Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

15 Mayo
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Un abuelo entre cairotas

Tebas/Luxor

En marzo hizo dos años desde que se marchara. No llego a entender el mecanismo ni el material del que están hechos los recuerdos y la memoria, pero hace unos días entre el gentío caminando por mercados de hortalizas frescas y tenderetes,  volví a ver  a mi abuelo comprando (o mercando, como el decía) algo de lechuga, carne o pescado. Y esperé a que llegara hasta mí para poder darle besos y contarle como me va, lo que me ha pasado en estos meses de ausencia. ¡No vamos a poderlos ver colocados!, le decía siempre a mi abuela refiriéndose a mis hermanos y a mi, sus únicos nietos.

Dos años después de su muerte, a veces espero su llamada y sus consejos de emigrante. Un hilo telefónico de Granada a El Cairo. Y vuelvo a oír su respiración al otro lado y el inicio de una frase que nunca termina de pronunciar porque era -como soy yo- de emociones rápidas y lágrima fácil.

P.D.: Lamento estos meses sin publicar. Necesitaba encontrarme con la ciudad. Ya estoy de vuelta

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16 Enero
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De peleas y deseos

Cuando éramos niños y vivíamos en el patio del colegio siempre solíamos decir que quien se peleaba se deseaba. Ignoro si será la misma ecuación pero estos primeros días en El Cairo -hoy justo hace una semana de mi llegada- la he vuelto a recordar. Esta ciudad es tan distinta a lo conocido que se necesita luchar para lograr ir a un lugar, entenderse con sus habitantes, comprar un trozo de pan o llegar a conocer un dato cierto sobre algo. Pero aun así ese esfuerzo actúa como un imán, como una atracción que atrapa cuanto mas se adentra uno en la ciudad o habla con el chofer, la agente inmobiliaria o los taxistas. Se que será difícil conocerla pero tengo ganas y fuerzas de pelear.

Y aunque ciertamente es distinta, cuando camino y observo anoto historias con las que me identifico, que me llevan a mis abuelos, al sur que solo existe en mi infancia. El coche de Adbu, el chofer, esta lleno de clavos y tornillos, atestados los huecos de cintas de casette y el aire acondicionado no funciona. “Lo arreglare yo mismo”, me dice. Tengo que mirarle varias veces porque Abdu me recuerda a mis abuelos. Ambos comparten esa necesidad aprendida de arreglar lo que se rompe, de diseccionar los aparatos y  concederle una segunda vida después de horas de fallidas tentativas. Le cuento la historia a Abdu sobre el olor a gasolina que recuerdo siempre de la casa de mi abuelo, de sus horas dedicadas a su seiscientos,  de la estufa que aun calienta los inviernos y que construyo a partir del tambor de una lavadora. Y Abdu vuelve a reír. “A tu abuelo le gustaría El Cairo” insiste.

En cierto modo, veo lo que mis abuelos vieron y soportaron en otro tiempo, lejos de la España que deje hace una semana pero que aun sobrevive en la memoria feliz de quienes estuvieron allí. Ayer los ojos despiertos de mi prima Erika cumplieron 4 años. Sueña con ser princesa… y será lo que quiera ser si no deja nunca de preguntar y preguntarse, mirar y sorprenderse. De pelear y desear.

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