Bitaqa sahafi
Aquí sólo somos sahafi (periodista), unos occidentales locos que se empeñan en mirar la cara de los cadáveres…Javier Valenzuela, Crónica desde Beirut. El País, 1987
Ya soy sahafi, periodista en árabe. Lo dice mi bitaqa, el carné que acaban de facilitarme los funcionarios del Ministerio de Información egipcio. Sin el carné no soy periodista. Ésa es la fórmula. El proceso para conseguirlo comenzó la primera mañana que llegué a la oficina. Primero fueron las 24 fotos y el fotógrafo de la tienda que a mi solicitud de factura respondió con un “no” rotundo. Y un día más tarde, llega la visita al Ministerio, un edificio gigantesco donde también están la sede de la radio televisión pública y algunas delegaciones de emisoras privadas y extranjeras.
El control de seguridad no deja de sonar pero todos lo pasan sin problemas. Nos acercamos a un mostrador de la planta baja. Abdu explica el motivo de nuestra visita y el funcionario descuelga el teléfono. Hace una llamada rápida y después de unos segundos, nos invita a subir por las escaleras.
En el primer piso, funcionarios de piernas inquietas y trámites tranquilos llenan una sala enorme con amplios ventanales al Nilo. Las paredes están cubiertas de armarios, que se abren a menudo para extraer de ellos papeles y más papeles. Un dibujo enorme del presidente Mubarak decora una de las esquinas. Me siento y un funcionario me da la bienvenida: “Welcome to Egypt” y me suelta sobre la mesa un dossier de formularios mientras solicita varias fotocopias del pasaporte, fotografías… y un currículum. Me entrego a la tarea de rellenar la información. No recuerdo traer ningún curriculum en la carpeta e ingenuo se le comento al funcionario, que se muestra contrariado y se queja a Abdu en árabe. Peligra el carné y, rápido, le ofrezco una solución. Le explico que lo guardo en el correo electrónico y le pido que me deje descargármelo en algún ordenador. Acepta pero solo hay un ordenador en la sala, el que utiliza una mujer justo a mi derecha. Los papeles se amontonan sobre la mesa y no hay lugar para mover el ratón. Aconsejado por la funcionaria, lo deslizo sobre mi pantalón, busco el currículum y lo imprimo. Un obstáculo menos.
Y llega la espera. Una funcionaria escribe ceremoniosamente mi nombre, los datos de la empresa, el periodo de vigencia sobre una cartulina blanca. Recorta la fotografía, la sitúa en uno de los extreños del cartón y la grapa. En la sala, el resto de funcionarios se mueven con la cadencia pausada de una nana… Se mojan las yemas de los dedos y pasan las hojas del periódico, revisan los cajones de las mesas y dejan caer sobre ellas el estruendo de dossieres antiguos, marcan lentamente un número en el aparato telefónico, se arreglan el pelo o se pasan notas.
Uno de ellos se levanta de pronto y veo como se aleja persiguiendo a un compañero con una grapadora en la mano. Mientras, la mujer que me atiende le ha transferido mi carné a otro funcionario para que lo selle y ahora se entrega a otros pormenores: revisa mi documentación y la anota en un libro con el cuerpo volcado sobre la mesa y las gafas muy cerca del papel.
El tiempo pasa pero es imperceptible, aunque haya un reloj sobre la pared y las agujas se muevan. La mujer se levanta y va a buscar al otro funcionario. Ha pasado mucho rato y no ha vuelto con el sello. “Aquí tienes. Todo arreglado”, me dice. Levanta gradualmente la voz y me despierta del sueño. En la calle, es mediodía y Abdu y yo buscamos el coche entre el bullicio. Ya soy sahafi, periodista. Ya puedo trabajar.