Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

25 Enero
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Artistas del alambre

Siente pánico a las alturas. Por eso hoy, cuando hemos tenido que pasar por la pasarela de la azotea de mi nuevo hogar, a 17 plantas del suelo,  mi sinsar ha tenido que cerrar los ojos, cogerme del brazo y  susurrar el nombre de los profetas.

Cuando alcanza la otra orilla, la escucho como se repone del trance y dice “Alhamdulila” (Gracias a Alá). La azotea tiene aspecto de haber sufrido en las últimas horas un bombardeo o un huracán, porque montañas de escombros y parabólicas aparecen mientras caminamos sobre ella.

Ya tengo piso. Las últimas dos semanas, mis primeras aquí, las pasé buscándolo. Pero no me quejo. Han sido días de recorrer la ciudad, de encontrarme con Amal, Sanaa, Mohamed, Sami… los agentes o “sinsar” que me han ido mostrando los pisos, que me han enseñado que el primer precio de un apartamento es el de salida y que a partir de ahí todo es negociable. El arte del regateo requiere del extranjero paciencia, espera, hacerse querer, saber que las otras ofertas de las que hablan los dueños no existen o no son tantas como dicen.

Amal es poco habladora  y le gusta el trabajo rápido. Vemos un piso y me pregunta ¿Halas?, que viene a ser algo así como ¿se acabó? o ¿todo bien?. Las primeras veces respondo afirmativamente y entonces, enseguida, me vuelve a interrogar: ¿Cuándo firmamos el contrato mister Fran?. Yo le aplaco ese ánimo por firmarlo todo y le digo que necesito tomarme mi tiempo. Ella pone fecha y hora exactas a mi tiempo y me avisa de que me llamará mañana a las 11 y media. Y me llama. Y, una y otra vez, le digo que necesito más tiempo. Y así pasa una semana y otra. El precio baja propocionalmente al tiempo que se espera. Un día amanece a 5500 libras y a la mañana siguiente ya son 5000. Y Amal me envía mensajes al móvil con las nuevas cotizaciones.

En el parqué de pisos de El Cairo, el precio es tan relativo y volátil como el del barril de brent en la bolsa londinense. Todo lo es. A Sanaa ya la conocéis. Me llamó unas horas después de aterrizar aquí y me ha enseñado durante este tiempo algunos pisos. Se gana la vida haciendo de todo: es traductora, agente inmobiliario, agente de comercio… Pero le tiene pánico a las alturas. Y se agarra a mi brazo con fuerza, mientras cruzamos el cielo de esta ciudad una mañana fría de enero.

Para ella, la pasarela que conecta las torres de pisos es un alambre y nosotros unos funámbulos torpes que rozan el abismo.  Todo eso se agolpa en mi cabeza cuando percibo su aliento en la nuca y miro hacia bajo. Cerramos los últimos flecos del contrato y Sanaa celebra que haya encontrado casa fumando seesha en un café cercano . Yo tomo café. Y, ahora que tengo hogar en proceso de reajuste de muebles y decoración, pienso que echaré de menos la búsqueda.

Hace unos días, durante una jornada de búsqueda, fue ella misma la que me invitó a una mazorca tostada en un puesto ambulante. Y el primer bocado me hizo recordar las fiestas de mi pueblo granadino, aquellos agostos cuando era niño y recorría la calle de los puestos para comprarme cada noche una mazorca.

Sanaa y Amal no pueden ni verse. Amal me enseñó un día el piso que finalmente he alquilado y que ya había visto con Sanaa. Enfadado, le comenté que si finalmente decidía alquilarlo llamaría a Sanaa, que había sido la primera en mostrármelo. Después de una larga conversación (“olvida a Sanaa”, me llegó a decir) aceptó el trato.  Sanaa conoció la historia porque la dueña del piso la llamó enseguida para contárselo. Y desde entonces,  me repite que “soy muy honesto” y que “las personas honestas suelen coincidir con personas honestas”. “Así que llegarás lejos”, augura.

El Cairo es una ciudad inmensa pero a veces parece como si todos se conocieran. Que toda la ciudad y sus millones de habitantes cupieran de sobra en la libreta de direcciones y teléfonos de Sanaa. Y todo se sabe.

Mohamed es otro sinsar, un chico de mi edad que me enseña algunos pisos, demasiado caros y poco limpios y luminosos. En uno de ellos, el hijo del dueño hace las veces de agente inmobiliario. Su piel es sorprendentemente blanco,  su pelo tiene un tono cobrizo y habla un ingles fino y fluido.  El sinsar desaparece un rato y el chico me cuenta su historia: Es hijo de un egipcio y una irlandesa. Tiene 16 años y pronto se mudará a Dublín para estudiar en la Universidad. Hablamos del piso, del contrato… y en el ascensor le pregunto si le gusta más Egipto o Irlanda. “Para vivir prefiero El Cairo, que es mi ciudad, pero me conviene estudiar en Dublín”. Dos ciudades y dos momentos… Y las maletas que nunca se deshacen del todo y la necesidad de ir a otro lugar y no quedarse quieto y el abismo de la distancia, como si ésta fuera una pasarela prendida al cielo de la ciudad y uno un artista del alambre torpe y temeroso.

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14 Enero
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Y se hizo la luz

Y llegó la luz. Antes habían alcanzado la habitación el sonido de las bocinas, del gentío llenando las calles o, mucho antes, la retahíla del muyaidin llamando desde su minarete a la oración.

Desayuno, me arreglo y salgo a la calle. Y entonces el primer dardo: todo lo que la noche oculta aparece ante mí. Los edificios viejos y sucios, las ventanas y cristales repletos de polvo, el tamaño irregular de los adoquines, las aceras intermitentes y los baches del asfalto.

Llevo mapa pero me cuesta situarme. Me duelen los ojos. Lo abro un instante y al cerrarlo me doy cuenta de algo nuevo y debo volver a abrirlo. No quiero ser extranjero pero lo soy. Tomo la decisión de bajar por la avenida y recorrer el barrio. Quiero seguir el curso del puente que lo atraviesa pero tengo dificultades para andar por la calle. Espero para cruzar y el primer intento lo doy por imposible. Me lleno de valor y salto para atravesar las tres vias que discurren en el mismo sentido. Los coches apenas reducen su velocidad y al verme -quizás mi manera de andar delata que es mi primera vez- los taxistas tocan el claxon en busca de un cliente aturdido.

Voy poco a poco. Mitad mapa en mano, mitad intuición. A veces creo que me he equivocado y corrijo el rumbo pero mas tarde opino que la primera decisión fue la correcta y vuelvo sobre lo andado. He quedado a las 15:30 en el Marriot Hotel, un lujoso establecimiento de cinco estrellas que es una suerte de isla rococó sitiada por un archipiélago de contradicciones. He quedado, como decía, con Sanaa, una “broker” o “sinsar” que encontré por internet y que me acaba de llamar -avisada de mi llegada- para ver algunos pisos. “Mi presupuesto” -dice Sanaa poco después de encontrarnos- sera respetado.

De momento no he llegado al lugar de la cita. A simple vista el itinerario para llegar hasta el es fácil. El chico al que asalto en la calle para que me explique como llegar me indica lo evidente: solo se necesita seguir el puente. Pero lo que me termina sugiriendo hace que tome el camino contrario. Y desando lo andado para volver al principio o más alla. Cansado de no acertar, decido tomar un taxi. “20 pounds”. Intento que sean menos: 10, propongo pero el taxista no cede y yo prefiero pagar a seguir andando. El taxista -contento con haber cazado a un incauto- se vuelve hablador y me pregunta si soy ingles o americano. “Español”, respondo. ¡Real Madrid and Barcelona!, exclama. Me confiesa que es merengue y me devuelve la pregunta. Podría decirle que no me gusta el futbol o que, si me dieran a elegir, optaría por el Barcelona porque prefiero la periferia al centro pero zanjo pronto la conversación: Barcelona.  ¿Zamalek o Ahli? le pregunto y no me deja tiempo para responder que, por supuesto, su equipo es el Ahli, que ha ganado las ultimas seis ligas y que es el eterno rival del otro equipo de la ciudad, el Zamalek.

El taxista me anima a hablarle en mi árabe de un mes. Lo intento y el lo celebra con gran alboroto mientras conduce a toda velocidad y El Cairo -o una porción de el- se asoma a mi ventanilla como un fogonazo. En alguna ocasión, toca el claxon y maldice a algún peatón que a falta de acera camina por mitad de la calle. “¡Basura!” le lanza al hombre que transporta alguna chatarra en su bicicleta.

Sanaa me dice por teléfono que es muy egipcia. A pesar de dejarle una descripción aproximada, pasa de largo porque más tarde me confiesa que le resulte demasiado joven. Cojea asi que se va moviendo poco a poco sin importarle el río de coches, que sortea sin problemas. Yo voy detrás, algo rezagado porque no me fío del valor con el que los conductores estiman la vida de los otros.

Los pisos se suceden. No pido mucho y mis expectativas no son demasiado altas. La primera jornada de búsqueda – a la que le seguirán otras muchas- termina con algún hallazgo. Las habitaciones son grandes y los muebles antiguos. En la decoración de todos ellos me duele el dorado, el superávit de espejos y alfombras, las formas imposibles y el color cerezo del mobiliario. Nada que no pueda soportarse durante un año si la casa es limpia y luminosa, los electrodomésticos funcionan bien y el estado del cuarto de baño y la cocina es aceptable.

Termino la tarde en una cafetería nada ruidosa porque comparte espacio con una librería. Sanaa me explica el coste aproximado de los gastos: agua, gas, electricidad… y el bawab. ¿El bawab? “Si, el portero”.  Ser bawab supone vigilar el edificio, recoger la basura de los pisos, mantener las zonas comunes… y vivir en aquellos lugares en los que el constructor del inmueble no planeo nada o quizás una sala de contadores y cemento.  Pero la de los bawab y sus aposentos es otra historia.

Y llego la luz. Antes habian alzando la habitacion el sonido de las bocinas, del gentio llenando las calles o, mucho antes, el del muyaidin llamando desde su minarete a la oracion. Desayuno, me arreglo y salgo a la calle. Y entonces el primer dardo:  lo que la noche oculta aparece ante mi. Los edificios viejos y sucios, las ventanas y cristales repletos de polvo, el tamaño irregular de los adoquines, las aceras intermitentes y los baches del asfalto.

Llevo mapa pero me cuesta situarme. Me duelen los ojos. Lo abro un instante y al cerrarlo me doy cuenta de algo nuevo y debo volver a abrirlo. No quiero ser extranjero pero lo soy. Tomo la decision de bajar y recorrer el barrio. Quiero seguir el curso del puente que lo atraviesa pero tengo dificultades para andar por la calle. Espero para cruzar y el primer intento lo doy por imposible. Me lleno de valor y salto para atravesar las tres vias que discurren en el mismo sentido. Los coches apenas reducen su velocidad y al verme -quizas mi manera de anda delata que es mi primer dia- los taxistas tocan el claxon en busca de un cliente aturdido.

Voy poco a poco. Mitad mapa en mano, mitad intuicion. A veces creo que me he equivocado y corrijo el rumbo pero mas tarde considero que la primera decision fue la correcta y vuelvo sobre lo andado. He quedado a las 15:30 en el Marriot Hotel, un lujoso establecimiento de cinco estrellas que es una suerte de isla rococo sitiada por un archipielago de contradicciones. He quedado, como decia, con Sanaa, una “broker” o “sinsar” que encontre por internet  que me acaba de llamar -avisada de mi llegada- para ver algunos pisos. “Mi presupuesto” -dice Sanaa poco despues de encontrarnos- sera respetado.

De momento no he llegado al lugar de la cita. A simple vista el itinerario para llegar hasta el es facil. El chico al que asalto en la calle para que me explica como llegar me indica lo evidente: solo se necesita seguir el puente pero lo que me termina sugiriendo es tomar el camino contrario. Y desando lo andado para volver al principio o mas alla. Cansado de no acertar, decido tomar un taxi. “20 pounds”. Intento que sean menos: 10, propongo pero el taxista no cede y yo prefiero pagar a seguir andando. El taxista -contento con haber cazado a un incauto- esta hablador y me pregunta si soy ingles o americano. “Español”, respondo. ¡Real Madrid and Barcelona!, exclama. Me confiesa que es merengue y me devuelve la pregunta. Podria decirle que no me gusta el futbol o que, si me dieran a elegir, optaria por el Barcelona simplemente porque prefiero la periferia al centro.  ¿Zamalek o Ahli? le pregunto yo y el no me deja tiempo para responder que, por supuesto, su equipo es el Ahli, que ha ganado las ultimas seis ligas y que es el eterno rival del otro equipo de la ciudad, el Zamalek.

El taxista me anima a hablarle en mi arabe de un mes. Lo intento y el lo celebra con gran alboroto mientras conduce a toda velocidad y El Cairo -o una porcion de el- se asoma a mi ventanilla como un fogonazo. En alguna ocasion, toca el claxon y maldice a algun peaton que en ausencia de acera camina por mitad de la calle. “¡Basura!” le dice al hombre que transporta en su bicicleta alguna chatarra.

Sanaa me dice por telefono ques es muy egipcia. A pesar de dejarle una descripcion aproximada, pasa de largo porque me confiesa mas tarde le pareci demasiado joven. Cojea asi que se va moviendo poco a poco sin importarle el rio de coches que sortea sin problemas. Yo voy detras, algo rezagado porque no me fio del valor que los conductores tienen de la vida.

Los pisos se suceden. No pido mucho y mis expectativas no son demasiado altas. La primera jornada de busqueda – a la que le sucederan otras muchas- termina con algun hallazgo. Las habitaciones son grandes y los muebles antiguos. En la decoracion de todos ellos me duele el dorado, el superavit de espejos y alfombras, las formas imposibles y el color cerezo del mobiliario. Nada que no pueda soportarse durante un año si la casa es limpia y luminosa, los electrodomesticos funcionan bien y y el estado de cuarto de baño y cocina es aceptable.

Termino la tarde en una cafeteria silenciosa porque comparte espacio con una libreria. Sanaa me explica el coste aproximado de los gastos: agua, gas, electricidad… y el bawab. ¿El bawab? “Si, el portero”.  Se bawab supone vigilar el edificio, recoger la basura de los pisos, mantener las zonas comunes… y vivir en aquellos lugares en los que el constructor del inmueble no planeo nada.  Pero la de los bawab y sus aposentos es otra historia.

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