Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

24 octubre
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Firmas invitadas: Brasas ardiendo

Parte de los últimos meses, que han sido a proporciones iguales rápidos e intensos, los viví en los ojos de quienes me visitaron. Ser anfitrión es el mejor modo de redescubrir la experiencia de la llegada, lo que sentí allá por enero cuando desembarqué en la megápolis cairota. Para que quede registro de las veces que fui guía en las Pirámides, en la ciudad de los muertos o en Alejandría he pedido a una de mis últimas visitantes, Anabel, que deje por escrito lo vivido. Y aquí está el resultado…

Brasas ardiendo. Sí, eso me pareció -o quizá eso era- lo que atisbé desde la ventanilla del avión nada más abrir los ojos después de un incómodo sueño. Estaba desorientada y entumecida… tras un día de trenes, aviones y escalas, además, de muy mal humor. Los dos ojos brillantes y oscuros que estaban a mi lado dijeron con un fuerte acento árabe “It´s Egypt”.

El Delta del Nilo era una masa titilante, brasas ardiendo. De pronto ya no estaba cansada sino excitada, como en la mañana del día de Navidad, ¡iba a pisar Egipto! Aquel país cuyo mapa había estudiado de pequeña con ojos ansiosos, siguiendo con la punta de los dedos los perfiles de los minuciosos dibujitos de los templos…

La luna casi llena y una atmósfera turbia, húmeda, me abrazaron nada más llegar, luego tú, que me estabas esperando entre todo aquel ruido y agitar de carteles con nombres. Te noté distinto, más grave, pero más seguro de ti mismo. Qué bueno fue volver a verte o, quién sabe después de tanto tiempo, si no te estaba viendo por primera vez.

Puedo cerrar los ojos y ver aquel primer trayecto en coche, incluso te escucho hablar con aquel taxista copto aunque no os entienda. Recuerdo las luces brillando sobre el Nilo y los guardias durmiendo en las puertas de las embajadas. El Cairo entonces parecía una ciudad mansa… opinión que la luz del día cambió por completo.

Creo que durante toda mi estancia en Egipto mis ojos fueron como los de un recién nacido, lo miraban todo con sorpresa, diversión: Los colores de la frutería, los carneros todavía goteando sangre en las puertas de las carnicerías, los atuendos de las mujeres, el tráfico incesante, las alfombras extendidas en las puertas de las mezquitas con la promesa de patios blancos, espléndidos, al fondo… todo era tan familiar y tan nuevo, tan decadente pero tan grandioso…

Me enamoré del olor de las especias mezclado con el canto del almuédano en el Cairo Viejo, ese “Allahu Akbar” vibrante que vendría de algún alminar mameluco que rozaría el cielo, y crearía una discordante -pero no obstante cautivadora- melodía al entrelazarse con el canto de otro alminar próximo. Deseé estar allí para siempre: estar entre las ricas mercancías cuyo precio se discutía, aquellas mujeres de colores, los gatos que tomaban el sol perezosamente y los hombres fumando shisha en las puertas de las teterías, en aquel marco de casas viejas, cancelas de madera y arcos de herradura que el tiempo había teñido de tonos terrosos. Lo que podían ver mis ojos era nuevo, pero lo que podía ver desde dentro de mí era tan extrañamente familiar…

Sin embargo los  templos, las pirámides y los museos -tú lo sabes bien- me entristecieron. Eran grandiosos sí, pero no dejaban de ser gigantes muertos. El Museo del Cairo era un almacén lleno de bonitos cadáveres: Cosas que un día tuvieron una misión, un uso, y ahora, desprovistos de todo valor funcional, se exhibían impúdicamente a los ojos de un turista consumista que miraba aquellos hermosos objetos sin ni siquiera verlos. Karnak era sólo un espacio que recorrer para decir que se estuvo allí, al igual que Luxor o Deir el-Bahari, el Valle de los Reyes o el de las Reinas… Se fotografiaba cada rincón en busca del trofeo de la anécdota, se acariciaban los relieves sin leerlos primero. Aquellos sitios habían perdido todo aura, todo aquel esplendor que yo guardaba en mis recuerdos de niña. Eran parques temáticos para turistas, no eran ni Luxor, ni Karnak ni el templo de Hatshepshut, ya no lo eran y, posiblemente, nunca más lo serían.

Podría contarte, en detalle, todo lo que ví y sentí cada día que estuve allí, pero ya sabes que me gusta mucho la manera en que la memoria, con el paso del tiempo, retoca y deforma las cosas al mezclar la pura visión fotográfica con los sentimientos. No es hasta el cabo de un tiempo cuando los recuerdos se vuelven recuerdos, porque añadimos esa gran parte de nosotros mísmos necesaria para la receta final y, es por eso, que prefiero guardarme los detalles hasta que fermenten y los haga míos.

Es esta propia esencia mía, no sólo moldeadora de recuerdos, sino también de personas, al igual que la tuya, que la de Sayed, la del Islam. Siempre queremos dejar nuestra esencia en los otros, convenciéndolos de que sus opiniones debieran ser las nuestras, por ser éstas mejores. Es por eso por lo que a veces se discute, por lo que nos encerramos en nuestras posiciones sin aceptar las del otro; sin saber que la esencia, siendo líquida como es, termina por salpicarnos de una manera u otra y, por mucho que rechacemos la del contrario, sin darnos cuenta, ya habremos recibido algo de él y la habremos hecho parte indivisible de nosotros mísmos.

El Cairo no me dio sólo una colección de bellas imágenes que retener tras mis ojos, sino que también me dio parte del Islam, parte de Sayed, parte de tí cada vez que discutíamos algún tema.

Nunca me cansaré de darte las gracias por haberme dado esta oportunidad, y por haberme ayudado a aprender tanto. Estoy deseando devolverte el favor, aunque me hayas hecho escribir, con la vergüenza y el vértigo que me da pensar en voz alta con un lápiz…

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16 enero
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De peleas y deseos

Cuando éramos niños y vivíamos en el patio del colegio siempre solíamos decir que quien se peleaba se deseaba. Ignoro si será la misma ecuación pero estos primeros días en El Cairo -hoy justo hace una semana de mi llegada- la he vuelto a recordar. Esta ciudad es tan distinta a lo conocido que se necesita luchar para lograr ir a un lugar, entenderse con sus habitantes, comprar un trozo de pan o llegar a conocer un dato cierto sobre algo. Pero aun así ese esfuerzo actúa como un imán, como una atracción que atrapa cuanto mas se adentra uno en la ciudad o habla con el chofer, la agente inmobiliaria o los taxistas. Se que será difícil conocerla pero tengo ganas y fuerzas de pelear.

Y aunque ciertamente es distinta, cuando camino y observo anoto historias con las que me identifico, que me llevan a mis abuelos, al sur que solo existe en mi infancia. El coche de Adbu, el chofer, esta lleno de clavos y tornillos, atestados los huecos de cintas de casette y el aire acondicionado no funciona. “Lo arreglare yo mismo”, me dice. Tengo que mirarle varias veces porque Abdu me recuerda a mis abuelos. Ambos comparten esa necesidad aprendida de arreglar lo que se rompe, de diseccionar los aparatos y  concederle una segunda vida después de horas de fallidas tentativas. Le cuento la historia a Abdu sobre el olor a gasolina que recuerdo siempre de la casa de mi abuelo, de sus horas dedicadas a su seiscientos,  de la estufa que aun calienta los inviernos y que construyo a partir del tambor de una lavadora. Y Abdu vuelve a reír. “A tu abuelo le gustaría El Cairo” insiste.

En cierto modo, veo lo que mis abuelos vieron y soportaron en otro tiempo, lejos de la España que deje hace una semana pero que aun sobrevive en la memoria feliz de quienes estuvieron allí. Ayer los ojos despiertos de mi prima Erika cumplieron 4 años. Sueña con ser princesa… y será lo que quiera ser si no deja nunca de preguntar y preguntarse, mirar y sorprenderse. De pelear y desear.

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