Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

29 mayo
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Tierra tomada

La pirámide escalonada de Zoser se lima las heridas

Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

Casa tomada, Julio Cortazar

Como en el relato de Cortázar, los egipcios viven en un país tomado. En el cuento del argentino dos hermanos van poco a poco perdiendo el control de las estancias de la casa familiar. Unos intrusos les van expropiando partes de la casona hasta que sus legítimos propietarios deben renunciar a ella y marcharse.

En Egipto, los egipcios hacen su vida en un país tomado por una casta gobernante que se ha llenado los bolsillos durante 30 años sostenida por un ejercito y una policía que garantizan un estado policial. La misma semana que Zapatero anunciaba un plan de recortes que adelgaza el estado del bienestar a costa de pensionistas y funcionarios sin tocar el bolsillo de los ricos, el parlamento egipcio aprobaba prorrogar por dos años una Ley de Emergencia vigente en el país desde 1981.

La ley concede amplios poderes a la policía, pues permite detenciones indefinidas sin cargos y limita derechos como el de asociación. Durante tres décadas, la policía ha usado la ley para imponer su criterio por encima de las instancias judiciales y para detener a activistas políticos, blogueros y opositores.

Y, para desgracia de los sacrificados egipcios, policía y gobierno seguirán ocupando el país. “Para grabar en la calle se necesita un permiso”, me dijo hace unos días un policía cuando tomaba unas imagenes en el centro de El Cairo. Todo necesita de un permiso que controle al egipcio o al extranjero. Y los agentes se mueven a sus anchas a golpe de decisiones arbitrarias con un aire de soberbia y analfabetismo.

Hay policías en todas las esquinas, incluso en los accesos a los centros universitarios. Hace unos meses fui a cubrir un acto en la Universidad y, como no era estudiante, me hicieron esperar quince minutos en la puerta. Decidido a llegar cuanto antes a la conferencia a la que asistía, opté por dejarle el carnet de prensa al policía e iniciar la ruta. El policía lo tomó como un insulto y, entre gritos, tuve que ir hasta el director de seguridad del recinto. “Hombre, no seas impaciente. Debes aprender a esperar”, me soltó el responsable después de fotocopiar mi carnet.

Ahora que España vive una época oscura para su democracia, con jueces vengativos y políticos mediocres, quizás no está mal el ejercicio de vivir en un lugar donde la opinión diferente no es una opción sino un insulto o un delito y las cabezas pensantes son unos policías mal pagados que buscan sobornos en los monumentos y hacen de cotillas y torquemadas en la estación de autobuses o en la calle.

Vivir en un país aficionado a la mordaza y tomado, con blogueros entre rejas por usar la palabra, es un ejercicio que permite probar la impotencia y la rabia que quedan cuando el ciudadano no vale nada y el desarrollo de su vida choca constantemente contra el muro de unos gobernantes necios y una guardia que juega a ser el ombligo del mundo.

P.D.: A propósito de deseos de libertad sin ira, recuerdo esta canción que escuche muchas veces en casa cuando era niño. Yo siempre sentí que esta melodía reunía la epopeya de los represaliados, exiliados y de los que aún permanencen en las cunetas y el milagro de una transición, que ha envejecido mal, ha dejado heridas sin cerrar y amenaza con hipotecarnos el futuro con una constitución descafeinada y una monarquía.

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