Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

11 febrero
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Creencias

(Un vídeo sobre pasiones y creencias)

Casi dos semanas sin escribir. Demasiados días y demasiadas historias. Terminé y empecé mes con piso pero sin poder acceder a él. Pasé 48 horas esperando a que llegara el momento de que el ascensor volviera a funcionar y me llevara de nuevo a la planta 16. Y lo conseguí, justo el día en que Egipto ganó a Ghana en la final de la Copa de África y yo –con cámara y micro en mano- intenté compartir la alegría de los cairotas, que llenaron la ciudad de bocinas y luz hasta el amanecer.

Esa fue la primera noche que dormí en casa. Desde entonces, me acuesto con la imagen nocturna de Al Qahira y las luces reflejándose en el Nilo y me levanto en una ciudad sin límites precisos, con el horizonte perdido detrás de miles de edificios y de neblina. Los ventanales de mi habitación son una postal en movimiento, que me recuerda la geografía exacta de mi aventura.

Entre limpieza y reajuste de decoración (aún no finalizada), tuve tiempo para adentrarme en El Cairo Islámico y descubrir algunas de sus mezquitas y los personajes de los callejones: los niños que rodean al extranjero y quieren jugar con él, los mayores que clavan sus ojos en el extraño y cruzan algunas palabras entre ellos, la mujer que mira desde la ventana… y el burro cargado de aparejos que te sorprende en una esquina. Cuando la visito, acabo de leer “El callejón de los milagros”, del Nobel egipcio Naghib Mahfuz, y tengo la sensación de haberme quedado atrapado en la trama de la novela o de que los personajes se hicieron de carne y hueso en la última página.

En mi primer fin de semana (viernes y sábado en el calendario egipcio) con hogar, una boda copta que surgió de repente dos días antes de su celebración me hizo cambiar los planes. Viernes de búsqueda de traje, corbata y zapatos en las tiendas del barrio y en el segundo centro comercial de Oriento Medio (plantas y metros de locales y restaurantes). Sábado de enlace. Se casó la secretaria de la agencia, que es cristiana copta. Alrededor del 10 por ciento de los egipcios son coptos, una minoría cristiana acostumbrada a vivir entre musulmanes.

“¿Musulmán o cristiano?”, me pregunta el taxista que me lleva a la iglesia. No sé lo que decir pero tengo que elegir. Hubo una primera vez en Egipto en la que, recién llegado, alguien me preguntó mi religión y yo, sin calcular mis palabras, dije: “No creo en nada”. Primero no me creyeron y, cuando supieron que lo había dicho en serio, se llevaron las manos a la cabeza. Incluso para un musulmán es mejor que el de al lado sea cristiano o judío que no sea nada. Así que, desde entonces, respondo: “Cristiano”. Aunque me pese y cada vez esté más convencido de que no creo y de la perversión absurda de las religiones.

“¡Ah, cristiano como yo!”, grita el taxista, que se levanta la manga de la camisa para enseñarme una cruz tatuada en la muñeca. Yo sonrío tímidamente. La carretera que lleva a la iglesia cruza por varios templos cristianos y el taxista se santigua cuando los dejamos a un lado. “¿Tú no?”, me pregunta. “No, yo no”. Creo que empieza a darse cuenta de que no soy un cristiano como él. “Musulmán, judío, cristiano… ¿Y entonces qué eres?”

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29 enero
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La guerra del fútbol

La ventana registra la euforia de los egipcios. Esta noche una multitud ha tomado El Cairo. Las bocinas de los coches, tan normales durante el día, suenan a la una de la madrugada. La selección nacional de fútbol ha derrotado por cuatro goles a Argelia en las semifinales de la Copa de África de Naciones. O lo que es lo mismo, los “Faraones” han consumado su venganza contra los “Zorros del Desierto”.

En “La guerra del fútbol”, Ryszard Kapuscinski cuenta la guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras. La llama que incendió aquel fugaz fuego cruzado fue un partido de fútbol. El periodista polaco lo relataba a menudo para mostrar la fragilidad absurda con la que se fabrican las guerras o la violencia.

A unos metros de donde escribo está la embajada de Argelia. Esta mañana, medio centenar de policías acordonaban la zona para evitar que se repitieran los enfrentamientos de noviembre pasado, cuando Argelia dejó fuera del Mundial de Fútbol a los egipcios. Centenares de cairotas indignados se reunieron a las puertas de la embajada y forcejearon con la policía. 35 personas resultaron heridas y el incidente dió lugar a una crisis diplomática entre ambos países que aún no se ha solucionado del todo.

El fútbol como detonante o como excusa. Pocos días después de aquel encuentro, el embajador egipcio se retiró de Argel y, desde entonces, los argelinos son la cabeza de turco. “Argelinos mierda” me gritaba hace unos días un taxista emocionado con la idea de que su selección se volviera a ver la cara con Argelia. En la recién inaugurada Feria Internacional del Libro de El Cairo, en la que participan 31 países de todo el mundo, la literatura argelina será la gran ausente.

El fútbol es capaz de poner cierto orden en el caos o de agitar los fantasmas. Nada une a los egipcios como el balón. “Ven dentro de una hora y media” me dijo hace una semana un agente inmobiliario cuando le pedí que me enseñara más pisos. “¿Por qué?” le insistí. “Ahora tengo que ver el fúbol”, me explicó. “Si quieres pásate por el bar. Estaré allí viendo el partido con mis amigos”, añadió.

El anterior partido me pilló en unos grandes almacenes. A cada gol de los egipcios seguía el estruendo en la sección de televisores. Durante los últimos minutos, los carros de la compra cruzaban a gran velocidad los pasillos de estantes en busca de una pantalla panorámica donde poner imagen a la emoción. Las cajeras celebraban cada gol en la puerta del contrario levantando las manos llenas de artículos.

Son casi las dos. En la calle continúa la música, mezclada con los gritos de alegría de los hinchas y los claxones de cientos de coches.  Los egipcios no dormirán esta noche celebrando que, finalmente y al menos de momento, han logrado sacudir sus complejos y derrotar al enemigo, al otro. Las hogueras se han encendido hoy sobre el césped de un estadio de fútbol. Y mañana, ¿dónde?

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