Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

18 septiembre
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Cacerolas de la infancia

A unos 4.000 kilómetros de El Cairo hay un niño que cumplió hace unas semanas su segundo año de vida. El chico tiene unos ojos grandes y atentos, un cuerpo delgado y huidizo y es un coleccionista de ollas, cacerolas y sartenes. En busca de su regalo, recorremos los callejones de Ataba y nos perdemos entre baterías de cocina, vasos de cristal y cuberterías “made in China”. Buscamos una cacerola de aluminio, la más pequeña de la familia de ollas que esperan comprador apiladas en las puertas de los comercios. Las proporciones están claras: No puede ser grande pero tampoco demasiado pequeña porque, en ese caso, el destinatario del obsequio podría confundirla con una de juguete y rechazarla. Él busca experiencias reales.

Una olla puede ser un juguete o un medio de vida. Un herramienta de trabajo imprescindible para las mujeres que venden queso feta en cacerolas de aluminio o para los hombres que durante el Ramadán preparan desde temprano molokeya o fatta y lo dejan hacer a fuego lento durante todo el día hasta el “iftar”, la comida con la que se rompe el ayuno diario del mes sagrado musulmán.

El periodista polaco Ryszard Kapuściński descubrió el poder callado de una cacerola de aluminio en Lagos (Nigeria). Una noche, una mujer del callejón al que daba una de las ventanas de la casa del reportero descubre que le han robado el más preciado de sus enseres. “La mujer, enloquecida y desesperada, corría en círculos: unos ladrones le habían robado la olla: había perdido su único medio de vida”, escribe Kapuściński.

A unos 4.000 kilómetros, un pequeño de dos años ha empezado a comprender el mundo a través de una olla de aluminio adquirida por dos euros en un mercado cairota. Un día le contaré la historia de una de las cacerolas de su infancia.

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12 septiembre
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El alma de Beirut

Algo tiene Beirut que sobrecoge el corazón. Quizás sea su larga historia, llena de conquistadores y guerras, o las heridas de las últimas contiendas que sus habitantes muestran con orgullo al visitante. Como un ave fénix, condenada eternamente a resucitar de sus cenizas, la ciudad se lima los desgarros de su última guerra, la que Israel libró en el verano de 2006 contra el grupo Hizbolá.

La memoria de los beirutíes no olvida la guerra civil que desde 1975 hasta 1990 acabó con un tiempo en el que el pequeño país mediterráneo fue lugar de convivencia pacífica entre musulmanes y cristianos. El fuego cruzado entre facciones religiosas dividió el mapa de la ciudad en barrios y calles y trazó líneas verdes que delimitaban el territorio. Aún recuerdan el sonido de los proyectiles, las bombas y las habitaciones interiores o los ascensores convertidos en improvisados refugios.

Quizás sea esa condición estoica y esa áspera dignidad de quien se ha sobrepuesto a la destrucción lo que sobrecoge. El centro, con las ruinas romanas que dejó al descubierto la guerra y los soportales de edificios de piedra, resume la ecuación de la reconstrucción. Y cerca de allí, Beirut mira al mar en un paseo que, al atardecer, se llena de familias y jóvenes. Las olas golpean con fuerza contra las paredes de la avenida y una mujer mayor, sentada junto a la barandilla, come hojas de parra y fuma narguile.

Con un presidente cristiano maronita, un primer ministro suní y un presidente del parlamento chií, las calles de Beirut son un lugar de encuentro que transitan todos los credos (salvo el judío). Hay pocos velos, una libertad que habla en varios idiomas: árabe, francés, inglés… y el contraste que dibujan las diferencias entre pobres y ricos cuando se deja el centro y se viaja, por ejemplo, hacia Byblos, a 37 kilómetros de Beirut y cuna del alfabeto moderno.  Una destartalada furgoneta, que solo se pone en marcha cuando todos sus asientos están ocupados,  recorre el trayecto, lejos de la autovía, siguiendo una carretera junto al mar y deteniéndose cada escasos metros.

“Monsieur”, me grita una mujer desde la puerta de su casa. Me acerco y me enseña un hilo y una diminuta aguja. Hago intentos de enhebrarlo pero no lo consigo. Me disculpo y me marcho. Cae la noche sobre la ciudad y las calles, animadas por el fin del Ramadán, bajan hacia el mar. Me quedan unas horas para disfrutar de Beirut, que tiene -como canta Fairuz- la gloria de las cenizas. Y la belleza de quien aprende de las heridas.

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19 junio
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Saramago familiar

Hay libros que tienen la magia de encerrar en ellos un tiempo de nuestra vida. Ocurre cuando la novela alcanza su última página, uno cierra el volumen para devolverlo a la estantería y siente las contusiones propinadas por la contundencia de las palabras. Y sabe que no habrá modo de desprenderse de ellas.

A mi me sucedió en la adolescencia con “Ensayo sobre la ceguera”, una novela en la que José Saramago reivindica la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Un semáforo en verde y un conductor que se queda ciego súbitamente. Y una ceguera blanca que se extiende por la ciudad con un doloroso interrogante.

Aún recuerdo la sensación de la última página. Y el entorno en el que leí la novela: un patio del sur en los tiempos libres que dejaba el instituto y en fines de semana de lectura familiar de periódicos y libros.

Y es que Saramago era un miembro más de la familia.  Sus libros, algunos de ellos firmados por el propio autor, siempre están en un lugar destacado, en aquella posición que delata que alguien los está leyendo, o se ausentan durante algunos meses para ser prestados a otros familiares o amigos.

Sus historias tenían también algo de las nuestras. Saramago recordaba el adiós de su abuelo, una de las personas más sabias que había conocido, abrazado a los árboles de su huerto. Y aquella despedida nos hacía volar hasta ese pueblo granadino con las cumbres nevadas al fondo y el sonido de tractores, acequias, lluvia, cuchicheos y las letanías de la megafonía del párroco.

Ahora que paseo por El Cairo escudriñando miradas ajenas, perdiéndome entre el sonido de conversaciones que no entiendo y rechazando amablemente las ofertas de limpiadores de zapatos recuerdo todos los nombres de los personajes de Saramago. Y especialmente a Cipriano Algor, el viejo alfarero de “La Caverna” que ve desolado como su trabajo de años agoniza por el auge de un centro comercial.

Hay personajes públicos que dejan una sensación de vacío inexplicable. Y Saramago es uno de ellos. En casa estábamos acostumbrados a leer sus artículos de opinión y escuchar la lucidez de sus apariciones. Compartíamos con él la lucha por la causa del pueblo saharaui y otras tantas batallas.

Se hace difícil pensar ahora que ese estado de serenidad, justicia y compromiso que transmitía se haya ido, pocos meses después del adiós de Francisco Ayala y Miguel Delibes. Justo ahora que la ceguera blanca de los mediocres predica el fin de los sueños y de un mundo más justo y más bueno.

Adiós maestro

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29 mayo
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Tierra tomada

La pirámide escalonada de Zoser se lima las heridas

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Casa tomada, Julio Cortazar

Como en el relato de Cortázar, los egipcios viven en un país tomado. En el cuento del argentino dos hermanos van poco a poco perdiendo el control de las estancias de la casa familiar. Unos intrusos les van expropiando partes de la casona hasta que sus legítimos propietarios deben renunciar a ella y marcharse.

En Egipto, los egipcios hacen su vida en un país tomado por una casta gobernante que se ha llenado los bolsillos durante 30 años sostenida por un ejercito y una policía que garantizan un estado policial. La misma semana que Zapatero anunciaba un plan de recortes que adelgaza el estado del bienestar a costa de pensionistas y funcionarios sin tocar el bolsillo de los ricos, el parlamento egipcio aprobaba prorrogar por dos años una Ley de Emergencia vigente en el país desde 1981.

La ley concede amplios poderes a la policía, pues permite detenciones indefinidas sin cargos y limita derechos como el de asociación. Durante tres décadas, la policía ha usado la ley para imponer su criterio por encima de las instancias judiciales y para detener a activistas políticos, blogueros y opositores.

Y, para desgracia de los sacrificados egipcios, policía y gobierno seguirán ocupando el país. “Para grabar en la calle se necesita un permiso”, me dijo hace unos días un policía cuando tomaba unas imagenes en el centro de El Cairo. Todo necesita de un permiso que controle al egipcio o al extranjero. Y los agentes se mueven a sus anchas a golpe de decisiones arbitrarias con un aire de soberbia y analfabetismo.

Hay policías en todas las esquinas, incluso en los accesos a los centros universitarios. Hace unos meses fui a cubrir un acto en la Universidad y, como no era estudiante, me hicieron esperar quince minutos en la puerta. Decidido a llegar cuanto antes a la conferencia a la que asistía, opté por dejarle el carnet de prensa al policía e iniciar la ruta. El policía lo tomó como un insulto y, entre gritos, tuve que ir hasta el director de seguridad del recinto. “Hombre, no seas impaciente. Debes aprender a esperar”, me soltó el responsable después de fotocopiar mi carnet.

Ahora que España vive una época oscura para su democracia, con jueces vengativos y políticos mediocres, quizás no está mal el ejercicio de vivir en un lugar donde la opinión diferente no es una opción sino un insulto o un delito y las cabezas pensantes son unos policías mal pagados que buscan sobornos en los monumentos y hacen de cotillas y torquemadas en la estación de autobuses o en la calle.

Vivir en un país aficionado a la mordaza y tomado, con blogueros entre rejas por usar la palabra, es un ejercicio que permite probar la impotencia y la rabia que quedan cuando el ciudadano no vale nada y el desarrollo de su vida choca constantemente contra el muro de unos gobernantes necios y una guardia que juega a ser el ombligo del mundo.

P.D.: A propósito de deseos de libertad sin ira, recuerdo esta canción que escuche muchas veces en casa cuando era niño. Yo siempre sentí que esta melodía reunía la epopeya de los represaliados, exiliados y de los que aún permanencen en las cunetas y el milagro de una transición, que ha envejecido mal, ha dejado heridas sin cerrar y amenaza con hipotecarnos el futuro con una constitución descafeinada y una monarquía.

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22 mayo
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Español republicano para principiantes

Luxor/Tebas

Entre los puestos de libros de El Cairo viejo encuentro un raro espécimen: un manual de español de tapas rosadas que ofrece un dominio rápido de la lengua de Cervantes. La cubierta muestra el Palacio Real de Madrid, quizás menos emblemático que los edificios elegidos para el resto de idiomas: El Big Ben para el inglés; el Coliseo para el italiano; la Plaza Roja para el ruso; La gran muralla para el chino; Notre-Dame para el francés…

Y como en el resto de ediciones, la bandera del país dispuesta en una de las esquinas identifica el idioma. La tricolor española tiene algo especial: Rojo, amarillo… y morado. ¡Republicana! ¿Una señal de que la III República está cerca? me pregunto.  Sin pensarlo dos veces me hago con un ejemplar y continúo el paseo hojeando un manual con más sorpresas en el interior:

Zapatos enviernales. Un tarro de aseitunas. Estoy acatarrodo. Enflamacion.  Quiero un dentiste. Tango la febre. Tango un colico. Siento la mausea. Estrenimiento. Doctor, siento pesadez en la cabeza. Tengo mal en el estomago. Como esta el tiempo? Barraseoso. Corretaje. Soiedad. Bancarota. Cuelgue. Duelgue. Destinatorio. Telefonada.  Cuento es el cuesto de la palabra? Quiero telefonar a. Camera de comer. Camera de camas. Cobierto. Excusado. Chienea. Refrigerio. Orno. Que preiodios hay aquí? Camarero, que tienen come bebidas? La montaña, la llanura, el Jardin pullico. Le doso un buen viaje. Quiero quardar mis bagajes en el depósito. Le invito a assistir el filme. Yo soy extrajero. Me he perdido al camino. Como se llama calle? Esta contente de su trabajo? Donda asta el comedor? Quiero remanecer una semana. An que hora se cierra el hotel? Cuando desiste el avion? Yo adiziono. Yo sostrago.

Y yo ni “adiziono” ni “sostrago”.  Solo dejo el libro (poco recomendable para los principantes en español) en una estantería del salón, en un lugar más visible que el resto de los volúmenes para ver su bandera al pasar y sonreír… o soñar con que España mañana será republicana.

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