Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

20 febrero
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En el barrio de los coptos

No hay más remedio que ser cristiano. Y así, al menos, redimir la sorpresa y las pesadillas de quienes me preguntan y se preocupan por mi fe. Días después de mi primer encuentro, me cruzo con otro taxista copto. Lo se sin mediar palabra desde que pongo un pie en el vehiculo y veo el contador y la guantera repletas de estampitas de Jesús. “Tu eres español y cristiano”, me dice. Y asiento, metido cada vez más en mi papel de español fiel a las raíces cristianas de mi país. A la historia sangrada de un lugar llamado el valle de los caidos, a la imagen de unos sacerdotes levantado el brazo ante el caudillo en el prologo de la infamia y las fosas, a las heridas de la Santa Inquisición aun abiertas en el desprecio que algunos profesan a la inteligencia y el culto que muestran al dogma… A la España de cerrado y sacristía…

Empeñado, como decía, en hacer de cristiano me echo a la calle y señalo un punto en el mapa: El barrio copto. Y allá que voy, a pasear por cementerios ortodoxos que protegen restos de murallas romanas e iglesias que emergen entre callejuelas y en las que las mujeres rezan reclinadas ante altares con coloridas pinturas de Jesús. De la fortaleza de la antigua Babilonia solo quedan unas cuantas piedras. En las fronteras de aquel imperio miles de turistas caminan un día de febrero con el estruendo de flashes y vendedores de agua, telas, papiros, libros y artesanía gritan tratando de adivinar la lengua de sus clientes: hello, bonjour, hola, buon giorno…

“Soy cristiano en España y musulmán en Al Qahira”, le digo a Abdu, que esboza una media sonrisa. Pero la ecuación ya no sale y no se lo que soy. Mi fe oscila entre el ateismo con el que llegue aquí, la vida de ultratumba de los faraones egipcios que recorren aun con sus embarcaciones el Nilo de las leyendas; los cristianos coptos que hace mucho, mucho tiempo fueron mayoría y acabaron con Hipatia; o los musulmanes chiíes, que profesan una fe menos rígida que sus adversarios suníes y que me despiertan compasión porque siguen cayendo a decenas en Irak.

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19 diciembre
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Los siete cielos

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Sombra. Asilah (Marruecos), 2005

Leo El Corán por sugerencia de un amigo. Desconfío de las religiones pero trato de conocerlas. Más aún cuando su presencia explica parte de las heridas de nuestro tiempo. Los versos coránicos me han hecho recordar un enero de hace seis años cuando aún era estudiante de instituto.

Los desafortunados comentarios de un profesor a propósito del islam me animaron a escribir. No puedo olvidar aquella tarde de viernes cuando escuché mis palabras leídas por Juan José Millás en La Ventana de la Cadena Ser. Espero no olvidarlas porque a partir de unas semanas me despertaré con la llamada del muecín desde el minarete de una mezquita: “Allahu Akbar…. La ilaha illa Llah” (Alá es el más grande… no hay más dios que Alá).

Es mediodía y agradables rayos de sol se cuelan por la ventana de la clase. El profesor de “Historia del Arte” lleva ya algunos minutos departiendo sobre la Alhambra de Granada. Ahora, toca hablar del salón de los embajadores, construido durante el mandato de Yusuf I. “En el techo, podemos ver una representación de los siete cielos del paraíso islámico” copiamos en el cuaderno. “Por eso los moros para llegar al séptimo cielo cogen un coche o un avión y lo estrellan contra cualquier edificio” asegura el profesor. Mis compañeros ríen. Entre tanto, yo siento indignación ante la simplicidad del juicio. Disfrutamos hablando de las sombras de otros e ignorando los fanatismos de occidente, nuestros propios fanatismos: los de una educación cristiana con la que nos adiestraron, los de unos códigos con los que nos tallaron dogmas de cruzadas inverosímiles, de odios, de absurdos prejuicios, de fábulas en las que ni ellos creían.

16 de enero de 2004

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