Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

Archive for octubre, 2010

24 octubre
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Firmas invitadas: Brasas ardiendo

Parte de los últimos meses, que han sido a proporciones iguales rápidos e intensos, los viví en los ojos de quienes me visitaron. Ser anfitrión es el mejor modo de redescubrir la experiencia de la llegada, lo que sentí allá por enero cuando desembarqué en la megápolis cairota. Para que quede registro de las veces que fui guía en las Pirámides, en la ciudad de los muertos o en Alejandría he pedido a una de mis últimas visitantes, Anabel, que deje por escrito lo vivido. Y aquí está el resultado…

Brasas ardiendo. Sí, eso me pareció -o quizá eso era- lo que atisbé desde la ventanilla del avión nada más abrir los ojos después de un incómodo sueño. Estaba desorientada y entumecida… tras un día de trenes, aviones y escalas, además, de muy mal humor. Los dos ojos brillantes y oscuros que estaban a mi lado dijeron con un fuerte acento árabe “It´s Egypt”.

El Delta del Nilo era una masa titilante, brasas ardiendo. De pronto ya no estaba cansada sino excitada, como en la mañana del día de Navidad, ¡iba a pisar Egipto! Aquel país cuyo mapa había estudiado de pequeña con ojos ansiosos, siguiendo con la punta de los dedos los perfiles de los minuciosos dibujitos de los templos…

La luna casi llena y una atmósfera turbia, húmeda, me abrazaron nada más llegar, luego tú, que me estabas esperando entre todo aquel ruido y agitar de carteles con nombres. Te noté distinto, más grave, pero más seguro de ti mismo. Qué bueno fue volver a verte o, quién sabe después de tanto tiempo, si no te estaba viendo por primera vez.

Puedo cerrar los ojos y ver aquel primer trayecto en coche, incluso te escucho hablar con aquel taxista copto aunque no os entienda. Recuerdo las luces brillando sobre el Nilo y los guardias durmiendo en las puertas de las embajadas. El Cairo entonces parecía una ciudad mansa… opinión que la luz del día cambió por completo.

Creo que durante toda mi estancia en Egipto mis ojos fueron como los de un recién nacido, lo miraban todo con sorpresa, diversión: Los colores de la frutería, los carneros todavía goteando sangre en las puertas de las carnicerías, los atuendos de las mujeres, el tráfico incesante, las alfombras extendidas en las puertas de las mezquitas con la promesa de patios blancos, espléndidos, al fondo… todo era tan familiar y tan nuevo, tan decadente pero tan grandioso…

Me enamoré del olor de las especias mezclado con el canto del almuédano en el Cairo Viejo, ese “Allahu Akbar” vibrante que vendría de algún alminar mameluco que rozaría el cielo, y crearía una discordante -pero no obstante cautivadora- melodía al entrelazarse con el canto de otro alminar próximo. Deseé estar allí para siempre: estar entre las ricas mercancías cuyo precio se discutía, aquellas mujeres de colores, los gatos que tomaban el sol perezosamente y los hombres fumando shisha en las puertas de las teterías, en aquel marco de casas viejas, cancelas de madera y arcos de herradura que el tiempo había teñido de tonos terrosos. Lo que podían ver mis ojos era nuevo, pero lo que podía ver desde dentro de mí era tan extrañamente familiar…

Sin embargo los  templos, las pirámides y los museos -tú lo sabes bien- me entristecieron. Eran grandiosos sí, pero no dejaban de ser gigantes muertos. El Museo del Cairo era un almacén lleno de bonitos cadáveres: Cosas que un día tuvieron una misión, un uso, y ahora, desprovistos de todo valor funcional, se exhibían impúdicamente a los ojos de un turista consumista que miraba aquellos hermosos objetos sin ni siquiera verlos. Karnak era sólo un espacio que recorrer para decir que se estuvo allí, al igual que Luxor o Deir el-Bahari, el Valle de los Reyes o el de las Reinas… Se fotografiaba cada rincón en busca del trofeo de la anécdota, se acariciaban los relieves sin leerlos primero. Aquellos sitios habían perdido todo aura, todo aquel esplendor que yo guardaba en mis recuerdos de niña. Eran parques temáticos para turistas, no eran ni Luxor, ni Karnak ni el templo de Hatshepshut, ya no lo eran y, posiblemente, nunca más lo serían.

Podría contarte, en detalle, todo lo que ví y sentí cada día que estuve allí, pero ya sabes que me gusta mucho la manera en que la memoria, con el paso del tiempo, retoca y deforma las cosas al mezclar la pura visión fotográfica con los sentimientos. No es hasta el cabo de un tiempo cuando los recuerdos se vuelven recuerdos, porque añadimos esa gran parte de nosotros mísmos necesaria para la receta final y, es por eso, que prefiero guardarme los detalles hasta que fermenten y los haga míos.

Es esta propia esencia mía, no sólo moldeadora de recuerdos, sino también de personas, al igual que la tuya, que la de Sayed, la del Islam. Siempre queremos dejar nuestra esencia en los otros, convenciéndolos de que sus opiniones debieran ser las nuestras, por ser éstas mejores. Es por eso por lo que a veces se discute, por lo que nos encerramos en nuestras posiciones sin aceptar las del otro; sin saber que la esencia, siendo líquida como es, termina por salpicarnos de una manera u otra y, por mucho que rechacemos la del contrario, sin darnos cuenta, ya habremos recibido algo de él y la habremos hecho parte indivisible de nosotros mísmos.

El Cairo no me dio sólo una colección de bellas imágenes que retener tras mis ojos, sino que también me dio parte del Islam, parte de Sayed, parte de tí cada vez que discutíamos algún tema.

Nunca me cansaré de darte las gracias por haberme dado esta oportunidad, y por haberme ayudado a aprender tanto. Estoy deseando devolverte el favor, aunque me hayas hecho escribir, con la vergüenza y el vértigo que me da pensar en voz alta con un lápiz…

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01 octubre
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Crónicas egipcias: Matemáticas para cambiar la vida de los niños de la basura

El reloj de mi casa ha recobrado el aliento. Desprecié su presencia durante meses y ahora, que se echó encima el tiempo de descuento, tengo pendiente un ajuste de cuentas con el puntero que avanza sin clemencia hacia el final de la aventura cairota. Mientras disfruto de los últimos meses he pensado ir haciendo memoria. Y no he encontrado mejor idea que dejar que hable el trabajo de este año, las crónicas egipcias publicadas en Efe que acompañarán siempre mi año en El Cairo. La preparación de esos textos, que iré publicando periódicamente en este blog, me permitió entender (al menos un poco) a los egipcios y llegar a amar esta ciudad… Una de las historias que guardo con más cariño fue aquella mañana que pasé entre los zabalín, los basureros de El Cairo…

El Cairo, 22 jul (EFE).- Rodeados de montañas de desechos, los hijos de los “zabalín”, los basureros de El Cairo, aprenden matemáticas gracias a los recipientes de champú que recogen de los desperdicios en un proyecto que quiere romper el ciclo de pobreza.

Miles de personas viven desde hace 60 años en la ladera de la montaña de Muqatam, en el sureste de la capital egipcia, entre la basura generada por los cairotas, un negocio que ocupa a los “zabalín” (basureros) y a toda su familia.

“Hace seis años el 65 por ciento de los menores de 20 años eran analfabetos porque ayudaban a sus padres en la recogida y separación de la basura”, explica a Efe Ezzat Naeim, hijo de basureros y director de la Asociación de servicios medioambientales “El espíritu de la juventud”.

Para romper “un ciclo que los condenaba a la pobreza y la marginación para el resto de sus vidas”, según Naeim, la asociación creó en los bajos de un humilde bloque de pisos una escuela de reciclaje, a la que asisten actualmente 156 menores.

Las paredes del local están decoradas con dibujos y del techo cuelgan cartulinas de colores e hileras de botes de champú usados de una multinacional estadounidense, responsables del éxito de esta singular escuela.

Y es que entre sus muros los niños del barrio aprenden a leer y escribir en árabe y nociones básicas de matemáticas, a la vez que reciben un sueldo por reciclar recipientes de champú.

Precisamente, los botes de plástico protagonizan los problemas matemáticos a partir del hecho de que, según Naeim, los menores “venden tres marcas de champú y cada una tiene tres tamaños con un precio diferente”.

“Como recogen un bote grande por 20 piastras y le damos por él 40 piastras, les planteamos cuestiones como cuánto deberían ganar con cien recipientes del mayor tamaño”, agrega el director de la ONG.

Los hijos de los “zabalín” también reciben lecciones de materias como el dibujo, el teatro, la salud y un programa de reciclaje para familiarizarse con los recipientes y saber separarlos.

La primera vez que los menores asisten a clase reciben un microcrédito de 200 libras egipcias (35 dólares) para adquirir los botes recogidos por sus familiares que son comprados por la ONG.

A partir de ese momento, “solo los niños que van al aula un mínimo de dieciséis lecciones a la semana tienen derecho a entregar botes de champú por valor de 150 libras”, señala Naeim.

Estimulada por el éxito de la escuela, esta ONG acaba de poner en marcha un proyecto que pretende regular, subraya Naeim, “un trabajo que los zabalín han realizado durante décadas de manera informal”.

Se trata de crear un centenar de pequeñas empresas de recogida de basura, “registradas oficialmente, que paguen impuestos y seguridad social y que puedan acceder a las licencias otorgadas por el Gobierno”, agrega Naeim.

La Fundación Bill y Melinda Gates, creada por el fundador de Microsoft, aportará un millón de dólares durante los cincos años de ejecución del proyecto.

Los “zabalín” recogen aproximadamente el 95 por ciento de las 14.000 toneladas diarias que se producen en El Cairo y el 80 por ciento de ese trabajo es manual.

En el 2003, varias multinacionales se hicieron cargo de la recogida de basura en algunas zonas de la ciudad aunque el sistema tradicional de los “zabalín” ha sobrevivido.

Rodeados de moscas y entre contenedores de basura, pequeños y mayores continúan seleccionando y separando los residuos en los garajes o los patios, a unos metros de sus viviendas.

El plan también quiere acabar con esta práctica y prevé trasladar a zonas industriales de El Cairo los desechos, que han aumentado después de que el pasado año las autoridades egipcias sacrificaran sus cerdos para luchar contra la gripe AH1N1.

Gracias a los 500 puntos de recogida que esta iniciativa planea establecer en la capital egipcia, los basureros, que son en su mayoría cristianos coptos, podrán separar la materia orgánica, destinada a la producción de compost, de la inorgánica, que será vendida a las empresas de reciclaje.

“Cada tonelada de basura genera hasta doce empleos”, apunta Naeim, que subraya además que otro de los fines es “lograr que los recolectores se unan y creen un sindicato”.

Naeim está convencido de que en el 2015 “el problema de El Cairo habrá desaparecido y no se verá la acumulación de basura que actualmente hay en las calles”.

Para cumplir con este objetivo faraónico, han lanzado una campaña que persigue sensibilizar puerta a puerta o a través de las redes sociales y los mensajes de móvil a los cairotas sobre la necesidad de separar los residuos en orgánicos e inorgánicos.

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