Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

07 diciembre
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Crónicas egipcias: Los egipcios ricos huyen de El Cairo en busca de Las Ramblas de Barcelona

“Esto es el no Egipto”, me dijo sorprendido un amigo una tarde que fuimos a uno de los mayores centros comerciales de Oriente Medio, a unos kilómetros del centro de El Cairo.  Y es que el reducido club de egipcios adinerados, que suele exhibir lujosos coches y exclusivas ropas y vive en zonas apartadas del centro ruidoso y masificado, se deja ver poco por El Cairo islámico o el propio centro. Su afición por Prada, Armani o Gucci los aleja del resto de sus vecinos y los aproxima a una minúscula elite global que viste, come o amuebla su hogar en los mismos lugares aunque vivan en países que están a miles de kilómetros.

A los egipcios con buen bolsillo no les preocupa el escandaloso precio del kilo de tomates ni sienten en su cuello la soga de una inflación que aumenta mientras el salario medio permanece sin cambios. Ellos pueden comerse en una noche el sueldo de varios funcionarios (poco más de 40 euros mensuales). Digamos que son de otro país. Y, como tal, han empezado a proyectar ciudades que nacen del desierto. En una de ellas aspiran a construir un bulevar a imagen de Las Ramblas de Barcelona. Un día de julio visité un lugar que, de momento, está en ninguna parte.


El Cairo, 9 jul (EFE).- A unos kilómetros de El Cairo, en pleno desierto, se construye una exclusiva ciudad con un paseo inspirado en Las Ramblas de Barcelona y destinada a egipcios ricos, cansados del ruido y la contaminación de la ciudad más poblada de África.

“Paseando una tarde de verano por el bulevar central te sentirás en el centro de una ciudad llena de vida”, promete la publicidad de Westown, una ciudad diseñada para acoger a 60.000 residentes y varios miles de oficinas y locales comerciales que toma forma en la carretera que une El Cairo con la ciudad mediterránea de Alejandría.

Para el director ejecutivo del proyecto, Markus El Katsha, la capital egipcia con sus 20 millones de habitantes es “una ciudad maravillosa pero atravesada por vías rápidas, con un deficiente transporte público, una inadecuada red de calles y una ausencia de espacios públicos e infraestructuras”.

“Quien ama El Cairo sabe que esta ciudad no puede seguir creciendo del mismo modo”, agrega El Katsha en una entrevista con Efe mientras señala el faraónico plan diseñado para una “urbe sin muros en la que se moverán diariamente dos millones de personas” y que espera empezar a ser una realidad dentro de diez años.

Golpeados por el viento y el sol, decenas de trabajadores van ganando terreno al desierto en unas obras que se iniciaron el pasado año y que se desarrollan junto a una lujosa urbanización con escuela de golf propia y un colegio internacional.

La superficie, de un millón de metros cuadrados, se extiende en torno a un bulevar diseñado a imagen de Las Ramblas de Barcelona porque, según El Katsha, la popular y concurrida vía condal es “un calle muy identificativa y viva con espacio para actividades dispares”.

“Los cairotas son una gente muy mediterránea y este tipo de calle es la adecuada para hacer vida puertas afuera y pasar la tarde en un café cuando el tiempo es realmente placentero”, relata.

Sobre la maqueta, Las Ramblas egipcias tienen la misma longitud que la original, una vía de 1,2 kilómetros que discurre desde Plaza Cataluña hasta Port Vell con sus dos carriles para los vehículos y el paseo peatonal central.

El responsable del proyecto, que coordina al grupo de arquitectos internacionales encargados del urbanismo de esta nueva ciudad, ha visitado en varias ocasiones Las Ramblas barcelonesas y está convencido de que “El Cairo necesita este tipo de vida callejera” con sus característicos mimos, actuaciones y vendedores ambulantes.

A lo largo del paseo, varios pabellones proporcionarán sombra y albergarán cafeterías, kioscos, librerías y zonas verdes donde desarrollar actividades al aire libre.

Además del famoso paseo barcelonés, la “Grand Piazza”, uno de los “corazones” de esta ciudad artificial, está inspirada en la Plaza Real barcelonesa y su típica imagen de palmeras y edificios con soportales llenos de cafeterías y restaurantes.

Según los promotores del proyecto, los futuros inquilinos del complejo son egipcios “que creen que El Cairo debe salir de sus propias fronteras y para los que es muy fácil y barato trasladarse hasta aquí y abrir una oficina, establecer su casa y vivir”.

La ciudad, que acogerá 3.000 tiendas y dispondrá de 1.500 habitaciones de hotel, se reivindica como un “lugar sostenible” con edificios orientados para combatir el “jamasín”, el largo mes de tormentas de arena que dura de marzo a abril.

Además, explica El Katsha, se han buscado distintas soluciones para levantar edificios que usan placas solares y optan por dobles fachadas para minimizar las pérdidas de energía.

A su juicio, “lo vital es cambiar el desarrollo urbano de El Cairo caracterizado por bloques de edificios y casas familiares”, un crecimiento que en la perspectiva más pesimista del Banco Mundial podría acabar con una urbe partida entre un centro densamente poblado para pobres y distritos dispersos para ricos.

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21 enero
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El Nuevo Mundo

El miércoles 9 de octubre se aguardaba, para las once de la mañana, en Suez, el paquebote “Mongolia” de la Compañía Peninsular y Oriental, vapor de hierro, de hélice y entrepuente, que desplazaba dos mil ochocientas toneladas y poseía una fuerza nominal de quinientos caballos.

La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne

Gracias a “La vuelta al mundo en ochenta días” supe de niño que el milagro que hizo al señor Phileas Fogg ir desde Brindisi (Italia) hasta Bombay (India) sin bordear el continente africano por el cabo de Buena Esperanza se llamaba Canal de Suez. El milagro, según se encargó de explicar luego un libro del colegio, no era más que una enorme hendidura de 163 kilómetros que conduce el mar del Mediterráneo tierra adentro, hasta confundirse con el mar Rojo.

Los relatos infantiles habían dibujado el Canal de Suez como una obra sobrenatural y desconcertante, una línea imaginaria trazada por el trabajo de miles de hombres en un mapa demasiado inmenso para darle forma.  Eso era hasta ayer. Hasta que en un autobús de periodistas llegué hasta Ismailía, una ciudad al norte de El Cairo y uno de los puertos que el Canal de Suez tiene en su recorrido.

Los navíos, uno cada diez minutos, siguen atravesando el Canal como cuenta el pasaje de Verne. Y de cerca, el milagro lo es más. Bajo del autobús y me siento en tierra firme, lejos aún de Alejandría y del “mare nostrum”… pero, al mismo tiempo, una mole de acero se desliza detrás del horizonte, tras las palmeras y los edificios… Un rascascielos que va ocupando la mirada. Y así cada diez minutos.

Faltan las palabras. La visión me sacude y me froto los ojos. No es posible haber llegado a Suez, pero sí. Me acerco hasta la orilla y contemplo el corredor de agua y como despuntan a lo lejos los barcos, repletas sus bodegas de petróleo, coches o toneladas de alimentos… Y alguna lágrima cae… del niño y del hombre que creció con el Canal de Suez incierto de los mapas.

Es una mañana de trabajo y éste no da tregua. La autoridad del Canal de Suez ha citado a los periodistas para ofrecer una conferencia de prensa en la que anunciará, entre otras cosas, una caída importante del tráfico de embarcaciones y la decisión de congelar sus tarifas. Me recompongo y me dejo llevar por la alfombra roja hasta las dependencias de la sede del Canal.

En la entrada, un mesa alargada me recibe con pastas, refrescos y tartas de merengue decoradas con navíos que atraviesan el Canal. Los periodistas locales, previsores o hambrientos, devoran la comida. Los extranjeros nos llevamos algo a la boca mientras observamos curiosos la ansiedad de nuestros colegas.

La sala de la conferencia es decimonónica y una docena de cámaras iluminan una mesa con silla en el centro y sitiada por decenas de micrófonos. El inicio se demora una hora y media sobre el programa previsto y, sentado, supero las pruebas de sonido o la limpieza de la mesa con papel de periódico. Las puertas se abren, las autoridades se levantan. Ha llegado el momento de recibir al presidente del Canal.

El máximo responsable ofrece los datos, pone al mal tiempo buena cara y sortea las  preguntas comprometidas de los periodistas -que sí Al Qaeda; que sí Yemen; que sí los piratas somalíes- con la rectitud y frialdad que se esperan en un militar.

Almuerzo algo -todo frío- en el  Beach Club, un restaurante al borde del Canal mientras veo como pasan los barcos. La noche va cayendo en el camino de regreso a El Cairo. El autobús enfila una carretera de aslfalto rodeada de una superfice llana y árida. Un paisaje demediado por el Nilo aparece ante mis ojos. Hacia un lado, el desierto y la nada en el horizonte. Hacia otro, la tierra fértil regada por el río.

Desde la ventanilla, veo puestos de fruta que colorean a lo lejos una estampa de naranjas y verdes. Y veo a mujeres vestidas de negro que cruzan la carretera con abultados equipajes y toman desvíos hacia lugares que no veo o que no existen. O que habitan entre las dunas imprecisas del desierto, muy lejos del Nuevo Mundo que sueñan las moles de acero e hierro que transitan por Ismailía.

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