Café Cairo

Cuando tengas que elegir entre dos caminos, pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien elige el camino del corazón no se equivoca nunca

16 febrero
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Inventario del primer mes

El Cairo, la inmensa capital de Egipto…Un buen lugar para quien, como yo, tiene curiosidad y pretende saber más del complejo puzzle que significa el mundo árabe. Durante los últimos catorce años, he establecido una estrecha relación con los refugiados saharauis que reivindican la autodeterminación de la antigua colonia española, invadida hace 34 años por Marruecos.

Desde hace algún tiempo, sospecho que mi decisión última de dedicarme al periodismo se la debo a ese encuentro fortuito, que me hizo reconocerme en las esperanzas de otros, compartir intereses y me llevó a coordinar las labores de comunicación de una asociación de amistad con este pueblo cuando tenía apenas trece años. El Cairo es, pues, una oportunidad única de adentrarme en la realidad social, cultural y política no solo de Egipto sino de todos los países vecinos, en una coyuntura en la que su interlocución es fundamental para acabar con el conflicto árabe-israelí y hacer frente a los desafíos que plantea el yihadismo.

Para mí, la ciudad del Nilo es, por historia remota y cercana, un lugar cargado de simbolismo político y espiritual, que tiene mucho que decir en el remedio a las heridas de nuestro mundo.

Hasta aquí las intenciones, expresadas hace medio año en una carta de argumentación con pretensiones de ser fría y calculadora pero que terminó siendo un collage de experiencias personales y aspiraciones racionales. Y a partir de aquí, el inventario de los primeros 30 días en Al Qahira. Una primera impresión: La de perplejidad cuando la realidad desborda lo imaginado. Olores y sabores: el de la seesha, el del tabaco que fuma Abdu, el del café árabe, el del olor a cloro del agua, el del shawarma que llega a mediodía vía “delivery” a la oficina, el de la kofta, la fetara, los mashi o los kebab… Palabras sueltas: Insha alla (si Alá quiere) dicha para ahuyentar al extranjero que lo quiere todo aquí y ahora, el Alhandulinla (Gracias a Alá) o las preguntas del principiante (¿kan?, ¿Cuánto?; ¿emta?, ¿Cuándo?), tan útiles para sortear y salir airoso del regateo con los taxistas. Gestos: Las sonrisas que calientan la llegada y que se ríen (nos reímos) de la torpeza del recién aterrizado, las manos que echan una mano para que uno termine sintiéndose como en casa. Incertidumbres y preguntas: ¿Seré capaz de vivir aquí? ¿Tendré fuerzas?… que dejan paso a certezas y afirmaciones: Quiero vivir aquí, puedo hacerlo… Encuentros: miradas que recorren las calles y se detienen en cada detalle, en los policías que duermen a las puertas de una embajada, en los porteros de los edificios que esperan a que pase el tiempo sentados en la silla de siempre, en las mujeres ocultas tras un niqab y en las que dan la cara… Sonidos: el de los cláxones, el de las radios de los taxistas, el de la llamada a la oración o los versos del Corán que recita los viernes mi portero, la música de jazz una noche cualquiera en un pub cerca del Nilo, la canción de un niño en la calle… El tacto del polvo, la mugre, la neblina, de la arena del desierto, de las sabanas de algodón egipcio, de los rincones del nuevo hogar, del agua de Suez o de las gotas de lluvia. La lista de destinos pendientes: las pirámides, Alejandría, Luxor, Sinaí, cada lugar de esta ciudad mágica; y más lejos, tal vez Beirut, Jerusalén, Estambul… ¿Quién da más? El skype salta cada noche miles de kilómetros de distancia y estoy allí, en España, en Praga, en Londres, en Latinoamérica, donde quiera que sea que haya una conversación. No hay nostalgia posible cuando se sabe que 30 días son solo el preludio del viaje. Y, entre tanto, una pregunta: ¿Cómo les habrá ido al resto este primer mes?.

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16 enero
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De peleas y deseos

Cuando éramos niños y vivíamos en el patio del colegio siempre solíamos decir que quien se peleaba se deseaba. Ignoro si será la misma ecuación pero estos primeros días en El Cairo -hoy justo hace una semana de mi llegada- la he vuelto a recordar. Esta ciudad es tan distinta a lo conocido que se necesita luchar para lograr ir a un lugar, entenderse con sus habitantes, comprar un trozo de pan o llegar a conocer un dato cierto sobre algo. Pero aun así ese esfuerzo actúa como un imán, como una atracción que atrapa cuanto mas se adentra uno en la ciudad o habla con el chofer, la agente inmobiliaria o los taxistas. Se que será difícil conocerla pero tengo ganas y fuerzas de pelear.

Y aunque ciertamente es distinta, cuando camino y observo anoto historias con las que me identifico, que me llevan a mis abuelos, al sur que solo existe en mi infancia. El coche de Adbu, el chofer, esta lleno de clavos y tornillos, atestados los huecos de cintas de casette y el aire acondicionado no funciona. “Lo arreglare yo mismo”, me dice. Tengo que mirarle varias veces porque Abdu me recuerda a mis abuelos. Ambos comparten esa necesidad aprendida de arreglar lo que se rompe, de diseccionar los aparatos y  concederle una segunda vida después de horas de fallidas tentativas. Le cuento la historia a Abdu sobre el olor a gasolina que recuerdo siempre de la casa de mi abuelo, de sus horas dedicadas a su seiscientos,  de la estufa que aun calienta los inviernos y que construyo a partir del tambor de una lavadora. Y Abdu vuelve a reír. “A tu abuelo le gustaría El Cairo” insiste.

En cierto modo, veo lo que mis abuelos vieron y soportaron en otro tiempo, lejos de la España que deje hace una semana pero que aun sobrevive en la memoria feliz de quienes estuvieron allí. Ayer los ojos despiertos de mi prima Erika cumplieron 4 años. Sueña con ser princesa… y será lo que quiera ser si no deja nunca de preguntar y preguntarse, mirar y sorprenderse. De pelear y desear.

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