Café Cairo

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01 octubre
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Crónicas egipcias: Matemáticas para cambiar la vida de los niños de la basura

El reloj de mi casa ha recobrado el aliento. Desprecié su presencia durante meses y ahora, que se echó encima el tiempo de descuento, tengo pendiente un ajuste de cuentas con el puntero que avanza sin clemencia hacia el final de la aventura cairota. Mientras disfruto de los últimos meses he pensado ir haciendo memoria. Y no he encontrado mejor idea que dejar que hable el trabajo de este año, las crónicas egipcias publicadas en Efe que acompañarán siempre mi año en El Cairo. La preparación de esos textos, que iré publicando periódicamente en este blog, me permitió entender (al menos un poco) a los egipcios y llegar a amar esta ciudad… Una de las historias que guardo con más cariño fue aquella mañana que pasé entre los zabalín, los basureros de El Cairo…

El Cairo, 22 jul (EFE).- Rodeados de montañas de desechos, los hijos de los “zabalín”, los basureros de El Cairo, aprenden matemáticas gracias a los recipientes de champú que recogen de los desperdicios en un proyecto que quiere romper el ciclo de pobreza.

Miles de personas viven desde hace 60 años en la ladera de la montaña de Muqatam, en el sureste de la capital egipcia, entre la basura generada por los cairotas, un negocio que ocupa a los “zabalín” (basureros) y a toda su familia.

“Hace seis años el 65 por ciento de los menores de 20 años eran analfabetos porque ayudaban a sus padres en la recogida y separación de la basura”, explica a Efe Ezzat Naeim, hijo de basureros y director de la Asociación de servicios medioambientales “El espíritu de la juventud”.

Para romper “un ciclo que los condenaba a la pobreza y la marginación para el resto de sus vidas”, según Naeim, la asociación creó en los bajos de un humilde bloque de pisos una escuela de reciclaje, a la que asisten actualmente 156 menores.

Las paredes del local están decoradas con dibujos y del techo cuelgan cartulinas de colores e hileras de botes de champú usados de una multinacional estadounidense, responsables del éxito de esta singular escuela.

Y es que entre sus muros los niños del barrio aprenden a leer y escribir en árabe y nociones básicas de matemáticas, a la vez que reciben un sueldo por reciclar recipientes de champú.

Precisamente, los botes de plástico protagonizan los problemas matemáticos a partir del hecho de que, según Naeim, los menores “venden tres marcas de champú y cada una tiene tres tamaños con un precio diferente”.

“Como recogen un bote grande por 20 piastras y le damos por él 40 piastras, les planteamos cuestiones como cuánto deberían ganar con cien recipientes del mayor tamaño”, agrega el director de la ONG.

Los hijos de los “zabalín” también reciben lecciones de materias como el dibujo, el teatro, la salud y un programa de reciclaje para familiarizarse con los recipientes y saber separarlos.

La primera vez que los menores asisten a clase reciben un microcrédito de 200 libras egipcias (35 dólares) para adquirir los botes recogidos por sus familiares que son comprados por la ONG.

A partir de ese momento, “solo los niños que van al aula un mínimo de dieciséis lecciones a la semana tienen derecho a entregar botes de champú por valor de 150 libras”, señala Naeim.

Estimulada por el éxito de la escuela, esta ONG acaba de poner en marcha un proyecto que pretende regular, subraya Naeim, “un trabajo que los zabalín han realizado durante décadas de manera informal”.

Se trata de crear un centenar de pequeñas empresas de recogida de basura, “registradas oficialmente, que paguen impuestos y seguridad social y que puedan acceder a las licencias otorgadas por el Gobierno”, agrega Naeim.

La Fundación Bill y Melinda Gates, creada por el fundador de Microsoft, aportará un millón de dólares durante los cincos años de ejecución del proyecto.

Los “zabalín” recogen aproximadamente el 95 por ciento de las 14.000 toneladas diarias que se producen en El Cairo y el 80 por ciento de ese trabajo es manual.

En el 2003, varias multinacionales se hicieron cargo de la recogida de basura en algunas zonas de la ciudad aunque el sistema tradicional de los “zabalín” ha sobrevivido.

Rodeados de moscas y entre contenedores de basura, pequeños y mayores continúan seleccionando y separando los residuos en los garajes o los patios, a unos metros de sus viviendas.

El plan también quiere acabar con esta práctica y prevé trasladar a zonas industriales de El Cairo los desechos, que han aumentado después de que el pasado año las autoridades egipcias sacrificaran sus cerdos para luchar contra la gripe AH1N1.

Gracias a los 500 puntos de recogida que esta iniciativa planea establecer en la capital egipcia, los basureros, que son en su mayoría cristianos coptos, podrán separar la materia orgánica, destinada a la producción de compost, de la inorgánica, que será vendida a las empresas de reciclaje.

“Cada tonelada de basura genera hasta doce empleos”, apunta Naeim, que subraya además que otro de los fines es “lograr que los recolectores se unan y creen un sindicato”.

Naeim está convencido de que en el 2015 “el problema de El Cairo habrá desaparecido y no se verá la acumulación de basura que actualmente hay en las calles”.

Para cumplir con este objetivo faraónico, han lanzado una campaña que persigue sensibilizar puerta a puerta o a través de las redes sociales y los mensajes de móvil a los cairotas sobre la necesidad de separar los residuos en orgánicos e inorgánicos.

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21 enero
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El Nuevo Mundo

El miércoles 9 de octubre se aguardaba, para las once de la mañana, en Suez, el paquebote “Mongolia” de la Compañía Peninsular y Oriental, vapor de hierro, de hélice y entrepuente, que desplazaba dos mil ochocientas toneladas y poseía una fuerza nominal de quinientos caballos.

La vuelta al mundo en ochenta días, Julio Verne

Gracias a “La vuelta al mundo en ochenta días” supe de niño que el milagro que hizo al señor Phileas Fogg ir desde Brindisi (Italia) hasta Bombay (India) sin bordear el continente africano por el cabo de Buena Esperanza se llamaba Canal de Suez. El milagro, según se encargó de explicar luego un libro del colegio, no era más que una enorme hendidura de 163 kilómetros que conduce el mar del Mediterráneo tierra adentro, hasta confundirse con el mar Rojo.

Los relatos infantiles habían dibujado el Canal de Suez como una obra sobrenatural y desconcertante, una línea imaginaria trazada por el trabajo de miles de hombres en un mapa demasiado inmenso para darle forma.  Eso era hasta ayer. Hasta que en un autobús de periodistas llegué hasta Ismailía, una ciudad al norte de El Cairo y uno de los puertos que el Canal de Suez tiene en su recorrido.

Los navíos, uno cada diez minutos, siguen atravesando el Canal como cuenta el pasaje de Verne. Y de cerca, el milagro lo es más. Bajo del autobús y me siento en tierra firme, lejos aún de Alejandría y del “mare nostrum”… pero, al mismo tiempo, una mole de acero se desliza detrás del horizonte, tras las palmeras y los edificios… Un rascascielos que va ocupando la mirada. Y así cada diez minutos.

Faltan las palabras. La visión me sacude y me froto los ojos. No es posible haber llegado a Suez, pero sí. Me acerco hasta la orilla y contemplo el corredor de agua y como despuntan a lo lejos los barcos, repletas sus bodegas de petróleo, coches o toneladas de alimentos… Y alguna lágrima cae… del niño y del hombre que creció con el Canal de Suez incierto de los mapas.

Es una mañana de trabajo y éste no da tregua. La autoridad del Canal de Suez ha citado a los periodistas para ofrecer una conferencia de prensa en la que anunciará, entre otras cosas, una caída importante del tráfico de embarcaciones y la decisión de congelar sus tarifas. Me recompongo y me dejo llevar por la alfombra roja hasta las dependencias de la sede del Canal.

En la entrada, un mesa alargada me recibe con pastas, refrescos y tartas de merengue decoradas con navíos que atraviesan el Canal. Los periodistas locales, previsores o hambrientos, devoran la comida. Los extranjeros nos llevamos algo a la boca mientras observamos curiosos la ansiedad de nuestros colegas.

La sala de la conferencia es decimonónica y una docena de cámaras iluminan una mesa con silla en el centro y sitiada por decenas de micrófonos. El inicio se demora una hora y media sobre el programa previsto y, sentado, supero las pruebas de sonido o la limpieza de la mesa con papel de periódico. Las puertas se abren, las autoridades se levantan. Ha llegado el momento de recibir al presidente del Canal.

El máximo responsable ofrece los datos, pone al mal tiempo buena cara y sortea las  preguntas comprometidas de los periodistas -que sí Al Qaeda; que sí Yemen; que sí los piratas somalíes- con la rectitud y frialdad que se esperan en un militar.

Almuerzo algo -todo frío- en el  Beach Club, un restaurante al borde del Canal mientras veo como pasan los barcos. La noche va cayendo en el camino de regreso a El Cairo. El autobús enfila una carretera de aslfalto rodeada de una superfice llana y árida. Un paisaje demediado por el Nilo aparece ante mis ojos. Hacia un lado, el desierto y la nada en el horizonte. Hacia otro, la tierra fértil regada por el río.

Desde la ventanilla, veo puestos de fruta que colorean a lo lejos una estampa de naranjas y verdes. Y veo a mujeres vestidas de negro que cruzan la carretera con abultados equipajes y toman desvíos hacia lugares que no veo o que no existen. O que habitan entre las dunas imprecisas del desierto, muy lejos del Nuevo Mundo que sueñan las moles de acero e hierro que transitan por Ismailía.

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