo que me he equivocado y corrijo el rumbo pero mas tarde opino que la primera decisión fue la correcta y vuelvo sobre lo andado. He quedado a las 15:30 en el Marriot Hotel, un lujoso establecimiento de cinco estrellas que es una suerte de isla rococó sitiada por un archipiélago de contradicciones. He quedado, como decía, con Sanaa, una “broker” o “sinsar” que encontré por internet y que me acaba de llamar -avisada de mi llegada- para ver algunos pisos. “Mi presupuesto” -dice Sanaa poco después de encontrarnos- sera respetado.

De momento no he llegado al lugar de la cita. A simple vista el itinerario para llegar hasta el es fácil. El chico al que asalto en la calle para que me explique como llegar me indica lo evidente: solo se necesita seguir el puente. Pero lo que me termina sugiriendo hace que tome el camino contrario. Y desando lo andado para volver al principio o más alla. Cansado de no acertar, decido tomar un taxi. “20 pounds”. Intento que sean menos: 10, propongo pero el taxista no cede y yo prefiero pagar a seguir andando. El taxista -contento con haber cazado a un incauto- se vuelve hablador y me pregunta si soy ingles o americano. “Español”, respondo. ¡Real Madrid and Barcelona!, exclama. Me confiesa que es merengue y me devuelve la pregunta. Podría decirle que no me gusta el futbol o que, si me dieran a elegir, optaría por el Barcelona porque prefiero la periferia al centro pero zanjo pronto la conversación: Barcelona.  ¿Zamalek o Ahli? le pregunto y no me deja tiempo para responder que, por supuesto, su equipo es el Ahli, que ha ganado las ultimas seis ligas y que es el eterno rival del otro equipo de la ciudad, el Zamalek.

El taxista me anima a hablarle en mi árabe de un mes. Lo intento y el lo celebra con gran alboroto mientras conduce a toda velocidad y El Cairo -o una porción de el- se asoma a mi ventanilla como un fogonazo. En alguna ocasión, toca el claxon y maldice a algún peatón que a falta de acera camina por mitad de la calle. “¡Basura!” le lanza al hombre que transporta alguna chatarra en su bicicleta.

Sanaa me dice por teléfono que es muy egipcia. A pesar de dejarle una descripción aproximada, pasa de largo porque más tarde me confiesa que le resulte demasiado joven. Cojea asi que se va moviendo poco a poco sin importarle el río de coches, que sortea sin problemas. Yo voy detrás, algo rezagado porque no me fío del valor con el que los conductores estiman la vida de los otros.

Los pisos se suceden. No pido mucho y mis expectativas no son demasiado altas. La primera jornada de búsqueda – a la que le seguirán otras muchas- termina con algún hallazgo. Las habitaciones son grandes y los muebles antiguos. En la decoración de todos ellos me duele el dorado, el superávit de espejos y alfombras, las formas imposibles y el color cerezo del mobiliario. Nada que no pueda soportarse durante un año si la casa es limpia y luminosa, los electrodomésticos funcionan bien y el estado del cuarto de baño y la cocina es aceptable.

Termino la tarde en una cafetería nada ruidosa porque comparte espacio con una librería. Sanaa me explica el coste aproximado de los gastos: agua, gas, electricidad… y el bawab. ¿El bawab? “Si, el portero”.  Ser bawab supone vigilar el edificio, recoger la basura de los pisos, mantener las zonas comunes… y vivir en aquellos lugares en los que el constructor del inmueble no planeo nada o quizás una sala de contadores y cemento.  Pero la de los bawab y sus aposentos es otra historia.

Y llego la luz. Antes habian alzando la habitacion el sonido de las bocinas, del gentio llenando las calles o, mucho antes, el del muyaidin llamando desde su minarete a la oracion. Desayuno, me arreglo y salgo a la calle. Y entonces el primer dardo:  lo que la noche oculta aparece ante mi. Los edificios viejos y sucios, las ventanas y cristales repletos de polvo, el tamaño irregular de los adoquines, las aceras intermitentes y los baches del asfalto.

Llevo mapa pero me cuesta situarme. Me duelen los ojos. Lo abro un instante y al cerrarlo me doy cuenta de algo nuevo y debo volver a abrirlo. No quiero ser extranjero pero lo soy. Tomo la decision de bajar y recorrer el barrio. Quiero seguir el curso del puente que lo atraviesa pero tengo dificultades para andar por la calle. Espero para cruzar y el primer intento lo doy por imposible. Me lleno de valor y salto para atravesar las tres vias que discurren en el mismo sentido. Los coches apenas reducen su velocidad y al verme -quizas mi manera de anda delata que es mi primer dia- los taxistas tocan el claxon en busca de un cliente aturdido.

Voy poco a poco. Mitad mapa en mano, mitad intuicion. A veces creo que me he equivocado y corrijo el rumbo pero mas tarde considero que la primera decision fue la correcta y vuelvo sobre lo andado. He quedado a las 15:30 en el Marriot Hotel, un lujoso establecimiento de cinco estrellas que es una suerte de isla rococo sitiada por un archipielago de contradicciones. He quedado, como decia, con Sanaa, una “broker” o “sinsar” que encontre por internet  que me acaba de llamar -avisada de mi llegada- para ver algunos pisos. “Mi presupuesto” -dice Sanaa poco despues de encontrarnos- sera respetado.

De momento no he llegado al lugar de la cita. A simple vista el itinerario para llegar hasta el es facil. El chico al que asalto en la calle para que me explica como llegar me indica lo evidente: solo se necesita seguir el puente pero lo que me termina sugiriendo es tomar el camino contrario. Y desando lo andado para volver al principio o mas alla. Cansado de no acertar, decido tomar un taxi. “20 pounds”. Intento que sean menos: 10, propongo pero el taxista no cede y yo prefiero pagar a seguir andando. El taxista -contento con haber cazado a un incauto- esta hablador y me pregunta si soy ingles o americano. “Español”, respondo. ¡Real Madrid and Barcelona!, exclama. Me confiesa que es merengue y me devuelve la pregunta. Podria decirle que no me gusta el futbol o que, si me dieran a elegir, optaria por el Barcelona simplemente porque prefiero la periferia al centro.  ¿Zamalek o Ahli? le pregunto yo y el no me deja tiempo para responder que, por supuesto, su equipo es el Ahli, que ha ganado las ultimas seis ligas y que es el eterno rival del otro equipo de la ciudad, el Zamalek.

El taxista me anima a hablarle en mi arabe de un mes. Lo intento y el lo celebra con gran alboroto mientras conduce a toda velocidad y El Cairo -o una porcion de el- se asoma a mi ventanilla como un fogonazo. En alguna ocasion, toca el claxon y maldice a algun peaton que en ausencia de acera camina por mitad de la calle. “¡Basura!” le dice al hombre que transporta en su bicicleta alguna chatarra.

Sanaa me dice por telefono ques es muy egipcia. A pesar de dejarle una descripcion aproximada, pasa de largo porque me confiesa mas tarde le pareci demasiado joven. Cojea asi que se va moviendo poco a poco sin importarle el rio de coches que sortea sin problemas. Yo voy detras, algo rezagado porque no me fio del valor que los conductores tienen de la vida.

Los pisos se suceden. No pido mucho y mis expectativas no son demasiado altas. La primera jornada de busqueda – a la que le sucederan otras muchas- termina con algun hallazgo. Las habitaciones son grandes y los muebles antiguos. En la decoracion de todos ellos me duele el dorado, el superavit de espejos y alfombras, las formas imposibles y el color cerezo del mobiliario. Nada que no pueda soportarse durante un año si la casa es limpia y luminosa, los electrodomesticos funcionan bien y y el estado de cuarto de baño y cocina es aceptable.

Termino la tarde en una cafeteria silenciosa porque comparte espacio con una libreria. Sanaa me explica el coste aproximado de los gastos: agua, gas, electricidad… y el bawab. ¿El bawab? “Si, el portero”.  Se bawab supone vigilar el edificio, recoger la basura de los pisos, mantener las zonas comunes… y vivir en aquellos lugares en los que el constructor del inmueble no planeo nada.  Pero la de los bawab y sus aposentos es otra historia.

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11 enero
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La ciudad a oscuras

4:23. Día 0. “El Cairo nunca duerme” me dice Abdu, el chofer de la delegación. Abdu es bajito, de tez oscura y tiene alrededor de 60 años. Me espera en la zona de llegadas de la terminal 3 con un folio: “Francisco EFE”. Lo busco entre decenas de rostros y al encontrarlo con el rotulo, sonrío y me acerco a el. El también ríe.

Es noche cerrada en El Cairo. 15 grados. “En Madrid mucho frío” comenta. Llego cinco horas mas tarde. Una tormenta de arena cerró durante parte de la mañana el aeropuerto de El Cairo. Abdu –me cuenta- nació en Asuán, pero ha vivido toda la vida en El Cairo. Lo ama, dice. Y me asegura que conoce todas las calles y barrios de una ciudad demasiado grande aun para mí.

Una capa de niebla cae sobre la ciudad. El cielo no es negro sino gris, inundado por luces, rótulos, luminosos y alumbrado. Voy de copiloto y me incorporo para intuir El Cairo. Mañana, me digo, tendré tiempo de verla pero de momento reconozco edificios, fachadas sucias y repletas de aparatos de aire acondicionado.

Ventanas caídas o desencajadas y puertas viejas completan un paisaje que varia ligeramente cuando la carretera se interna en Zamalek, una vez que cruza el Nilo, inmenso, indescriptible, emocionante… Entonces emerge una isla más apacible, un poco menos ruidosa con esquinas en las que policías egipcios custodian edificios oficiales y embajadas.

El coche da vueltas por pequeñas calles hasta que se detiene en un portal. “Hemos llegado” me informa Abdu. Me ayuda a bajar las maletas y me acompaña hasta el interior del bloque. No hay llave del portal porque permanece abierto todo el día. Después de darle las gracias y despedirme, Abdu espera un poco mientras subo las escaleras iluminadas con la luz que llega de la entreplanta.

El día me deja muchos recuerdos. Varias comidas: una hamburguesa difícil de digerir en Barajas, el café con mi madre, el cordero con patatas en el avión, la tarta de manzana… y el bocadillo de tortilla que guardo en la maleta. Varios sentimientos: la idea de haberme complicado la vida al llegar hasta aquí, la incertidumbre de si lograre adaptarme a este gigante… y la ilusión por lo que iré encontrando cada día. Varios olores: el intenso del tabaco de Abdu o la brisa de una madrugada cairota. Y algunas certezas como saber que en este viaje no estoy solo. Están las despedidas de los hermanos –el sevillano y el catalán-, la ayuda infinita de mis padres y de la familia cercana y el apoyo de buenos amigos.

A 3347 kilómetros de casa, el avión voló sorteando Roma y Palermo, Argel, Trípoli y Atenas y dejando a un lado Turquía. Desde la ventanilla,  echo un vistazo rápido a El Cairo:  miles, millones de luces apuntando una ciudad… y un nudo en el estomago. Mañana le pongo luz.

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04 enero
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Chinchetas en busca de sitio


Ver EFEbecarios en un mapa más grande

Veintiséis chinchetas buscan su sitio y se van desplegando por el mapa. Algunos ya han llegado a sus destinos y otros seguimos en transito, rodeados de maletas y sin saber aun que guardar en ellas mientras la cuenta atrás no concede descanso. Los primeros en tomar tierra han dejado sus primeras palabras. Nueva Delhi es una jungla acogedora para Nina y Alex solo tiene palabras para saludar a Bogota, la ciudad a la que acaba de llegar en compañía de Raquel, que, como ella ha escrito en Facebook, “estaaa en tierras colombianas y calidas”. “Pensaba que desde Bogota os querría igual, pero no, os quiero mas, conyo!”, añade. María y Carmen -la londinense- y Carlos también tienen nervios, tantos como los días que han ido anticipando este principio del viaje.

“Y entonces, un día, se acabó la cuenta atrás. Nunca hay suficiente espacio en la maleta. Nunca hay suficientes días antes de marcharse. Nunca hay suficientes palabras para despedirse…” Jael esta en Shangai. Y Carmen, su compañera sevillana, ha vuelto en el último momento a Roma. Va a ser verdad que todos los caminos conducen a…

Buen viaje a todos y ánimo

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