En marzo hizo dos años desde que se marchara. No llego a entender el mecanismo ni el material del que están hechos los recuerdos y la memoria, pero hace unos días entre el gentío caminando por mercados de hortalizas frescas y tenderetes, volví a ver a mi abuelo comprando (o mercando, como el decía) algo de lechuga, carne o pescado. Y esperé a que llegara hasta mí para poder darle besos y contarle como me va, lo que me ha pasado en estos meses de ausencia. ¡No vamos a poderlos ver colocados!, le decía siempre a mi abuela refiriéndose a mis hermanos y a mi, sus únicos nietos.
Dos años después de su muerte, a veces espero su llamada y sus consejos de emigrante. Un hilo telefónico de Granada a El Cairo. Y vuelvo a oír su respiración al otro lado y el inicio de una frase que nunca termina de pronunciar porque era -como soy yo- de emociones rápidas y lágrima fácil.
P.D.: Lamento estos meses sin publicar. Necesitaba encontrarme con la ciudad. Ya estoy de vuelta
“No women no cry”. La frase está pegada en una de las ventanillas de un coche aparcado cerca de casa. Ando despistado por mitad de la calle, casi acostumbrado a no pisar las aceras y el reclamo me hace parar. Lo miro, cargado como estoy con las bolsas del supermercado. ¿No lloran las mujeres aquí? ¿No hay motivos que merezcan unas lágrimas?
¡Vete a casa a cuidar de tus hijos y tu marido!
Inas Hasan está acostumbrada a escucharlo cuando recorre la ciudad al volante de un taxi. El Cairo es territorio de hombres y los hombres marcan el territorio, aunque para ello haga falta tocar la bocina o asomarse a la ventanilla y lanzar exabruptos. Pero Inas Hasan hace carrera sin inmutarse. ¡No comprenden que esto está cambiando!, me dice mientras sus manos, en las que sobresale un anillo, hacen girar el coche para cruzar un puente sobre el Nilo. Inas Hasan tiene una casa y unos hijos y un marido que la esperan pero el taxi es una prolongación de ella misma. Su coche está limpio y huele bien, algo poco habitual en El Cairo, y ella habla ingles, menos habitual aun entre sus colegas masculinos.
Con una sonrisa Inas se defiende de los ataques o las miradas que provoca en los coches que nos pasan. Ella cambio su trabajo en la escuela por el taxi. Fue hace año y medio y desde entonces ha ganado en felicidad porque le gusta conducir y, cuando está triste o se le agolpan los problemas, toma el coche y se pierde por El Cairo.
“A los hombres se les ve como ángeles y a las mujeres como demonios”
Cuatro años se llevo Mah recorriendo los pasillos de los tribunales hasta que por fin una mañana consiguió el divorcio. Y solo entonces pudo sentirse libre. En su larga travesía del desierto, conoció a otras que, como ella, aguardaban un papel para sentirse también libres. El divorcio es aun un estigma, una realidad que se susurra o ni se dice. Las mujeres tienen dos opciones para divorciarse: probar la incompetencia del marido o renunciar a la casa y devolver la dote. El hombre se divorcia con solo pronunciar tres veces “yo te repudio”. Mah sabe dónde vive y por eso mismo decidió crear una radio (la radio de las divorciadas), que emite por internet y que tiene el micrófono abierto a las llamadas de mujeres que viven el calvario y el escarnio del divorcio.
Hablo con Mah por teléfono. Escucho el sollozo de su hijo y el timbre de su voz me recuerda a una de mis abuelas y a mi “abuela madrileña”, aquella mujer con la que conviví mi primer mes en la capital. Me abrió su casa y, durante aquellos días y mis visitas de los domingos, me contó su historia, la de quien decidió “llevar los pantalones” y luchar para salir adelante.
¿Que esta pasando?
Como quien se despierta de un sueño y no reconoce ni su país ni su vida, una mujer me confiesa: ¿Que está pasando en Egipto? Las mujeres con niqab (una prenda negra que cubre todo el cuerpo salvo los ojos) se pasean cada vez con más frecuencia por las calles de El Cairo. Son bultos negros que descansan en el parque o que te encuentras en el ascensor cogidas al brazo de su marido. El rostro, las facciones, la identidad se quedan en casa… pero solo la de ella porque el marido te saluda en el ascensor a cara descubierta.
¿Que está pasando? Mohamed tiene mi edad y me atrevo a preguntarle que le parece las mujeres que se ocultan, que no dan la cara. “Demuestran que son buenas mujeres, religiosas y leales”.
Las mujeres también lloran en El Cairo y gritan y pelean, a pesar de que haya algunas que vivan siempre instaladas bajo un velo negro, a las órdenes de sus familias y maridos.
P.D.: Felicidades a todas las que luchan y gritan y lloran, incluida por supuesto mi madre.
No hay más remedio que ser cristiano. Y así, al menos, redimir la sorpresa y las pesadillas de quienes me preguntan y se preocupan por mi fe. Días después de mi primer encuentro, me cruzo con otro taxista copto. Lo se sin mediar palabra desde que pongo un pie en el vehiculo y veo el contador y la guantera repletas de estampitas de Jesús. “Tu eres español y cristiano”, me dice. Y asiento, metido cada vez más en mi papel de español fiel a las raíces cristianas de mi país. A la historia sangrada de un lugar llamado el valle de los caidos, a la imagen de unos sacerdotes levantado el brazo ante el caudillo en el prologo de la infamia y las fosas, a las heridas de la Santa Inquisición aun abiertas en el desprecio que algunos profesan a la inteligencia y el culto que muestran al dogma… A la España de cerrado y sacristía…
Empeñado, como decía, en hacer de cristiano me echo a la calle y señalo un punto en el mapa: El barrio copto. Y allá que voy, a pasear por cementerios ortodoxos que protegen restos de murallas romanas e iglesias que emergen entre callejuelas y en las que las mujeres rezan reclinadas ante altares con coloridas pinturas de Jesús. De la fortaleza de la antigua Babilonia solo quedan unas cuantas piedras. En las fronteras de aquel imperio miles de turistas caminan un día de febrero con el estruendo de flashes y vendedores de agua, telas, papiros, libros y artesanía gritan tratando de adivinar la lengua de sus clientes: hello, bonjour, hola, buon giorno…
“Soy cristiano en España y musulmán en Al Qahira”, le digo a Abdu, que esboza una media sonrisa. Pero la ecuación ya no sale y no se lo que soy. Mi fe oscila entre el ateismo con el que llegue aquí, la vida de ultratumba de los faraones egipcios que recorren aun con sus embarcaciones el Nilo de las leyendas; los cristianos coptos que hace mucho, mucho tiempo fueron mayoría y acabaron con Hipatia; o los musulmanes chiíes, que profesan una fe menos rígida que sus adversarios suníes y que me despiertan compasión porque siguen cayendo a decenas en Irak.
El Cairo, la inmensa capital de Egipto…Un buen lugar para quien, como yo, tiene curiosidad y pretende saber más del complejo puzzle que significa el mundo árabe. Durante los últimos catorce años, he establecido una estrecha relación con los refugiados saharauis que reivindican la autodeterminación de la antigua colonia española, invadida hace 34 años por Marruecos.
Desde hace algún tiempo, sospecho que mi decisión última de dedicarme al periodismo se la debo a ese encuentro fortuito, que me hizo reconocerme en las esperanzas de otros, compartir intereses y me llevó a coordinar las labores de comunicación de una asociación de amistad con este pueblo cuando tenía apenas trece años. El Cairo es, pues, una oportunidad única de adentrarme en la realidad social, cultural y política no solo de Egipto sino de todos los países vecinos, en una coyuntura en la que su interlocución es fundamental para acabar con el conflicto árabe-israelí y hacer frente a los desafíos que plantea el yihadismo.
Para mí, la ciudad del Nilo es, por historia remota y cercana, un lugar cargado de simbolismo político y espiritual, que tiene mucho que decir en el remedio a las heridas de nuestro mundo.
Hasta aquí las intenciones, expresadas hace medio año en una carta de argumentación con pretensiones de ser fría y calculadora pero que terminó siendo un collage de experiencias personales y aspiraciones racionales. Y a partir de aquí, el inventario de los primeros 30 días en Al Qahira. Una primera impresión: La de perplejidad cuando la realidad desborda lo imaginado. Olores y sabores: el de la seesha, el del tabaco que fuma Abdu, el del café árabe, el del olor a cloro del agua, el del shawarma que llega a mediodía vía “delivery” a la oficina, el de la kofta, la fetara, los mashi o los kebab… Palabras sueltas: Insha alla (si Alá quiere) dicha para ahuyentar al extranjero que lo quiere todo aquí y ahora, el Alhandulinla (Gracias a Alá) o las preguntas del principiante (¿kan?, ¿Cuánto?; ¿emta?, ¿Cuándo?), tan útiles para sortear y salir airoso del regateo con los taxistas. Gestos: Las sonrisas que calientan la llegada y que se ríen (nos reímos) de la torpeza del recién aterrizado, las manos que echan una mano para que uno termine sintiéndose como en casa. Incertidumbres y preguntas: ¿Seré capaz de vivir aquí? ¿Tendré fuerzas?… que dejan paso a certezas y afirmaciones: Quiero vivir aquí, puedo hacerlo… Encuentros: miradas que recorren las calles y se detienen en cada detalle, en los policías que duermen a las puertas de una embajada, en los porteros de los edificios que esperan a que pase el tiempo sentados en la silla de siempre, en las mujeres ocultas tras un niqab y en las que dan la cara… Sonidos: el de los cláxones, el de las radios de los taxistas, el de la llamada a la oración o los versos del Corán que recita los viernes mi portero, la música de jazz una noche cualquiera en un pub cerca del Nilo, la canción de un niño en la calle… El tacto del polvo, la mugre, la neblina, de la arena del desierto, de las sabanas de algodón egipcio, de los rincones del nuevo hogar, del agua de Suez o de las gotas de lluvia. La lista de destinos pendientes: las pirámides, Alejandría, Luxor, Sinaí, cada lugar de esta ciudad mágica; y más lejos, tal vez Beirut, Jerusalén, Estambul… ¿Quién da más? El skype salta cada noche miles de kilómetros de distancia y estoy allí, en España, en Praga, en Londres, en Latinoamérica, donde quiera que sea que haya una conversación. No hay nostalgia posible cuando se sabe que 30 días son solo el preludio del viaje. Y, entre tanto, una pregunta: ¿Cómo les habrá ido al resto este primer mes?.