Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

06 Marzo
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20 Febrero
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En el barrio de los coptos

No hay más remedio que ser cristiano. Y así, al menos, redimir la sorpresa y las pesadillas de quienes me preguntan y se preocupan por mi fe. Días después de mi primer encuentro, me cruzo con otro taxista copto. Lo se sin mediar palabra desde que pongo un pie en el vehiculo y veo el contador y la guantera repletas de estampitas de Jesús. “Tu eres español y cristiano”, me dice. Y asiento, metido cada vez más en mi papel de español fiel a las raíces cristianas de mi país. A la historia sangrada de un lugar llamado el valle de los caidos, a la imagen de unos sacerdotes levantado el brazo ante el caudillo en el prologo de la infamia y las fosas, a las heridas de la Santa Inquisición aun abiertas en el desprecio que algunos profesan a la inteligencia y el culto que muestran al dogma… A la España de cerrado y sacristía…

Empeñado, como decía, en hacer de cristiano me echo a la calle y señalo un punto en el mapa: El barrio copto. Y allá que voy, a pasear por cementerios ortodoxos que protegen restos de murallas romanas e iglesias que emergen entre callejuelas y en las que las mujeres rezan reclinadas ante altares con coloridas pinturas de Jesús. De la fortaleza de la antigua Babilonia solo quedan unas cuantas piedras. En las fronteras de aquel imperio miles de turistas caminan un día de febrero con el estruendo de flashes y vendedores de agua, telas, papiros, libros y artesanía gritan tratando de adivinar la lengua de sus clientes: hello, bonjour, hola, buon giorno…

“Soy cristiano en España y musulmán en Al Qahira”, le digo a Abdu, que esboza una media sonrisa. Pero la ecuación ya no sale y no se lo que soy. Mi fe oscila entre el ateismo con el que llegue aquí, la vida de ultratumba de los faraones egipcios que recorren aun con sus embarcaciones el Nilo de las leyendas; los cristianos coptos que hace mucho, mucho tiempo fueron mayoría y acabaron con Hipatia; o los musulmanes chiíes, que profesan una fe menos rígida que sus adversarios suníes y que me despiertan compasión porque siguen cayendo a decenas en Irak.

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16 Febrero
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Inventario del primer mes

El Cairo, la inmensa capital de Egipto…Un buen lugar para quien, como yo, tiene curiosidad y pretende saber más del complejo puzzle que significa el mundo árabe. Durante los últimos catorce años, he establecido una estrecha relación con los refugiados saharauis que reivindican la autodeterminación de la antigua colonia española, invadida hace 34 años por Marruecos.

Desde hace algún tiempo, sospecho que mi decisión última de dedicarme al periodismo se la debo a ese encuentro fortuito, que me hizo reconocerme en las esperanzas de otros, compartir intereses y me llevó a coordinar las labores de comunicación de una asociación de amistad con este pueblo cuando tenía apenas trece años. El Cairo es, pues, una oportunidad única de adentrarme en la realidad social, cultural y política no solo de Egipto sino de todos los países vecinos, en una coyuntura en la que su interlocución es fundamental para acabar con el conflicto árabe-israelí y hacer frente a los desafíos que plantea el yihadismo.

Para mí, la ciudad del Nilo es, por historia remota y cercana, un lugar cargado de simbolismo político y espiritual, que tiene mucho que decir en el remedio a las heridas de nuestro mundo.

Hasta aquí las intenciones, expresadas hace medio año en una carta de argumentación con pretensiones de ser fría y calculadora pero que terminó siendo un collage de experiencias personales y aspiraciones racionales. Y a partir de aquí, el inventario de los primeros 30 días en Al Qahira. Una primera impresión: La de perplejidad cuando la realidad desborda lo imaginado. Olores y sabores: el de la seesha, el del tabaco que fuma Abdu, el del café árabe, el del olor a cloro del agua, el del shawarma que llega a mediodía vía “delivery” a la oficina, el de la kofta, la fetara, los mashi o los kebab… Palabras sueltas: Insha alla (si Alá quiere) dicha para ahuyentar al extranjero que lo quiere todo aquí y ahora, el Alhandulinla (Gracias a Alá) o las preguntas del principiante (¿kan?, ¿Cuánto?; ¿emta?, ¿Cuándo?), tan útiles para sortear y salir airoso del regateo con los taxistas. Gestos: Las sonrisas que calientan la llegada y que se ríen (nos reímos) de la torpeza del recién aterrizado, las manos que echan una mano para que uno termine sintiéndose como en casa. Incertidumbres y preguntas: ¿Seré capaz de vivir aquí? ¿Tendré fuerzas?… que dejan paso a certezas y afirmaciones: Quiero vivir aquí, puedo hacerlo… Encuentros: miradas que recorren las calles y se detienen en cada detalle, en los policías que duermen a las puertas de una embajada, en los porteros de los edificios que esperan a que pase el tiempo sentados en la silla de siempre, en las mujeres ocultas tras un niqab y en las que dan la cara… Sonidos: el de los cláxones, el de las radios de los taxistas, el de la llamada a la oración o los versos del Corán que recita los viernes mi portero, la música de jazz una noche cualquiera en un pub cerca del Nilo, la canción de un niño en la calle… El tacto del polvo, la mugre, la neblina, de la arena del desierto, de las sabanas de algodón egipcio, de los rincones del nuevo hogar, del agua de Suez o de las gotas de lluvia. La lista de destinos pendientes: las pirámides, Alejandría, Luxor, Sinaí, cada lugar de esta ciudad mágica; y más lejos, tal vez Beirut, Jerusalén, Estambul… ¿Quién da más? El skype salta cada noche miles de kilómetros de distancia y estoy allí, en España, en Praga, en Londres, en Latinoamérica, donde quiera que sea que haya una conversación. No hay nostalgia posible cuando se sabe que 30 días son solo el preludio del viaje. Y, entre tanto, una pregunta: ¿Cómo les habrá ido al resto este primer mes?.

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11 Febrero
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Creencias

(Un vídeo sobre pasiones y creencias)

Casi dos semanas sin escribir. Demasiados días y demasiadas historias. Terminé y empecé mes con piso pero sin poder acceder a él. Pasé 48 horas esperando a que llegara el momento de que el ascensor volviera a funcionar y me llevara de nuevo a la planta 16. Y lo conseguí, justo el día en que Egipto ganó a Ghana en la final de la Copa de África y yo –con cámara y micro en mano- intenté compartir la alegría de los cairotas, que llenaron la ciudad de bocinas y luz hasta el amanecer.

Esa fue la primera noche que dormí en casa. Desde entonces, me acuesto con la imagen nocturna de Al Qahira y las luces reflejándose en el Nilo y me levanto en una ciudad sin límites precisos, con el horizonte perdido detrás de miles de edificios y de neblina. Los ventanales de mi habitación son una postal en movimiento, que me recuerda la geografía exacta de mi aventura.

Entre limpieza y reajuste de decoración (aún no finalizada), tuve tiempo para adentrarme en El Cairo Islámico y descubrir algunas de sus mezquitas y los personajes de los callejones: los niños que rodean al extranjero y quieren jugar con él, los mayores que clavan sus ojos en el extraño y cruzan algunas palabras entre ellos, la mujer que mira desde la ventana… y el burro cargado de aparejos que te sorprende en una esquina. Cuando la visito, acabo de leer “El callejón de los milagros”, del Nobel egipcio Naghib Mahfuz, y tengo la sensación de haberme quedado atrapado en la trama de la novela o de que los personajes se hicieron de carne y hueso en la última página.

En mi primer fin de semana (viernes y sábado en el calendario egipcio) con hogar, una boda copta que surgió de repente dos días antes de su celebración me hizo cambiar los planes. Viernes de búsqueda de traje, corbata y zapatos en las tiendas del barrio y en el segundo centro comercial de Oriento Medio (plantas y metros de locales y restaurantes). Sábado de enlace. Se casó la secretaria de la agencia, que es cristiana copta. Alrededor del 10 por ciento de los egipcios son coptos, una minoría cristiana acostumbrada a vivir entre musulmanes.

“¿Musulmán o cristiano?”, me pregunta el taxista que me lleva a la iglesia. No sé lo que decir pero tengo que elegir. Hubo una primera vez en Egipto en la que, recién llegado, alguien me preguntó mi religión y yo, sin calcular mis palabras, dije: “No creo en nada”. Primero no me creyeron y, cuando supieron que lo había dicho en serio, se llevaron las manos a la cabeza. Incluso para un musulmán es mejor que el de al lado sea cristiano o judío que no sea nada. Así que, desde entonces, respondo: “Cristiano”. Aunque me pese y cada vez esté más convencido de que no creo y de la perversión absurda de las religiones.

“¡Ah, cristiano como yo!”, grita el taxista, que se levanta la manga de la camisa para enseñarme una cruz tatuada en la muñeca. Yo sonrío tímidamente. La carretera que lleva a la iglesia cruza por varios templos cristianos y el taxista se santigua cuando los dejamos a un lado. “¿Tú no?”, me pregunta. “No, yo no”. Creo que empieza a darse cuenta de que no soy un cristiano como él. “Musulmán, judío, cristiano… ¿Y entonces qué eres?”

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29 Enero
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La guerra del fútbol

La ventana registra la euforia de los egipcios. Esta noche una multitud ha tomado El Cairo. Las bocinas de los coches, tan normales durante el día, suenan a la una de la madrugada. La selección nacional de fútbol ha derrotado por cuatro goles a Argelia en las semifinales de la Copa de África de Naciones. O lo que es lo mismo, los “Faraones” han consumado su venganza contra los “Zorros del Desierto”.

En “La guerra del fútbol”, Ryszard Kapuscinski cuenta la guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras. La llama que incendió aquel fugaz fuego cruzado fue un partido de fútbol. El periodista polaco lo relataba a menudo para mostrar la fragilidad absurda con la que se fabrican las guerras o la violencia.

A unos metros de donde escribo está la embajada de Argelia. Esta mañana, medio centenar de policías acordonaban la zona para evitar que se repitieran los enfrentamientos de noviembre pasado, cuando Argelia dejó fuera del Mundial de Fútbol a los egipcios. Centenares de cairotas indignados se reunieron a las puertas de la embajada y forcejearon con la policía. 35 personas resultaron heridas y el incidente dió lugar a una crisis diplomática entre ambos países que aún no se ha solucionado del todo.

El fútbol como detonante o como excusa. Pocos días después de aquel encuentro, el embajador egipcio se retiró de Argel y, desde entonces, los argelinos son la cabeza de turco. “Argelinos mierda” me gritaba hace unos días un taxista emocionado con la idea de que su selección se volviera a ver la cara con Argelia. En la recién inaugurada Feria Internacional del Libro de El Cairo, en la que participan 31 países de todo el mundo, la literatura argelina será la gran ausente.

El fútbol es capaz de poner cierto orden en el caos o de agitar los fantasmas. Nada une a los egipcios como el balón. “Ven dentro de una hora y media” me dijo hace una semana un agente inmobiliario cuando le pedí que me enseñara más pisos. “¿Por qué?” le insistí. “Ahora tengo que ver el fúbol”, me explicó. “Si quieres pásate por el bar. Estaré allí viendo el partido con mis amigos”, añadió.

El anterior partido me pilló en unos grandes almacenes. A cada gol de los egipcios seguía el estruendo en la sección de televisores. Durante los últimos minutos, los carros de la compra cruzaban a gran velocidad los pasillos de estantes en busca de una pantalla panorámica donde poner imagen a la emoción. Las cajeras celebraban cada gol en la puerta del contrario levantando las manos llenas de artículos.

Son casi las dos. En la calle continúa la música, mezclada con los gritos de alegría de los hinchas y los claxones de cientos de coches.  Los egipcios no dormirán esta noche celebrando que, finalmente y al menos de momento, han logrado sacudir sus complejos y derrotar al enemigo, al otro. Las hogueras se han encendido hoy sobre el césped de un estadio de fútbol. Y mañana, ¿dónde?

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