Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

13 noviembre
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Madrid es cruel

Atardecer en El Cairo

“Madrid es cruel”, escribió Miguel Hernández al llegar por primera vez a la capital en 1931. Lo leo en una exposición en la Biblioteca Nacional durante un viaje rápido a Madrid, casi un año después de decirle adiós con destino a El Cairo.  Madrid me acoge con el frío de noviembre, el olor a calles mojadas y limpias, el orden que marcan las aceras, el tumulto de un metro sin vagones para mujeres… Y sí. La ciudad es cruel para quien ha perdido la costumbre de pasear y vivir en sus calles.

En Madrid hay muchas ciudades  y cada una tiene su grado de crueldad. Nada que no suceda en cualquier otro lugar del mundo o en El Cairo de guetos para ricos y barrios masificados para pobres. Llego a una España agitada por enémisa vez por la herida del Sahara Occidental. La escasa información que se recibe desde El Aaiún dibuja una masacre que la dictadura marroquí comete ante la complicidad internacional. Madrid, la que representa un Gobierno y una familia real amigos de dictadores y una diplomacia inoperante con 35 años de vengonzoso fracaso, vuelve a mostrar su cara más cruel.

Y la violencia y los muertos que justifican con su silencio nuestros dirigentes causan cansancio y desesperación. El frío de una tarde de noviembre en Madrid no proporciona demasiadas esperanzas. Y la temperatura política tampoco ofrece ninguna tregua. Siento un escalofrío y pienso que no queda nada por lo que merezca la pena mantener el estado de las cosas. He visto a un gobierno abdicar ante el poder económico y los ricos y obligar a la clase media a sufrir el recorte del estado del bienestar.

Y he visto a ese mismo Ejecutivo (y a todos los anteriores) desentenderse de su obligación histórica con los saharauis. Los episodios más recientes, liderados por Miguel Ángel Moratinos y Trinidad Jiménez, son el golpe definitivo.  La fugaz visita a España, un reencuentro feliz con olores, sabores, familia y amigos, me deja una triste certeza: Nuestra democracia está herida y la crueldad con la que actuan sus mercenarios solo sirve para hacer aún más grande el abismo que separa a muchos ciudadanos de las instituciones y para, de paso, dejarnos helados.

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12 septiembre
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El alma de Beirut

Algo tiene Beirut que sobrecoge el corazón. Quizás sea su larga historia, llena de conquistadores y guerras, o las heridas de las últimas contiendas que sus habitantes muestran con orgullo al visitante. Como un ave fénix, condenada eternamente a resucitar de sus cenizas, la ciudad se lima los desgarros de su última guerra, la que Israel libró en el verano de 2006 contra el grupo Hizbolá.

La memoria de los beirutíes no olvida la guerra civil que desde 1975 hasta 1990 acabó con un tiempo en el que el pequeño país mediterráneo fue lugar de convivencia pacífica entre musulmanes y cristianos. El fuego cruzado entre facciones religiosas dividió el mapa de la ciudad en barrios y calles y trazó líneas verdes que delimitaban el territorio. Aún recuerdan el sonido de los proyectiles, las bombas y las habitaciones interiores o los ascensores convertidos en improvisados refugios.

Quizás sea esa condición estoica y esa áspera dignidad de quien se ha sobrepuesto a la destrucción lo que sobrecoge. El centro, con las ruinas romanas que dejó al descubierto la guerra y los soportales de edificios de piedra, resume la ecuación de la reconstrucción. Y cerca de allí, Beirut mira al mar en un paseo que, al atardecer, se llena de familias y jóvenes. Las olas golpean con fuerza contra las paredes de la avenida y una mujer mayor, sentada junto a la barandilla, come hojas de parra y fuma narguile.

Con un presidente cristiano maronita, un primer ministro suní y un presidente del parlamento chií, las calles de Beirut son un lugar de encuentro que transitan todos los credos (salvo el judío). Hay pocos velos, una libertad que habla en varios idiomas: árabe, francés, inglés… y el contraste que dibujan las diferencias entre pobres y ricos cuando se deja el centro y se viaja, por ejemplo, hacia Byblos, a 37 kilómetros de Beirut y cuna del alfabeto moderno.  Una destartalada furgoneta, que solo se pone en marcha cuando todos sus asientos están ocupados,  recorre el trayecto, lejos de la autovía, siguiendo una carretera junto al mar y deteniéndose cada escasos metros.

“Monsieur”, me grita una mujer desde la puerta de su casa. Me acerco y me enseña un hilo y una diminuta aguja. Hago intentos de enhebrarlo pero no lo consigo. Me disculpo y me marcho. Cae la noche sobre la ciudad y las calles, animadas por el fin del Ramadán, bajan hacia el mar. Me quedan unas horas para disfrutar de Beirut, que tiene -como canta Fairuz- la gloria de las cenizas. Y la belleza de quien aprende de las heridas.

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