Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

12 septiembre
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El alma de Beirut

Algo tiene Beirut que sobrecoge el corazón. Quizás sea su larga historia, llena de conquistadores y guerras, o las heridas de las últimas contiendas que sus habitantes muestran con orgullo al visitante. Como un ave fénix, condenada eternamente a resucitar de sus cenizas, la ciudad se lima los desgarros de su última guerra, la que Israel libró en el verano de 2006 contra el grupo Hizbolá.

La memoria de los beirutíes no olvida la guerra civil que desde 1975 hasta 1990 acabó con un tiempo en el que el pequeño país mediterráneo fue lugar de convivencia pacífica entre musulmanes y cristianos. El fuego cruzado entre facciones religiosas dividió el mapa de la ciudad en barrios y calles y trazó líneas verdes que delimitaban el territorio. Aún recuerdan el sonido de los proyectiles, las bombas y las habitaciones interiores o los ascensores convertidos en improvisados refugios.

Quizás sea esa condición estoica y esa áspera dignidad de quien se ha sobrepuesto a la destrucción lo que sobrecoge. El centro, con las ruinas romanas que dejó al descubierto la guerra y los soportales de edificios de piedra, resume la ecuación de la reconstrucción. Y cerca de allí, Beirut mira al mar en un paseo que, al atardecer, se llena de familias y jóvenes. Las olas golpean con fuerza contra las paredes de la avenida y una mujer mayor, sentada junto a la barandilla, come hojas de parra y fuma narguile.

Con un presidente cristiano maronita, un primer ministro suní y un presidente del parlamento chií, las calles de Beirut son un lugar de encuentro que transitan todos los credos (salvo el judío). Hay pocos velos, una libertad que habla en varios idiomas: árabe, francés, inglés… y el contraste que dibujan las diferencias entre pobres y ricos cuando se deja el centro y se viaja, por ejemplo, hacia Byblos, a 37 kilómetros de Beirut y cuna del alfabeto moderno.  Una destartalada furgoneta, que solo se pone en marcha cuando todos sus asientos están ocupados,  recorre el trayecto, lejos de la autovía, siguiendo una carretera junto al mar y deteniéndose cada escasos metros.

“Monsieur”, me grita una mujer desde la puerta de su casa. Me acerco y me enseña un hilo y una diminuta aguja. Hago intentos de enhebrarlo pero no lo consigo. Me disculpo y me marcho. Cae la noche sobre la ciudad y las calles, animadas por el fin del Ramadán, bajan hacia el mar. Me quedan unas horas para disfrutar de Beirut, que tiene -como canta Fairuz- la gloria de las cenizas. Y la belleza de quien aprende de las heridas.

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11 febrero
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Creencias

(Un vídeo sobre pasiones y creencias)

Casi dos semanas sin escribir. Demasiados días y demasiadas historias. Terminé y empecé mes con piso pero sin poder acceder a él. Pasé 48 horas esperando a que llegara el momento de que el ascensor volviera a funcionar y me llevara de nuevo a la planta 16. Y lo conseguí, justo el día en que Egipto ganó a Ghana en la final de la Copa de África y yo –con cámara y micro en mano- intenté compartir la alegría de los cairotas, que llenaron la ciudad de bocinas y luz hasta el amanecer.

Esa fue la primera noche que dormí en casa. Desde entonces, me acuesto con la imagen nocturna de Al Qahira y las luces reflejándose en el Nilo y me levanto en una ciudad sin límites precisos, con el horizonte perdido detrás de miles de edificios y de neblina. Los ventanales de mi habitación son una postal en movimiento, que me recuerda la geografía exacta de mi aventura.

Entre limpieza y reajuste de decoración (aún no finalizada), tuve tiempo para adentrarme en El Cairo Islámico y descubrir algunas de sus mezquitas y los personajes de los callejones: los niños que rodean al extranjero y quieren jugar con él, los mayores que clavan sus ojos en el extraño y cruzan algunas palabras entre ellos, la mujer que mira desde la ventana… y el burro cargado de aparejos que te sorprende en una esquina. Cuando la visito, acabo de leer “El callejón de los milagros”, del Nobel egipcio Naghib Mahfuz, y tengo la sensación de haberme quedado atrapado en la trama de la novela o de que los personajes se hicieron de carne y hueso en la última página.

En mi primer fin de semana (viernes y sábado en el calendario egipcio) con hogar, una boda copta que surgió de repente dos días antes de su celebración me hizo cambiar los planes. Viernes de búsqueda de traje, corbata y zapatos en las tiendas del barrio y en el segundo centro comercial de Oriento Medio (plantas y metros de locales y restaurantes). Sábado de enlace. Se casó la secretaria de la agencia, que es cristiana copta. Alrededor del 10 por ciento de los egipcios son coptos, una minoría cristiana acostumbrada a vivir entre musulmanes.

“¿Musulmán o cristiano?”, me pregunta el taxista que me lleva a la iglesia. No sé lo que decir pero tengo que elegir. Hubo una primera vez en Egipto en la que, recién llegado, alguien me preguntó mi religión y yo, sin calcular mis palabras, dije: “No creo en nada”. Primero no me creyeron y, cuando supieron que lo había dicho en serio, se llevaron las manos a la cabeza. Incluso para un musulmán es mejor que el de al lado sea cristiano o judío que no sea nada. Así que, desde entonces, respondo: “Cristiano”. Aunque me pese y cada vez esté más convencido de que no creo y de la perversión absurda de las religiones.

“¡Ah, cristiano como yo!”, grita el taxista, que se levanta la manga de la camisa para enseñarme una cruz tatuada en la muñeca. Yo sonrío tímidamente. La carretera que lleva a la iglesia cruza por varios templos cristianos y el taxista se santigua cuando los dejamos a un lado. “¿Tú no?”, me pregunta. “No, yo no”. Creo que empieza a darse cuenta de que no soy un cristiano como él. “Musulmán, judío, cristiano… ¿Y entonces qué eres?”

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29 enero
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La guerra del fútbol

La ventana registra la euforia de los egipcios. Esta noche una multitud ha tomado El Cairo. Las bocinas de los coches, tan normales durante el día, suenan a la una de la madrugada. La selección nacional de fútbol ha derrotado por cuatro goles a Argelia en las semifinales de la Copa de África de Naciones. O lo que es lo mismo, los “Faraones” han consumado su venganza contra los “Zorros del Desierto”.

En “La guerra del fútbol”, Ryszard Kapuscinski cuenta la guerra de las cien horas entre El Salvador y Honduras. La llama que incendió aquel fugaz fuego cruzado fue un partido de fútbol. El periodista polaco lo relataba a menudo para mostrar la fragilidad absurda con la que se fabrican las guerras o la violencia.

A unos metros de donde escribo está la embajada de Argelia. Esta mañana, medio centenar de policías acordonaban la zona para evitar que se repitieran los enfrentamientos de noviembre pasado, cuando Argelia dejó fuera del Mundial de Fútbol a los egipcios. Centenares de cairotas indignados se reunieron a las puertas de la embajada y forcejearon con la policía. 35 personas resultaron heridas y el incidente dió lugar a una crisis diplomática entre ambos países que aún no se ha solucionado del todo.

El fútbol como detonante o como excusa. Pocos días después de aquel encuentro, el embajador egipcio se retiró de Argel y, desde entonces, los argelinos son la cabeza de turco. “Argelinos mierda” me gritaba hace unos días un taxista emocionado con la idea de que su selección se volviera a ver la cara con Argelia. En la recién inaugurada Feria Internacional del Libro de El Cairo, en la que participan 31 países de todo el mundo, la literatura argelina será la gran ausente.

El fútbol es capaz de poner cierto orden en el caos o de agitar los fantasmas. Nada une a los egipcios como el balón. “Ven dentro de una hora y media” me dijo hace una semana un agente inmobiliario cuando le pedí que me enseñara más pisos. “¿Por qué?” le insistí. “Ahora tengo que ver el fúbol”, me explicó. “Si quieres pásate por el bar. Estaré allí viendo el partido con mis amigos”, añadió.

El anterior partido me pilló en unos grandes almacenes. A cada gol de los egipcios seguía el estruendo en la sección de televisores. Durante los últimos minutos, los carros de la compra cruzaban a gran velocidad los pasillos de estantes en busca de una pantalla panorámica donde poner imagen a la emoción. Las cajeras celebraban cada gol en la puerta del contrario levantando las manos llenas de artículos.

Son casi las dos. En la calle continúa la música, mezclada con los gritos de alegría de los hinchas y los claxones de cientos de coches.  Los egipcios no dormirán esta noche celebrando que, finalmente y al menos de momento, han logrado sacudir sus complejos y derrotar al enemigo, al otro. Las hogueras se han encendido hoy sobre el césped de un estadio de fútbol. Y mañana, ¿dónde?

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19 diciembre
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Los siete cielos

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Sombra. Asilah (Marruecos), 2005

Leo El Corán por sugerencia de un amigo. Desconfío de las religiones pero trato de conocerlas. Más aún cuando su presencia explica parte de las heridas de nuestro tiempo. Los versos coránicos me han hecho recordar un enero de hace seis años cuando aún era estudiante de instituto.

Los desafortunados comentarios de un profesor a propósito del islam me animaron a escribir. No puedo olvidar aquella tarde de viernes cuando escuché mis palabras leídas por Juan José Millás en La Ventana de la Cadena Ser. Espero no olvidarlas porque a partir de unas semanas me despertaré con la llamada del muecín desde el minarete de una mezquita: “Allahu Akbar…. La ilaha illa Llah” (Alá es el más grande… no hay más dios que Alá).

Es mediodía y agradables rayos de sol se cuelan por la ventana de la clase. El profesor de “Historia del Arte” lleva ya algunos minutos departiendo sobre la Alhambra de Granada. Ahora, toca hablar del salón de los embajadores, construido durante el mandato de Yusuf I. “En el techo, podemos ver una representación de los siete cielos del paraíso islámico” copiamos en el cuaderno. “Por eso los moros para llegar al séptimo cielo cogen un coche o un avión y lo estrellan contra cualquier edificio” asegura el profesor. Mis compañeros ríen. Entre tanto, yo siento indignación ante la simplicidad del juicio. Disfrutamos hablando de las sombras de otros e ignorando los fanatismos de occidente, nuestros propios fanatismos: los de una educación cristiana con la que nos adiestraron, los de unos códigos con los que nos tallaron dogmas de cruzadas inverosímiles, de odios, de absurdos prejuicios, de fábulas en las que ni ellos creían.

16 de enero de 2004

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