Las mujeres no lloran
“No women no cry”. La frase está pegada en una de las ventanillas de un coche aparcado cerca de casa. Ando despistado por mitad de la calle, casi acostumbrado a no pisar las aceras y el reclamo me hace parar. Lo miro, cargado como estoy con las bolsas del supermercado. ¿No lloran las mujeres aquí? ¿No hay motivos que merezcan unas lágrimas?
¡Vete a casa a cuidar de tus hijos y tu marido!
Inas Hasan está acostumbrada a escucharlo cuando recorre la ciudad al volante de un taxi. El Cairo es territorio de hombres y los hombres marcan el territorio, aunque para ello haga falta tocar la bocina o asomarse a la ventanilla y lanzar exabruptos. Pero Inas Hasan hace carrera sin inmutarse. ¡No comprenden que esto está cambiando!, me dice mientras sus manos, en las que sobresale un anillo, hacen girar el coche para cruzar un puente sobre el Nilo. Inas Hasan tiene una casa y unos hijos y un marido que la esperan pero el taxi es una prolongación de ella misma. Su coche está limpio y huele bien, algo poco habitual en El Cairo, y ella habla ingles, menos habitual aun entre sus colegas masculinos.
Con una sonrisa Inas se defiende de los ataques o las miradas que provoca en los coches que nos pasan. Ella cambio su trabajo en la escuela por el taxi. Fue hace año y medio y desde entonces ha ganado en felicidad porque le gusta conducir y, cuando está triste o se le agolpan los problemas, toma el coche y se pierde por El Cairo.
“A los hombres se les ve como ángeles y a las mujeres como demonios”
Cuatro años se llevo Mah recorriendo los pasillos de los tribunales hasta que por fin una mañana consiguió el divorcio. Y solo entonces pudo sentirse libre. En su larga travesía del desierto, conoció a otras que, como ella, aguardaban un papel para sentirse también libres. El divorcio es aun un estigma, una realidad que se susurra o ni se dice. Las mujeres tienen dos opciones para divorciarse: probar la incompetencia del marido o renunciar a la casa y devolver la dote. El hombre se divorcia con solo pronunciar tres veces “yo te repudio”. Mah sabe dónde vive y por eso mismo decidió crear una radio (la radio de las divorciadas), que emite por internet y que tiene el micrófono abierto a las llamadas de mujeres que viven el calvario y el escarnio del divorcio.
Hablo con Mah por teléfono. Escucho el sollozo de su hijo y el timbre de su voz me recuerda a una de mis abuelas y a mi “abuela madrileña”, aquella mujer con la que conviví mi primer mes en la capital. Me abrió su casa y, durante aquellos días y mis visitas de los domingos, me contó su historia, la de quien decidió “llevar los pantalones” y luchar para salir adelante.
¿Que esta pasando?
Como quien se despierta de un sueño y no reconoce ni su país ni su vida, una mujer me confiesa: ¿Que está pasando en Egipto? Las mujeres con niqab (una prenda negra que cubre todo el cuerpo salvo los ojos) se pasean cada vez con más frecuencia por las calles de El Cairo. Son bultos negros que descansan en el parque o que te encuentras en el ascensor cogidas al brazo de su marido. El rostro, las facciones, la identidad se quedan en casa… pero solo la de ella porque el marido te saluda en el ascensor a cara descubierta.
¿Que está pasando? Mohamed tiene mi edad y me atrevo a preguntarle que le parece las mujeres que se ocultan, que no dan la cara. “Demuestran que son buenas mujeres, religiosas y leales”.
Las mujeres también lloran en El Cairo y gritan y pelean, a pesar de que haya algunas que vivan siempre instaladas bajo un velo negro, a las órdenes de sus familias y maridos.
P.D.: Felicidades a todas las que luchan y gritan y lloran, incluida por supuesto mi madre.
