El alma de Beirut
Algo tiene Beirut que sobrecoge el corazón. Quizás sea su larga historia, llena de conquistadores y guerras, o las heridas de las últimas contiendas que sus habitantes muestran con orgullo al visitante. Como un ave fénix, condenada eternamente a resucitar de sus cenizas, la ciudad se lima los desgarros de su última guerra, la que Israel libró en el verano de 2006 contra el grupo Hizbolá.
La memoria de los beirutíes no olvida la guerra civil que desde 1975 hasta 1990 acabó con un tiempo en el que el pequeño país mediterráneo fue lugar de convivencia pacífica entre musulmanes y cristianos. El fuego cruzado entre facciones religiosas dividió el mapa de la ciudad en barrios y calles y trazó líneas verdes que delimitaban el territorio. Aún recuerdan el sonido de los proyectiles, las bombas y las habitaciones interiores o los ascensores convertidos en improvisados refugios.
Quizás sea esa condición estoica y esa áspera dignidad de quien se ha sobrepuesto a la destrucción lo que sobrecoge. El centro, con las ruinas romanas que dejó al descubierto la guerra y los soportales de edificios de piedra, resume la ecuación de la reconstrucción. Y cerca de allí, Beirut mira al mar en un paseo que, al atardecer, se llena de familias y jóvenes. Las olas golpean con fuerza contra las paredes de la avenida y una mujer mayor, sentada junto a la barandilla, come hojas de parra y fuma narguile.
Con un presidente cristiano maronita, un primer ministro suní y un presidente del parlamento chií, las calles de Beirut son un lugar de encuentro que transitan todos los credos (salvo el judío). Hay pocos velos, una libertad que habla en varios idiomas: árabe, francés, inglés… y el contraste que dibujan las diferencias entre pobres y ricos cuando se deja el centro y se viaja, por ejemplo, hacia Byblos, a 37 kilómetros de Beirut y cuna del alfabeto moderno. Una destartalada furgoneta, que solo se pone en marcha cuando todos sus asientos están ocupados, recorre el trayecto, lejos de la autovía, siguiendo una carretera junto al mar y deteniéndose cada escasos metros.
“Monsieur”, me grita una mujer desde la puerta de su casa. Me acerco y me enseña un hilo y una diminuta aguja. Hago intentos de enhebrarlo pero no lo consigo. Me disculpo y me marcho. Cae la noche sobre la ciudad y las calles, animadas por el fin del Ramadán, bajan hacia el mar. Me quedan unas horas para disfrutar de Beirut, que tiene -como canta Fairuz- la gloria de las cenizas. Y la belleza de quien aprende de las heridas.

