Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

22 Mayo
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Español republicano para principiantes

Luxor/Tebas

Entre los puestos de libros de El Cairo viejo encuentro un raro espécimen: un manual de español de tapas rosadas que ofrece un dominio rápido de la lengua de Cervantes. La cubierta muestra el Palacio Real de Madrid, quizás menos emblemático que los edificios elegidos para el resto de idiomas: El Big Ben para el inglés; el Coliseo para el italiano; la Plaza Roja para el ruso; La gran muralla para el chino; Notre-Dame para el francés…

Y como en el resto de ediciones, la bandera del país dispuesta en una de las esquinas identifica el idioma. La tricolor española tiene algo especial: Rojo, amarillo… y morado. ¡Republicana! ¿Una señal de que la III República está cerca? me pregunto.  Sin pensarlo dos veces me hago con un ejemplar y continúo el paseo hojeando un manual con más sorpresas en el interior:

Zapatos enviernales. Un tarro de aseitunas. Estoy acatarrodo. Enflamacion.  Quiero un dentiste. Tango la febre. Tango un colico. Siento la mausea. Estrenimiento. Doctor, siento pesadez en la cabeza. Tengo mal en el estomago. Como esta el tiempo? Barraseoso. Corretaje. Soiedad. Bancarota. Cuelgue. Duelgue. Destinatorio. Telefonada.  Cuento es el cuesto de la palabra? Quiero telefonar a. Camera de comer. Camera de camas. Cobierto. Excusado. Chienea. Refrigerio. Orno. Que preiodios hay aquí? Camarero, que tienen come bebidas? La montaña, la llanura, el Jardin pullico. Le doso un buen viaje. Quiero quardar mis bagajes en el depósito. Le invito a assistir el filme. Yo soy extrajero. Me he perdido al camino. Como se llama calle? Esta contente de su trabajo? Donda asta el comedor? Quiero remanecer una semana. An que hora se cierra el hotel? Cuando desiste el avion? Yo adiziono. Yo sostrago.

Y yo ni “adiziono” ni “sostrago”.  Solo dejo el libro (poco recomendable para los principantes en español) en una estantería del salón, en un lugar más visible que el resto de los volúmenes para ver su bandera al pasar y sonreír… o soñar con que España mañana será republicana.

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21 Enero
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El Nuevo Mundo

El miércoles 9 de octubre se aguardaba, para las once de la mañana, en Suez, el paquebote “Mongolia” de la Compañía Peninsular y Oriental, vapor de hierro, de hélice y entrepuente, que desplazaba dos mil ochocientas toneladas y poseía una fuerza nominal de quinientos caballos.

La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne

Gracias a “La vuelta al mundo en ochenta días” supe de niño que el milagro que hizo al señor Phileas Fogg ir desde Brindisi (Italia) hasta Bombay (India) sin bordear el continente africano por el cabo de Buena Esperanza se llamaba Canal de Suez. El milagro, según se encargó de explicar luego un libro del colegio, no era más que una enorme hendidura de 163 kilómetros que conduce el mar del Mediterráneo tierra adentro, hasta confundirse con el mar Rojo.

Los relatos infantiles habían dibujado el Canal de Suez como una obra sobrenatural y desconcertante, una línea imaginaria trazada por el trabajo de miles de hombres en un mapa demasiado inmenso para darle forma.  Eso era hasta ayer. Hasta que en un autobús de periodistas llegué hasta Ismailía, una ciudad al norte de El Cairo y uno de los puertos que el Canal de Suez tiene en su recorrido.

Los navíos, uno cada diez minutos, siguen atravesando el Canal como cuenta el pasaje de Verne. Y de cerca, el milagro lo es más. Bajo del autobús y me siento en tierra firme, lejos aún de Alejandría y del “mare nostrum”… pero, al mismo tiempo, una mole de acero se desliza detrás del horizonte, tras las palmeras y los edificios… Un rascascielos que va ocupando la mirada. Y así cada diez minutos.

Faltan las palabras. La visión me sacude y me froto los ojos. No es posible haber llegado a Suez, pero sí. Me acerco hasta la orilla y contemplo el corredor de agua y como despuntan a lo lejos los barcos, repletas sus bodegas de petróleo, coches o toneladas de alimentos… Y alguna lágrima cae… del niño y del hombre que creció con el Canal de Suez incierto de los mapas.

Es una mañana de trabajo y éste no da tregua. La autoridad del Canal de Suez ha citado a los periodistas para ofrecer una conferencia de prensa en la que anunciará, entre otras cosas, una caída importante del tráfico de embarcaciones y la decisión de congelar sus tarifas. Me recompongo y me dejo llevar por la alfombra roja hasta las dependencias de la sede del Canal.

En la entrada, un mesa alargada me recibe con pastas, refrescos y tartas de merengue decoradas con navíos que atraviesan el Canal. Los periodistas locales, previsores o hambrientos, devoran la comida. Los extranjeros nos llevamos algo a la boca mientras observamos curiosos la ansiedad de nuestros colegas.

La sala de la conferencia es decimonónica y una docena de cámaras iluminan una mesa con silla en el centro y sitiada por decenas de micrófonos. El inicio se demora una hora y media sobre el programa previsto y, sentado, supero las pruebas de sonido o la limpieza de la mesa con papel de periódico. Las puertas se abren, las autoridades se levantan. Ha llegado el momento de recibir al presidente del Canal.

El máximo responsable ofrece los datos, pone al mal tiempo buena cara y sortea las  preguntas comprometidas de los periodistas -que sí Al Qaeda; que sí Yemen; que sí los piratas somalíes- con la rectitud y frialdad que se esperan en un militar.

Almuerzo algo -todo frío- en el  Beach Club, un restaurante al borde del Canal mientras veo como pasan los barcos. La noche va cayendo en el camino de regreso a El Cairo. El autobús enfila una carretera de aslfalto rodeada de una superfice llana y árida. Un paisaje demediado por el Nilo aparece ante mis ojos. Hacia un lado, el desierto y la nada en el horizonte. Hacia otro, la tierra fértil regada por el río.

Desde la ventanilla, veo puestos de fruta que colorean a lo lejos una estampa de naranjas y verdes. Y veo a mujeres vestidas de negro que cruzan la carretera con abultados equipajes y toman desvíos hacia lugares que no veo o que no existen. O que habitan entre las dunas imprecisas del desierto, muy lejos del Nuevo Mundo que sueñan las moles de acero e hierro que transitan por Ismailía.

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