Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

11 enero
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La ciudad a oscuras

4:23. Día 0. “El Cairo nunca duerme” me dice Abdu, el chofer de la delegación. Abdu es bajito, de tez oscura y tiene alrededor de 60 años. Me espera en la zona de llegadas de la terminal 3 con un folio: “Francisco EFE”. Lo busco entre decenas de rostros y al encontrarlo con el rotulo, sonrío y me acerco a el. El también ríe.

Es noche cerrada en El Cairo. 15 grados. “En Madrid mucho frío” comenta. Llego cinco horas mas tarde. Una tormenta de arena cerró durante parte de la mañana el aeropuerto de El Cairo. Abdu –me cuenta- nació en Asuán, pero ha vivido toda la vida en El Cairo. Lo ama, dice. Y me asegura que conoce todas las calles y barrios de una ciudad demasiado grande aun para mí.

Una capa de niebla cae sobre la ciudad. El cielo no es negro sino gris, inundado por luces, rótulos, luminosos y alumbrado. Voy de copiloto y me incorporo para intuir El Cairo. Mañana, me digo, tendré tiempo de verla pero de momento reconozco edificios, fachadas sucias y repletas de aparatos de aire acondicionado.

Ventanas caídas o desencajadas y puertas viejas completan un paisaje que varia ligeramente cuando la carretera se interna en Zamalek, una vez que cruza el Nilo, inmenso, indescriptible, emocionante… Entonces emerge una isla más apacible, un poco menos ruidosa con esquinas en las que policías egipcios custodian edificios oficiales y embajadas.

El coche da vueltas por pequeñas calles hasta que se detiene en un portal. “Hemos llegado” me informa Abdu. Me ayuda a bajar las maletas y me acompaña hasta el interior del bloque. No hay llave del portal porque permanece abierto todo el día. Después de darle las gracias y despedirme, Abdu espera un poco mientras subo las escaleras iluminadas con la luz que llega de la entreplanta.

El día me deja muchos recuerdos. Varias comidas: una hamburguesa difícil de digerir en Barajas, el café con mi madre, el cordero con patatas en el avión, la tarta de manzana… y el bocadillo de tortilla que guardo en la maleta. Varios sentimientos: la idea de haberme complicado la vida al llegar hasta aquí, la incertidumbre de si lograre adaptarme a este gigante… y la ilusión por lo que iré encontrando cada día. Varios olores: el intenso del tabaco de Abdu o la brisa de una madrugada cairota. Y algunas certezas como saber que en este viaje no estoy solo. Están las despedidas de los hermanos –el sevillano y el catalán-, la ayuda infinita de mis padres y de la familia cercana y el apoyo de buenos amigos.

A 3347 kilómetros de casa, el avión voló sorteando Roma y Palermo, Argel, Trípoli y Atenas y dejando a un lado Turquía. Desde la ventanilla,  echo un vistazo rápido a El Cairo:  miles, millones de luces apuntando una ciudad… y un nudo en el estomago. Mañana le pongo luz.

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